dijous, 8 d’octubre del 2015

El fracaso del socialismo agrario.



Es una noticia lamentable el cierre, quiebra o liquidación de una Cooperativa Agraria (también de cualquier otro tipo). El fracaso de un modelo alternativo al dominante no solo da alas al capitalismo más salvaje, que se abalanza sobre la producción mostrando colmillo y garras, si no que abandona a su suerte a los cooperativistas, un colectivo principalmente formado por trabajadores y productores. No obstante, las causas de dicho fracaso, además de las zancadillas recibidas por la competencia, ejemplifica otro grave problema: el fracaso del modelo socialista en entornos agrarios occidentales.
A continuación enunciamos los principios fundamentales formulados y actualizados por la Alianza Cooperativa Internacional para una cooperativa: libre adhesión, control democrático, gestión de los administradores, educación cooperativa, reparto de excedentes, integración cooperativa, preocupación por la comunidad…como observamos, aun sin desarrollarlos en su totalidad, pocos se corresponden con la situación actual de las cooperativas.

No por comentado y esperado deja de sorprender el caso de la Cooperativa Betxí-Export, como un ejemplo cercano a nuestra audiencia potencial, ubicada en Betxí, Castellón. No es el único, puesto que situaciones muy similares se dan a lo largo de todo el levante citrícola. Una cooperativa grande, construida desde la nada por trabajadores, poderosa, que inicialmente tuvo una gestión innovadora, lo que le permitió crecer, pero que murió de éxito: no pudo superar la crisis. Ese sería un análisis un tanto simplista e interesado, que solo respondería al interés de los culpables de su situación actual: quiebra y posible liquidación de su patrimonio. Pero no vayamos tan pronto con los culpables, aún no. Lo cierto es que tras sus éxitos económicos de los años ochenta y noventa del pasado siglo XX, se había sembrado, regado, injertado, abonado y finalmente recolectado el principio de su fin. Vayamos por partes y describamos cada una de estas características.

La semilla de la destrucción es la falta de mentalización por parte del cooperativista de en qué consiste una cooperativa, como deben funcionar y cuáles son sus beneficios, sus obligaciones y sus límites. Acostumbrados históricamente al funcionamiento supeditados a patronos, comercializadoras y “corredores”, el socio cooperativista en pocos momentos toma conciencia de su responsabilidad como “parte vital de su cooperativa”. Por el contrario, acostumbrado a la simplicidad (no por su condición de simple si no por la de accesible) del trabajo en el campo, intenta continuar con la comodidad del sistema anterior y abandonar sus responsabilidades inmanentes. Delega en supuestos profesionales (los gerentes) que son dependientes de una junta elegida de entre los cooperativistas más hábiles. Un sistema democrático en el que el cooperativista delega la toma de responsabilidad en un profesional fiscalizado y controlado por un grupo de cooperativistas, que vigila sus movimientos. Quizás un sistema perfecto, si perfectas fueran las personas, que no lo son. Son humanos. Lo cierto es que el sistema nace viciado por distintas causas: falta de formación del cooperativista (sobre todo en casos de personas muy mayores); desinterés de las nuevas generaciones (buscan trabajos más cómodos y seguros); falta de incentivos; confianza en la profesionalización de la gestión…a la larga, aparados por buenos resultados económicos, será el empleado (el gerente) el que capitalice las decisiones, ante el aplauso general de los socios cooperativistas, solo preocupados de sus campos y el precio del producto, y no de la gestión comunal del bien común: la cooperativa.

La semilla anteriormente descrita, es regada por un elemento que supone a la larga el fracaso del sistema cooperativista. El socio cooperativista no desarrolla una personalidad socialista de la economía, si no que se convierte en un pequeño propietario burgués, un ejemplo en miniatura de la figura social que anteriormente explotaba su fuerza de trabajo en beneficio propio: el latifundista. Este nuevo ser, que podríamos denominar capitalista cooperativo, mira con recelo el crecimiento de su colega cooperativista y más aún cualquier beneficio extra que pueda obtener de su misma organización cooperativa. Ante esta disyuntiva (que puede simplificarse en envidia) la cooperativa responde, auspiciada por la gestión del gerente, eliminando la mayoría de beneficios sociales que debieran desprenderse de su propia existencia para su sociedad.

La cooperativa solo genera trabajo poco especificado, sin necesidad de grandes inversiones. Debería preparar mejor su capital social. En lugar de promocionar entre sus socios ciertos beneficios sociales como puedan ser ayudas a la formación, becas de estudios o ayudas a la compra de los libros escolares de sus socios (son solo un ejemplo del poder real de la organización) obvia todas estas medidas e intervenciones en favor del mero resultado económico. Una de las consecuencias, quizás la más importante de esta situación es que la cooperativa solo genera trabajadores primarios: recolectores, manipuladores, envasadores…y no trabajadores cualificados de los tipos administrativos, comerciales, controladores de calidad. Como resultado, debe recurrir al mercado laboral común para cubrir los puestos más específicos, como son los necesarios para la comercialización de sus productos, entrando en competencia directa con los propietarios latifundistas, las comercializadoras y las agencias de compra venta. No obstante, esta competencia no es en igualdad de condiciones. A la larga, para poder competir en igualdad con estas empresas meramente capitalistas, la gerencia debe asumir cada vez más competencias, junto con un conjunto de trabajadores esenciales externalizados, con solo un interés: su cuenta de resultados. Es la prostitución del modelo socialista por el capital.

Los profesionales del mercado laboral común son el injerto, los que poco a poco convierten a la cooperativa en la viva imagen de lo que vino a sustituir. Con los años, el sistema se vicia todavía más, el cooperativista delega cada vez más la decisión en la gerencia, bien directa o indirectamente. Esta gerencia, siempre ansiosa de poder dada su nueva necesidad de competir de igual a igual con el resto de profesionales privados del sector, promueve además juntas dóciles, que pongan pocos reparos en sus medidas y apuestas, y por supuesto en sus salarios. El empleado toma control de todas las decisiones, ante la desidia general y el aplauso de la junta electa, promovida por el mismo. En la práctica, la cooperativa agraria se convierte en un feudo particular, en una nueva versión del sistema que vino a sustituir: el de patronos y agricultores. En lugar de generar una alternativa al sistema, se infecta del mal capitalista y pierde lentamente su esencia, sin levantar sospechas, ante la indiferencia de socios y de la sociedad.

Todo lo anteriormente descrito es ricamente abonado por una sucesión de eventos que, partiendo que no dependen directamente de la misma inacción del cooperativista, si incrementan su hastío. El entorno laboral, poco atractivo para los jóvenes, que prefieren con todo su derecho abandonar los usos agrarios por otras ocupaciones (incluso los de baja cualificación). El gerente, sin supervisión que acote sus atribuciones, se convierte en un propietario más, con sus mismos vicios y abusos y un gobierno despótico donde solo tendría que aplicar las decisiones de la junta. Una junta que, a medida que se crece el abandono se ve envejecido y donde no se ingresa savia nueva. Un mercado que, dado que las cooperativas no copan los puestos de influencia comerciales y por lo tanto dejan de dominar el canal de distribución, el que genera beneficios realmente, promueve la aparición de intermediarios y comisionistas, que generan un déficit para con los productores. La desconexión social, que produce que el pequeño propietario, desprovisto de su espíritu de clase, solo busque el beneficio propio cuando no la ruina del vecino para apoderarse de sus beneficios.

Es quizás esta falta de solidaridad colectiva la muestra más importante del fracaso del modelo socialista agrario en nuestra sociedad. Tan solo hay que ver el escaso arraigo de los sindicatos en las cooperativas. No solo hablamos de los sindicatos mayoritarios, bastante inoperativos hoy en día y que muestra sus propios síntomas de encallamiento y agotamiento, sino que incluso escasean los propios sindicatos propios. Las convocatorias de huelga, protestas, comités, reivindicaciones de derechos o salariales son escasas cuando no prácticamente inexistentes. Bien es cierto que también tiene mucha parte de culpa la mentalidad del cooperativista. Como ya hemos denunciado anteriormente, la mentalidad cooperativista no se ha desarrollado. No forma parte de ningún colectivo de iguales, si no que ha asumido en su totalidad, aunque a escala, los males del latifundista que debía sustituir para una mejora general colectiva: solo tiene ojos para sí mismo. El pequeño propietario no es solidario, no busca el bien común ni se preocupa de unos derechos laborales justos y retribuidos socialmente. La mentalidad de patrón se impone en abaratar costes para mejorar réditos económicos, falseando la realidad y provocando una causa más de la fallida del sistema. La frase “no hay peor patrón que el rojo” tiene aquí lamentablemente su máxima expresión.

Existe además un problema generado por la que podríamos definir como externalización del sistema de gestión y comercialización de la cooperativa. La innovación a largo plazo, que resulta poco rentable cuando el margen de resultados es corto, es poco atractiva para una gerencia y sistema comercial que necesita de resultados económicos a corto plazo. Además las industrias que realizarían dicha investigación son en la mayoría de casos externas, y vuelven a tener en sus necesidades la rentabilidad a corto plazo. Las pocas innovaciones están en manos de latifundistas capitalistas que pueden financiarlas, o en caso de ser accesibles, lo son cuando pierden su valor añadido (que podíamos simplificar en novedad, escasez y calidad). Estas actuaciones suelen ser vistas como perdidas de capital, de tiempo y en el peor de los casos como inútiles, cuando deberían resultar de vital importancia para competir con mercados emergentes, cuya mano de obra y costes de manipulación son muy inferiores, merced a una legislación social muchas veces inexistente.
Además existe la falsa idea que mayor número de producto es mejor, cuando la verdad es que tan solo un producto exclusivo, de inmejorable calidad y con un fuerte valor añadido puede generar un futuro para la agricultura. Buscar competir en condiciones de abaratamiento de costes y grandes cantidades de producto barato es la solución fácil a corto plazo, pero de escaso rendimiento una vez pasado el primer impacto: la progresiva reducción de costes y salarios solo va a generar peores condiciones para trabajadores y en último lugar para el socio cooperativista. La abundancia de producto de baja calidad solo va a realzar los productos que sí apuesten por el valor añadido.
Y naturalmente llega el momento de cosechar las consecuencias de todo lo anterior. Potenciado por la crisis general del capitalismo, de características cíclicas y que pone en jaque todo el sistema del bienestar, las cooperativas, debilitadas en su estructura interna, son presa fácil. Esta crisis genera además la vuelta de mano de obra, tanto cualificada como no cualificada, al sector agrario, que se ve como un remanso de posibilidades frente al fallo general del sistema productivo. Como respuesta, el proteccionismo se abalanza sobre unas sociedades cuyos socios hace mucho tiempo perdieron voluntariamente el control sobre las decisiones, y todo se magnifica: peores condiciones laborales, peores precios, peores remuneraciones, peores posibilidades comerciales… los intermediarios no pierden sus márgenes de beneficios, sino que incluso los incrementan, al controlar los canales de distribución. Toda la pérdida de valor de la mercancía repercute en el productor, que como consecuencia de la falta de implicación en el modelo socialista agrario, es el pequeño propietario. Las pérdidas se suceden campaña con campaña. Pero, como consecuencia de la mala gestión acumulada, los cooperativistas no deciden cambiar de gerente, como sería lógico, si no que abandonan la escasa protección que les ofrece la cooperativa debilitada, cayendo en brazos nuevamente del latifundista y el comisionista, volviendo al modelo que abandonaron al principio.

Quizás el análisis anterior pueda parecer un poco superficial, pero en conclusión, podemos afirmar que la responsabilidad del fracaso del socialismo agrario o del modelo cooperativista pertenece a grandes rasgos a tres sectores muy específicos. En primer lugar, y con un nivel de responsabilidad moderado, encontramos al capitalismo representado por el latifundista y el comisionista. Sin duda forma parte de su razón de ser eliminar otros modelos productivos, ya que entran en competencia directa con su ámbito de crecimiento y ponen en duda su misma razón de ser. La coexistencia pacífica entre ambos modelos es imposible, pues son en su mayor parte antagónicos. Además, el sistema capitalista se encarga de minar desde dentro, alentando los modelos de conducta capitalistas entre socios cooperativistas, el compromiso necesario para desarrollarse y competir.
Un nivel de responsabilidad más alto encontramos en los profesionales que externalizan muchas de las funciones que la cooperativa no genera a partir de su propio capital humano. Quizás los profesionales contratados no tengan el nivel de responsabilidad suficiente para culpabilizarles, puesto que simplemente son injertos del sistema capitalista en un ambiente cooperativista. Solo reaccionan a los estímulos del mercado (oferta-demanda-beneficio económico) según su condición y por lo tanto, deberían tender a eliminarse del sistema cooperativista (solidaridad-reparto de trabajo-sustento y calidad de vida) en la medida de lo posible. Es culpable sin embargo el gerente o los responsables de la gerencia. La tradicional falta de cualificación del trabajador agrario y pequeño campesino obligaba en el inicio del modelo cooperativista a la promoción, cuando no a la contratación, de dichas figuras. Entre sus objetivos no solo debía estar el conseguir beneficio económico, si no beneficio social y asentar el movimiento cooperativista. Sin embargo, por motivos que no entraremos a discutir en este artículo, como pusieran ser la necesidad personal o la falta de compromiso con el ideal cooperativista, el gerente o gestor de la cooperativa empieza a acumular poder dentro de la organización, llegando a formar ellos mismos las juntas que deben fiscalizar su tarea ante la permisividad y pasividad general del socio.

Si bien podamos culpabilizar a los dos elementos anteriores de dicho fracaso, no sería el análisis cierto según nuestra opinión sin nombrar al elemento necesario por encima de todo para la fallida general del sistema cooperativista: el socio. Un socio que no desarrolla la mentalidad necesaria y se queda anclado en patrones de conducta propios del sistema capitalista. Un socio que ve la gestión como un dolor de cabeza que le distrae de lo importante: trabajar sus campos. Un socio que pierde de vista el elemento solidario implícito en toda organización cooperativa, sustituyéndolo por el punto de vista del minifundista. No abandona la visión capitalista de la producción, si no que adopta principios socialistas para perseverar en la economía capitalista: no quiere sustituir la sociedad de clases, quiere medrar en ella. No debemos achacar sin embargo seguramente a la inquina para justificar este comportamiento. Nos encontramos en muchos casos con gente sencilla, con una educación defectuosa propia del régimen dictatorial nacional-católico imperante desde la Guerra Civil y nunca superado, si no olvidado con la transición. Una gente cuya máxima aspiración seguramente sea ver vivir a sus hijos en mejores condiciones que las que ellos tuvieron, y para los que la reflexión sesuda sobre el bien común en el día a día puede ser algo agotador tras una larga jornada de trabajo. Sin embargo es esa falta de cultura cooperativista o de desarrollo de una mentalidad socialista la que proporciona a los elementos anteriores el caldo de cultivo para destruir el sistema desde dentro y volver al tiempo anterior. Recordemos que es un sistema en el que tampoco han terminado de creer ni latifundistas, ni trabajadores ni siquiera los socios cooperativistas.

Quizás cuando el sistema latifundista capitalista vuelva a fallar, dentro de algunos años, con el resurgir del modelo cooperativista podamos llegar un poco más lejos en el mismo. Quizás la nueva ola de cooperativas que surja, cuyos miembros y socios pertenezcan a una generación más preparada a priori, al menos en algunos de sus individuos, el modelo pueda arraigar. Cooperativas que formen a sus trabajadores, que formen a sus comerciales, a sus sectores de calidad y a sus gerentes. Cooperativas que promuevan la investigación desde raíz, mediante becas y ayudas a la formación. Cooperativas que exijan a sus miembros una formación, y que al mismo tiempo faciliten la misma a quien no la tengan. Cooperativas solidarias, que ayuden al miembro que tenga necesidad y que al mismo tiempo, haga la vida mejor a sus sociedad. En definitiva, cooperativas que funcionen y no sean cotos privados de unos pocos con el esfuerzo de todos.

dilluns, 28 de setembre del 2015

¿Quién reparte el carnet de apto?

Quizás sea parte de la utopía en la que creemos algunos, en la que nos criaron de pequeños, pero hubo un tiempo, breve, en que ser europeo tenía apellido.
El paraíso que significó la Unión Europea en los años noventa del pasado siglo lo hizo atractivo a muchos países que, una vez caído el paraguas protector de la URSS, vieron en el naciente poderío europeo una vía de mejora a su caótica situación. Y como lo era, lo fue hasta hace poco y esperemos que lo sea, en el paraíso cabíamos todos, sin diferencia de raza, credo o ideología. Sus economías, una vez amparados en la fuerza de la unión, crecieron. Sus estudiantes se beneficiaron y sus sociedades se hicieron ricas con el apoyo de todos.
Siempre hubo gentes reticentes a ese beneficio. Posiciones acomodadas reacias al progreso común. Las tendencias conservadoras, siempre miran con desconfianza cualquier cambio, aunque sea beneficioso para una mayoría. Si es bueno para muchos, no puede ser bueno para unos pocos. Son políticas proteccionistas, ultranacionalistas en muchos casos, que rechazan cualquier atentado contra lo que ellos creen que significa ser sus iguales. Pero con el tiempo, hasta dichas tendencias se adaptaron, y donde estaba lo propio del país, mutaron a lo propio de Europa. Y con ello, ampliaron la gama de sus estupideces a nivel continental.
Ahora, alimentados por la crisis capitalista, que ha generado más desigualdad en todos los países, sus movimientos crecen. Se nutren del descontento, ya que resulta un verdadero caldo de cultivo para estas tendencias. Se erigen en garantes de la europeidad que nunca les gusto, cuando lo que quieren es preservar los principios que consideran únicos. Sus principios, los que ellos han adaptado y han convertido en garantía de marca Europa. Su marca. Y amparados en esa falacia, reparten carnets de apto o no apto según la cuenta corriente o el credo.
No solo se niegan a cumplir con una decisión de la Unión, que debería acatarse aunque no sin debate. Es que se pasan por el forro el más mínimo sentimiento de solidaridad para con los refugiados. Son europeos para recibir ayudas, para derribar gobiernos legítimos e ilegítimos, para ufanarse para con los vecinos ajenos a la Unión Europea, pero cuando se trata de ser solidarios, entonces no. Cuando hay que asumir la parte del “ser europeo” que se corresponde con la solidaridad, con el principio de igualdad y el compromiso con los derechos humanos, entonces sacan el colmillo nacionalista y dejan de serlo, recordando con sus afirmaciones tiempos oscuros de la década de los treinta del siglo XX.
Se debe estar a las duras y a las maduras. Es un acto de responsabilidad para un proyecto que va más allá de la economía. Una entidad que solo se centre en la balanza comercial y abandone la humanidad está condenada al colapso. Porque la Unión Europea será de personas, o no será nada.

diumenge, 20 de setembre del 2015

Lo que una vez significo ser europeo.

Asistimos cómodamente desde nuestros televisores a un nuevo “reality show” por cortesía de las empresas dedicadas a la información: el drama de los refugiados sirios. Hay que reconocer que en otras ocasiones, otras temporadas como fueron las del genocidio sistemático en África o la criminal intervención en Iraq, las audiencias no se engancharon como en este caso. Tertulias, campañas, informaciones y enviados especiales se aprestan para limpiar la conciencia del ciudadano europeo y no impedir que siga consumiendo. Otros programas similares, con muchas más temporadas en antena, como el drama del pueblo palestino o del Sáhara, solo tienen emisiones residuales, y eso siempre que una catástrofe natural no inunde de miseria la pantalla plana de muchas pulgadas.
Quizás la diferencia estribe en que la experiencia del programa amenaza directamente con pasar del canal televisivo y el sesudo análisis de tertulianos que, igual opinan de las causas de la guerra en Siria que de las pesquisas policiales en el caso de Yeremi Vargas, a nuestras calles. La audiencia de la Unión Europea reacciona así como prevención, alentada por intereses muy claros, provocando ante el espectáculo y el escándalo directamente asociado un grito desde nuestros palcos privados que resulta inútil para los implicados: las víctimas inocentes. Poco análisis hay, salvo honrosas excepciones, del problema que radica en la mal llamada solidaridad europea. Nos creemos a salvo, pero solo somos peones en el juego.
Quizás todo se nazca de un equívoco: jamás ha existido Europa o lo europeo más allá de la geografía física. No deja de ser “Europa” un concepto idealizado que responde según las vicisitudes que la rodean a diversas inquietudes, casi siempre respondiendo a intereses privados de grandes familias o compañías. Primero fueron dinastías familiares. Más tarde, tendencias políticas herederas directamente de los privilegios de las dinastías. Finalmente son las élites económicas las que empuñan “Europa” como su insignia, mientras se enriquecen a costa de los europeos y les venden la imagen que les interesa, nunca la que podría ser. Todas esas tendencias prostituyeron un ideal según sus intereses y lo vendieron al resto del mundo. Y el resto del mundo lo compró. Un ideal atractivo de libertad (para ser esclavo), igualdad (para ser esclavizado) y donde la fraternidad fue sustituida por la solidaridad (mucho más económica). Solo cabe recordar aquí la frase de Mariano Rajoy sobre la solidaridad a cambio de nada.

Para el que ha viajado fuera (entendamoslo geográficamente más allá de los limites europeos), dejando de lado resquemores nacionalistas de cada país, ser europeo era una etiqueta de prestigio. A pesar de ser responsables los pueblos europeos y sus gobernantes de la mayoría de masacres, barbaridades, infamias y genocidios de la historia, el concepto sigue llevando asociado cierto aire de glamour: ser europeo da prestigio en el resto del mundo. Seguramente dicho prestigio entre en dura pugna con el de los norteamericanos (¡ojo! Solo de países angloparlantes, no latinoamericanos) como los dos grandes denominativos de población de prestigio en el mundo actual.
Deberíamos discutir quizás ahora de que territorios o pensamientos podemos identificar con esta Europa de prestigio. Para ello deberíamos empezar diciendo que el concepto de europeo actual, que a sus elites les gusta divulgar, cuyo nacimiento se establece en la Grecia clásica en el primer milenio anterior al nacimiento de Cristo, abarcaba ambas orillas del mundo Mediterráneo y excluía totalmente los actuales Países Nórdicos, Alemania, Austria, Rusia… solo en la edad media dichos países fueron desplazando el eje de “lo europeo” abandonando al Norte de África, seguramente por tendencias militares y religiosas. Muchos ciudadanos europeos lo desconocen y ven esas regiones en la actualidad como bárbaras, olvidando que hace solo unos cientos de años, el esplendor cultural de occidente estaba en Córdoba, Bagdad y Damasco. Es en este punto cuando se argumenta que Europa es de raíces cristianas, cuando es y fue en gran medida el propio Cristianismo el que puso en riesgo la primitiva idea de la humanidad clásica. Todo este análisis del origen del concepto resultaría demasiado extenso para este artículo, quizás en otra ocasión.
Retomando el hilo anterior, Europa o ser europeo se equipara actualmente en el mundo a derechos humanos, a seguridad laboral, a libre circulación de personas, a seguridad, a educación libre y no doctrinal, a sanidad y salubridad, a un mercado laboral que mira por el bienestar de sus trabajadores y a un estado del bienestar que mira por el bien de todos… muchos conceptos que conocemos pero que no estamos seguros de sí disfrutamos. También a instituciones democráticas y a una ciudadanía con valores, ejemplar y que recupera la idea clásica de la ciudadanía participativa griega. Y esto señores, es una estafa de Europa al mundo. Esa Europa casi no existe, porque no se la deja existir.
Este ser europeo (a partir de ahora lo resumiremos en esta expresión) es una invención de una élite para vender su producto al resto del mundo y a su propia ciudadanía. Esta ciudadanía, que si tomara conciencia de sí misma podría llegar a ser ese “ser europeo” tan admirable, es solo en algunos casos muy específicos real, resultando la mayoría de la población europea solo potencialmente con estas características. Lo cierto es que la conciencia europea es minoritaria. Deberíamos preguntarnos el por qué. Os encontraríamos seguramente con la indiferencia mayoritaria hacia la educación, convirtiéndola solo en un saber hacer, no en un saber pensar.
La Unión Europea surge, en su primitivo embrión, como una asociación mercantilista, de negocio y para ayudar a las élites europeas en el mantener sus privilegios en la Europa tras la segunda Guerra Mundial. No era interesante para ellos cambiar el modelo que nos había llevado al desastre, solo domesticarlo, darle una nueva imagen y venderlo con la bendición del nuevo amo del mundo. A pesar de eso, un grupo ideológico minoritario ve el potencial de dicha unión de países, abandona el ideal revolucionario y entra en el sistema para dominarlo desde dentro y poder cambiarlo con un trabajo de décadas. Así, con el camino lento pero aparentemente seguro van poniendo los cimientos de lo que terminara siendo en los 70, 80 y 90 del pasado siglo XX la Unión y el estado del bienestar. Esa es la socialdemocracia europea, que conseguirá mejores derechos sociales, solidaridad entre estados y dos hitos: el abandono de las fronteras y la moneda común. El siguiente pasó, el estado europeo que nos haga a todos ciudadanos iguales en derechos y deberes necesita de un trámite: una constitución común que abandone los viejos y obsoletos modelos nacionales. Una nueva visión del mundo para el siglo XXI y en cierta manera una “imitatio alexandri”, pero basada en la democracia y la colaboración.
Pero frente a esto, los garantes del antiguo orden, conservadores de profundas raíces religiosas, con características xenófobas en muchos casos u “ordenados” como afirman sin vergüenza alguna, también están organizados. Ellos rechazan una moneda única, un estado único, el libre tránsito de personas o una legislación única. Solo pretenden mantener sus privilegios y enriquecerse. Son alérgicos a cualquier cambio o mejora. Esos sectores minoritarios, obtienen generalmente un gran apoyo popular. Unos apoyos que siempre han alimentado a partir de desilusionados, expulsados del sistema o fracasados con origen en las clases más populares. Les cautivan mediante su supuesto brillo y su atractivo actúa como danza cautivadora, consiguiendo, por medio de métodos democráticos, obtener el dominio en la mayoría de países de esa Europa generada con valores socialdemócratas. Aprovechan además los momentos de crisis e imperfección del modelo para asir el poder y dominar todas las facetas del estado, partiendo de los medios de comunicación de masas. A través de ellos, vencen y convencen. Y claro, a ellos este sistema no les gusta. Su labor principal es desmontarlo y vender ese desmontaje como una mejora del mismo, generando con ello su primacía.
¿Cómo va a defender el estado del bienestar, el tratado de Schengen, o la moneda única partidos que se opusieron desde sus inicios al proyecto Europeo, como son el de Merkel, el de Sarkozy o el de Rajoy? ¿Cómo van a evitar tendencias imperialistas, sirva de ejemplo la situación acontecida con las primaveras árabes (abandonadas a su suerte una vez obtenido el rédito económico buscado con el cambio de gobierno) si son herederos de las posiciones que nos llevaron a la Gran Guerra?; ¿No es irónico que gente que votó contra la Unión Europea o defendía posiciones contrarias sean ahora sus dirigentes?
¿Qué puede hacer el ciudadano para solucionar esto? Lo que siempre puede hacer, emplearse, sacrificarse y ponerle horas de dedicación al bien común. Es completamente erróneo pensar que estamos en una burbuja y no nos afectan las cosas del vecino de abajo. Si a este se le incendia la casa por un electrodoméstico que le hemos vendido defectuoso, como mínimo nos va a llegar el humo.
El ciudadano europeo debe tomar conciencia del ser europeo. Dejar de viajar envuelto en la mentira que han vendido al mundo y luchar efectivamente por ella, realizando las acciones necesarias. ¿Cómo no van a querer venir a la luz de la sociedad europea ciudadanos que provienen de la oscuridad? Sin entrar en el debate de quien es el responsable de cobrarles la luz que les deja en la oscuridad (normalmente los mismos que nos gobiernan). Esto último nos obligaría a un nuevo artículo.
Me siento tan patriota de Latinoamérica, de cualquier país de Latinoamérica, como el que más y, en el momento en que fuera necesario, estaría dispuesto a entregar mi vida por la liberación de cualquiera de los países de Latinoamérica, sin pedirle nada a nadie, sin exigir nada, sin explotar a nadie. En esta frase de Ernesto “Che” Guevara está implícito cual es el sentimiento que el ser europeo debe interiorizar. Demasiado seria exigirnos, cuando el mensaje del propio Che no caló lo suficientemente rápido en Latinoamérica, que consiguiéramos que fuera un pensamiento valido extrapolable a toda la humanidad. Tan solo con que fuera un pensamiento común de la ciudadanía europea, un camino y un fin, sería el principio del fin. Evitaríamos así situaciones que nos trajeran imágenes como las que sin duda, si ustedes responden al ideal del ser europeo, les harán temblar de indignación cada vez que esos comercios llamados “medios de comunicación” se las muestran entre anuncios de marcas comerciales.


Mientras tanto, el ser europeo que las contemple, solo puede sentir vergüenza de ser europeo. Como el ser humano que se precie, con los gobiernos actuales, solo podemos sentir vergüenza de la Europa de mercaderes.

dimarts, 8 de setembre del 2015

Hipocresía característica de Europa: ponerle puertas al mar.

Tras un breve lapso poniendo en orden ideas, vida y vil capital, reemprendemos esta tarea ilustrativa de una forma de pensamiento que esperemos jamás se convierta en moderada, conservadora  o convencional.
Partimos pues en esta entrada de la imagen que conmociona Europa: un niño ahogado en la orilla. Una imagen que si nos abstraemos de su dureza, crueldad y realizamos un análisis estético, tiene mucha fuerza poética: un refugiado que buscando una vida mejor, muere en la orilla. Un giro trágico que enlaza con el sentido más clásico de la tragedia: el griego. Y aún más si el protagonista es un niño, con la fragilidad y la dependencia que ello comporta. Cualquier sociedad debería procurar el bienestar sobretodo de su futuro: los niños.

Europa se moviliza a grandes rasgos, porque siempre hay dignas excepciones, en ayudar a los refugiados. Se moviliza aparentemente, y como suele suceder tarde y mal. Ya ocurrió con el drama de la desmembración de Yugoslavia, y ha vuelto a ocurrir ahora. Una Europa más preocupada del capital que de las personas tiene como consecuencia que se torne inesperado lo que no lo es.
Y se moviliza tarde y mal, dando lugar a brotes de xenofobia, porque no lo olvidemos, el mal del racismo y la xenofobia solo se elimina con la educación (esa misma que es cara y que sufre recortes por todo el continente), y la educación hace que nos relajemos, que nos pensemos que ya se ha superado, pero siempre vuelve, y en las crisis económicas, encuentra el caldo de cultivo para su crecimiento. Y todos sabemos que oscuras consecuencias puede traer.
Pero por no irnos por las ramas, Europa se escandaliza ahora por el flujo de refugiados, pero intenta ponerle puertas al mar. Lo cierto es que los gobiernos europeos fomentaron en determinadas sociedades norteafricanas, mucho más occidentalizadas que sus vecinos sauditas, intentos de revoluciones populares. Diversas fueron las motivaciones: gas, petróleo, control flujo marítimo, garantizar seguridad del estado de Israel… todo revestido de una lucha para la libertad bien grabada por reporteros de las principales cadenas, con una estrategia de marketing perfecta, pero  vergonzante. Presuntos reporteros de guerra con el chaleco antibalas y el casco aun con las etiquetas que informaban desde las líneas de lo que denominaban “luchadores de la libertad” y que ahora llaman Ejercito Islámico…paradigmático si no hubiera ocurrido antes. Solo tienen que ver la película Rambo III y el tratamiento que allí se hace de los talibanes.

Además los gobiernos occidentales, ávidos de botín sin ensuciarse, lo intentaron no mojándose e interviniendo directamente, si no observando como si se tratara de dioses del olimpo, dejando hacer a sus peones. Y los peones fallaron. Y como consecuencia de esos fallos, surgieron monstruos como el ISIS y enemigos de la libertad como el dictador sirio se convirtieron en enemigos de mi enemigo. Y ese tal vez no sea mi amigo, pero me interesa su victoria.
Pero no hay que culpar a los ineptos gobiernos europeos de esta injerencia en asuntos extranjeros (no podemos olvidar el colonialismo del siglo XIX y su nueva variante, colonialismo económico del siglo XX y XXI).  El perro europeo, con los gobiernos británicos, alemán y francés a la cabeza (y la inestimable sumisión del gobierno español entre otros) solo mueve la cola si el dueño yanqui lo ordena. Es este nuevo Imperialismo de segunda fila, en la sombra, el causante del crecimiento de la xenofobia y la radicalización islámica. Pero ni el gobierno americano ni sus súbditos están dispuestos a priori a repetir fiascos como el de Irak o Afganistán.
Antes de la intervención absurda en Irak, es cierto que carecían de libertad los iraquíes, pero corrían el riesgo de morir en cada esquina, ni de ser decapitado. Muchas mujeres iraquíes no lucían velo alguno, y existía cierta organización. Si diéramos a elegir al pueblo iraquí entre la libertad caótica y asesina actual y el rígido orden inhumano y criminal  de antes, elegirían sin duda el menos malo. Misma situación ocurre en Siria.
Ya basta de doble moral, de aparecer en medios públicos como salvadores hospitalarios y endurecer las leyes de inmigración. De atreverse a decir que “se ha de ser solidario, pero no solidario a cambio de nada”. De jugar a ser dios y no aceptar la responsabilidad de solucionar los entuertos. De tener amigos o enemigos dependiendo del interés económico y no del principio humano. Es el momento de olvidarse de tonterías e intervenir en Siria, para solucionar lo que ayudamos a crear, y poder evitar el problema de la migración de raíz: ayudar a crear una Siria libre para los sirios.


Vienen a Europa porque creen en la Europa que pregonamos diferente del amo imperialista americano, pero esa Europa, ni existe para los europeos, ni quieren que exista.

dilluns, 14 de juliol del 2014

Fuera máscaras: ni socialista ni obrero.

Hubo hombres que tuvieron un sueño. Es una frase muy recurrente, pero fue así de simple, así de complejo. Dichos hombres vivieron, lucharon y pelearon por que ese sueño, materializado en unos ideales, pudiera ser primero entendido, después exportado y finalmente disfrutado por todos sus iguales. Además, intentaron que sus vidas sus familias y sus descendientes comprendieran la importancia del sueño. No siempre lo lograron, pero solo eran hombres. No se les podía pedir más.

No fueron esos hombres los primeros que soñaron con ello, ni serían los últimos. Algunos lo soñaron antes, otros después. A algunos se lo contaron, pero era el mismo sueño y, como la tripulación de un barco de remos que necesita dirigir sus esfuerzos en una misma dirección para alcanzar buen puerto, se unieron bajo unas siglas, pero, ¿realmente importaban las siglas? Solo eran letras, como las fotos de los carteles solo eran imágenes, los símbolos imágenes y las jefaturas de los partidos la mínima organización necesaria para conseguir su meta: vencer.

Los primeros hombres murieron, o se retiraron, o simplemente se desilusionaron, pero otros ocuparon sus puestos. Más jóvenes, más preparados, o más simples, pero todos ilusionados en un proyecto. Pero con el reemplazo, llegaron ellos. Algunos dirían que eran arribistas, otros, simplemente buscaban medrar a cualquier costa. Los más simplemente se arrimaban en busca de poder, dinero, influencias…otros simplemente eran el enemigo, traidores que querían destruir el sueño. Algunos llamaron a su líder “cuervo ingenuo”, pero de ingenuo no tenía nada Sí tenía mucho de cuervo, alas negras, intenciones oscuras, palabras negras. Y todos juntos vencieron, pero no supieron que hacer con la victoria.
Los otros, los traidores, si supieron que hacer. Y pervirtieron el sueño, lo prostituyeron, lo maltrataron y redujeron a su más mínima expresión hasta casi aniquilarlo. Se adueñaron de las siglas, de los carteles, de las jefaturas y convirtieron el sueño en la realidad que esperaba destruir. Se llamaban igual, decían hablar de lo mismo, pero eran otra cosa, algo oscuro, algo perverso: eran traidores. Y como tales, dispusieron sus víboras latentes en la organización, esperando el momento para clavar sus colmillos y disfrazados de sueño, envenenar el mundo. Y sus cachorros, poco a poco, fueron ocupando con sus mezquindades la organización.

Anoche culminó su tarea, han vencido una guerra, pero eso no significa que se termine el sueño. Volverá con otros hombres, otros carteles, otras formas. Con palabras que sí tengan un significado las diga alguien viejo o alguien nuevo, y que no se quede solo en eso. Con un programa y con la tarea de no convertirse en aquello contra lo que lucha, algo que el viejo PSOE, sus dirigentes y sus ciegos afiliados han olvidado definitivamente.

Ese sueño por el que muchos lucharon y algunos murieron se llamaba socialismo. Si para algunos sus siglas aun eran PSOE, está claro que ya no. Buscaba renovar su mensaje, pero solo renovó las imágenes, las palabras y no su significado. Unas caras que son simplemente una nueva generación de traidores instalados en el enemigo y que beben de él, y por lo tanto, que no lucharan por el ideal, que no cambiaran nada ni tocaran el sistema que las mantiene, las pervierte, las engatusa y que les ayuda a verter su veneno. Pero si ayer murió la idea de los primero hombres, hoy nace una nueva lucha. En otro lugar, con otras siglas y con otro nombre: el mismo sueño, la misma lucha sin cuartel, el mismo enemigo, una nueva revolución ¿distinto final?

Victoria o muerte. El tiempo lo dirá, pero primero, es tiempo de purgar traidores. El carnaval termina, y es hora de quitarles las máscaras, señalarles con el dedo, y hacerlos caer. Es tiempo de venganza.


dilluns, 2 de juny del 2014

Primero entre los iguales.

Hoy más que nunca se hace necesaria una reflexión sobre si un estado moderno debe mantener una institución anacrónica y costosa, aparte de socialmente de dudosa moralidad, como es la monarquía.

No voy a perder el tiempo poniendo en duda la gracia divina o ni siquiera derecho de sangre o de conquista. La mera cita de estas características sólo dan fe de su irracionalidad. Podríamos ser revanchistas y recordar que si el rey reina, por gracia de la decisión de un dictador, no por la del pueblo soberano. Podríamos recordar teorías sobre el 23-F, amantes, escándalos acallados, asesinatos y homicidios... Por suerte y por que no podía ser de otra manera, no gobierna (aunque políticos y pelotas, además de incultos lo traten como si lo hiciera).

Tampoco vamos a pedir la guillotina, llegamos tarde y cuando pudimos decidir, preferimos la oscuridad borbonica a la luminosidad afrancesada. Por el contrario defenderemos que no hay mente racional y moderna que pueda entender los privilegios, las dádivas y los beneficios que la casa real tiene, mantiene y también disfruta en contra la mayoría de la población, y encima a su cargo. Y no sólo el rey, si no su familia y amigos, siempre proclives a la adulacion cuando no a la corrupción, véase el señor Urdangarin sin más señas. Porque mientras un presidente de la República es el primero entre sus iguales, y debe responder como todos ante la ley, un monarca se salta esta legalidad y raciocinio sólo por el mero hecho de serlo, sin ningún tipo de mérito ni de elección: tan sólo el hecho de haber sido concedido quién sabe bajo qué circunstancias.

Y por si esto fuera todo, la mera presencia de un monarca imbuye al capital y a los simples de un espíritu de corte y de servidumbre. No es de recibo que las empresas españolas o de cualquier lugar dependan del capricho de un amigo poco democrático para poder construir un tren aquí o un aeropuerto alla. Es un anacronismo medieval que sólo permite la injusticia y fomenta la desigualdad, cuando no la falta de moralidad.

¿Que méritos puede alegar el tal Felipe para tener carta blanca legal?, Un español puede ser juzgado si conduce borracho por ejemplo, pero el rey no ... serían tantas las injusticias que representa un monarca que solo podemos reclamar que en el siglo XXI no haya ninguno.

Partidos como PP y PSOE, sobre todo este último, hacen un flaco favor a nuestra sociedad con su conservadurismo. Seamos serios, nunca en una historia de intervenciones militares y extranjeras tuvimos tan fácil ser un país más justo y demostró ser una sociedad adulta y responsable:

¡VIVA LA III REPÚBLICA!

dimarts, 20 de maig del 2014

Votar el día 25.

El próximo día 25 se celebran las elecciones europeas, pero ¿realmente somos conscientes de lo que estamos votando?
La verdad es que si hacemos caso a los medios de comunicación, los políticos de los partidos mayoritarios o los comentarios generales, parece que en verdad este plebiscito corresponde con el ámbito nacional o incluso con el local en casos más extremos.

Cuales son los oscuros intereses por los que desconocemos los programas que se discuten y dirimen en estas elecciones es a priori un poco misterioso. Que pocos de los potenciales votantes sepan que por primera vez su voto representativo (para que las asambleas de elección directa son muy bonitas y representativas de los que a ellas acuden, pero poco prácticas cuando hablas de millones de personas) servirá para elegir al presidente de la Comisión Europea es solamente un muestra de lo lamentablemente poco que conocemos a nuestro estado común. Y seguramente lo poco que lo queremos conocer.

La verdad es que en un mundo cada vez más pequeño, donde sólo la unión puede darnos la fuerza contra los grandes intereses o multinacionales que recortan el paraíso que debería ser este mundo para el individuo, el poder potencial de las instituciones europeas es parte de nuestra única ezperanza. Decisiones sobre medio ambiente, legislación laboral, derechos humanos, educación, movilidad de seres humanos ... todas estas decisiones se pueden regular desde principios de izquierda si así lo deseamos gracias a la unión europea. Sólo una unión fuerte, con nuestro apoyo, critica, acción y esfuerzo nos permitirá cambiar cosas. Cualquier otra opción será más de lo mismo: una sociedad conservadora y opuesta a cambiar sus principios, anclada en sus privilegios y reticente a ualquier variación de la relación de fuerzas o simplemente el cambio. Y cambiar es de ididamente necesario, empezando por nosotros mismos.

Porque no debemos dejar que los conocidos euroescépticos (mayoritariamente postulados conservadores y de derechas con cierto tufo tanto nacionalista como xenófobo) que son en gran parte responsables de las actuales políticas impuestas desde Europa, con el beneplácito de nuestra omisión civica o falta de actuación (en este caso falta de voto activo) consigan destruir lo poco construido (programa Erasmus, justicia universal, sanidad, libertad de tránsito ...) en favor de lo que siempre desearon. ¿Como van a defender la construcción europea aquellos que nunca la desearon? Sólo la izquierda real, la que sin duda calificaran de radical tanto sus adversarios conservadores como aquellos que se identifique tan sólo en su nombre (no en sus ideas), la misma que cree en la internacionalización de la lucha y la reivindicación común de todos los iguales (de cualquier lugar de nacimiento si realmente defendemos posiciones de izquierdas) es capaz de, uniendo esfuerzos, llevarnos a una sociedad más justa, igualitaria y solidaria.

Y si preguntáis quién son estas fuerzas de izquierdas a las que deberíamos encaminar el voto, no es el motivo de esta entrada señalar ninguna dirección ni apostar a ninguna fuerza. Sólo recordar que hay que hacerlo. En esto consiste también ser ciudadano: decidir responsable y críticamente.