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dijous, 10 de novembre del 2016

Estadounidenses: no era el pato.

El autodenominado mundo occidental asiste atónito al desenlace electoral en los Estados Unidos. En realidad, nos estamos refiriendo a los estados desarrollados. En los países en vías de desarrollo, tan solo las élites oligárquicas andan pensativas en como rendir pleitesía al nuevo ocupante del trono imperial. Los países enemigos, ejes del mal y modelos alternativos de gobiernos, se debaten entre el esperpento jocoso y las medidas preventivas por si al nuevo presidente le entra el ardor guerrero. En verdad, nadie sabe lo que va a suceder, lo cual dice mucho de un sistema que se cae por su victoria aplastante sobre las alternativas.
Solo los representantes del extremismo más radical, xenófobo y ultranacionalista se han alegrado de la victoria de Donald Trump. Hay en su alegría poco disimulada una mezcla de desconocimiento tanto del personaje como de su ideología (suponiendo que su única ideología no sea el dólar). Además, su exacerbado entusiasmo viene provocado, muy posiblemente, por las ganas de acumular minutos televisivos y atención en las redes sociales, pues si algo nos ha recordado la victoria del multimillonario norteamericano, es que lo importante es que hablen de ti, aunque hablen mal. Y en eso, en ocupar minutos de representatividad, se emplean los movimientos xenófobos, nacionalistas y clasistas para pasar de minoritarios a mayoritarios. Cualquier declaración, cualquier minuto de gloria o foto, sirve a su única causa: hacerse con el poder a toda costa. Y los medios les siguen el juego, porque son noticia, y por qué no saben lo que les viene.
Causas de la orientación de voto en E.E.U.U. hay muchas. Poco gancho de la candidata demócrata. Un sistema educativo fallido que crea graves deficiencias de análisis crítico en la población mayoritaria. Desarraigo para con los orígenes (en el caso de la población inmigrante) que ve al nuevo inmigrante una amenaza para su adquirido estatus de ciudadano. Racismo. Xenofobia. Una crisis económica provocada por continuas políticas neoliberales sin ningún contrapunto (como sucede en Europa). O simplemente la miseria continuada y la desesperanza. Y aquí llegamos al punto principal en mi reflexión, que ha permitido llegar a esta situación en que solo el extremismo neofascista y el neoliberalismo parecen poder gobernar: la falta de contrapunto ideológico.
Una de las mayores victorias, a nivel mundial, del neoliberalismo es haber acabado con la competencia. Socialismo, comunismo…cualquier otro punto de vista de funcionamiento de una sociedad ha quedado desautorizado a partir de un falso “estado del bienestar” que una vez ha cumplido su función (hacer olvidar la lucha de clases y la movilización social) el sistema ha pasado a desmantelar, por motivos ideológicos. La gran estafa económica que hemos sufrido, vestida de crisis mundial, solo ha sido el punto de partida para la barra libre de liberalización de los servicios básicos de la ciudadanía, que culminara seguramente con una educación, una sanidad, un sistema de pensiones y finalmente una defensa 100% privatizada. El falso paradigma de que “lo privado está mejor gestionado” ha calado ante la rendición incondicional al sistema de quienes deberían haberlo puesto a prueba y haber luchado en su contra. La socialdemocracia, más que una solución, ha resultado un caballo de Troya.
¿Existe una resistencia como tal? Sí, minoritaria y fragmentada. Otra de las victorias del neoliberalismo es el individualismo imperante en nuestra sociedad. Como punto de partida, se ha alimentado dicho individualismo de proyectos nacionalistas, que han remarcado en todos los ámbitos (incluso el discurso de la izquierda) aquello diferente, en lugar de lo que nos une como clase social. Ese nacionalismo excluyente es el que más fácilmente ha calado, en lugar de educar en el multiculturalismo. El resultado es la desunión de movimientos de protesta, el carácter marginal de muchas organizaciones y partidos, que cuando han intentado obtener una victoria a través de la unión, no han tenido respaldo internacional, ni de medios, ni siquiera han conseguido acallar las distintas tendencias internas. Por poner el ejemplo europeo, lejos de una oposición organizada a la reciente deriva de la construcción europea, existen mil y una voces. Si a esto le sumamos una falta de liderazgo y de militancia, el resultado es que uno de los bandos, organizado y con una meta clara, tiene campo abierto para desplegar sus medidas sin apenas resistencia. Ni Iglesias, ni Sanders, ni Corbyn, ni Garzón, ni Grillo, ni mucho menos Tsipras han sido capaces de liderar una resistencia global desde sus propuestas. Son pequeñas aldeas galas resistentes al invasor, pero ineficientes frente a los movimientos políticos actuales. Quizás el planteamiento pueda resultar simplista, pues sus propuestas están alejadas del personalismo, pero si quieren ganar elecciones, necesitan ser carismáticos para sus votantes potenciales y para sus militantes presentes y futuros. Tienes las ideas, pero no convencen. No las transmiten bien.
Como consecuencia, dichos movimientos, cargados de razones, han sido insuficientes para ofrecer a una población una solución electoral. Una población mediatizada por un discurso del miedo (que vienen los rojos) de los medios neoliberales, que han orquestado por distintos intereses principalmente económicos. Esos rojos, articulados en torno a la denominación “antisistema” han sido maniatados ante la opinión pública, que ante la falta de liderazgo y de organización de dichos movimientos, y ante su compleja organización interna, no ha resultado atractivo al elector mayoritariamente. Así que el elector, buscará un discurso, un movimiento y unas formas más sencillas, menos complejas, más acordes con una vida sencilla y sin preocupaciones.
Ese es el escenario más alarmante que nos deja la victoria de Donald. El sistema no es capaz de promover alternativas distintas a estas alturas, quemado por muchos años de continuismo en sus políticas. Por otra parte, dentro del movimiento antisistema, se engloba no solo a los que quieren destruir el sistema por la izquierda, si no a los que lo quieres destruir por la derecha (simplificando mucho el escenario). La simplicidad del discurso xenófobo, racista y clasista de unos resulta mucho más atractivo a una población privada, por distintos medios y causas, de una capacidad de raciocinio crítico básica. Movida por impulsos, la población puede elegir, amparada por el espectáculo de los focos y los discursos mediáticos, y además con todo derecho, un suicidio social.

Y la historia nos demuestra el resultado de dichas elecciones. Quizás muchos americanos eligieron a Donald con el simpático recuerdo de un pato en la memoria. Legítimo, pero estúpido. Quizás no sea esa la causa, y prime más el descontento. Pero para acabar con el descontento, votar algo distinto solo por ser distinto, aunque sepas que va a ser peor, no es muy inteligente. Eso, será legítimo en un régimen democrático, pero sigue siendo una estupidez. ¿Solo nos queda la desobediencia civil?

divendres, 25 de desembre del 2015

La Bastilla del socialismo español.

barón, nesa
3. m. y f. Persona que tiene gran influencia y poder dentro de un partido político,una institución, una empresa, etc.
Conocidos así son, en el argot político del país, un grupo de dirigentes políticos que, bien por méritos o deméritos de sus adversarios, adquieren cierta influencia y poder de decisión sobre sus iguales. Como sus iguales no nos referimos a los ciudadanos, sino a sus compañeros de partido (generalmente afiliados o simpatizantes). Pero, ¿son realmente estos príncipes territoriales personajes dignos de consideración?
Quizás podamos entender que un resultado electoral legitime una opinión, si nos olvidamos que la actuación de la ciudadanía en las urnas no está regida por factores muy diversos. Pretender que un presidente de comunidad autónoma o un alcalde de ciudad importante, por el mero hecho de obtener su cargo, tiene una voz autorizada no solo para opinar, si no para imponer sus opiniones o intereses al resto de los miembros de su partido es un concepto muy servil, muy poco socialista.
Posiblemente en partidos de otra ideología, preservadora de escalas sociales y de diferencias de clases, estar en una posición de responsabilidad otorga automáticamente una autoridad frente a las opiniones de otros. Pero eso no es un posicionamiento a priori de izquierdas, donde todas las opiniones deben tener el mismo peso. En la izquierda, todos, el que manda y el que obedece son iguales. Las opiniones son igualmente válidas, solo autorizadas por los méritos de unos y otros, que además están en continua revisión y actualización. Paradigmas de lo que simplificamos en derecha se introducen en formaciones de izquierdas, como peligrosas tendencias que deslegitiman y sobretodo alteran la naturaleza de movimientos políticos. Posiblemente la cercanía al poder, las relaciones con otras ideologías infecten de estos autoritarismos a formaciones a priori igualitarias. El caso del Partido Socialista Obrero Español es un claro ejemplo de esta infección, que amenaza con destruir una organización centenaria con más luces que sombras, más que les pese a las posiciones más conservadoras o ultra conservadoras. Los años de gobierno han llevado la putrefacción ideológica a su estructura interna. Se acostumbraron pronto sus miembros al seguidismo ciego, olvidando la crítica interna y lo que es aún más peligroso, la autocrítica. Se enquisto este mal con los años de gobierno y ahora, cuando han perdido el poder, estas posiciones se han rebelado contra la verdadera esencia que los originaron, acusándoles además de ser las que propician la crisis y su propia perdición. La solución, volver a los orígenes, es así presentada ante la opinión como la causante de los males.
Estos caciques territoriales, pertenecientes en el caso que nos ocupa al partido que debería haber destruido las figuras caciquiles, establecen asimismo unas potentes redes clientelares, que les sustentan y que son en primera instancia víctimas de esta putrefacción ideológica, y después colaboradores necesarios. Estas figuras, que sobrepasan de largo las de primero entre sus iguales, no solo gobiernan según sus propios intereses y los de sus interesadas amistades, sino que pretenden imponer desde su falsa legitimidad como líderes (o presunto liderazgo) su opinión como ley. Pero, ¿quiénes son esos barones? Son el último refugio del antiguo régimen partidista, de una forma de pensar que enquistada en el sistema, abandono las vías del socialismo en alas de la socialdemocracia, y terminó convirtiéndose en el brazo más amable del conservadurismo. Estas taifas regionales, que señalan en el dedo posiciones nacionalistas acusándoles de malvadas, son en sí mismo pequeños reductos regionales que se miran el ombligo, dejando de lado no solo un movimiento internacional, si no la cohesión del socialismo. Son traidores y conversos, son casta, son el último reducto de eso que ha venido a llamarse vieja política. ¿que autoridad detentan para, por encima de sus bases, las únicas que deberían tener derecho a decidir, tomar una decisión tan importante como la de impulsar un gobierno progresista en este país o permanecer en su cueva? Seguro que en sus taifas y palacios presidenciales, conseguidos en muchos casos mediante pactos, solo buscan mantener sus privilegios de clase. ¿Es eso socialismo?

Llega la hora que los socialistas que queden dentro del PSOE den un paso al frente y hagan caer a su propia nobleza. Que a esos representantes del antiguo régimen partidista les llegue su guillotina política, y que la democracia asamblearia recupere su lugar en un partido que antes que español, era socialista, y antes que socialdemócrata, obrero. Recuperar esas dos palabras es muchos más que salir a la calle, es ser parte de la calle. Solo sí las posiciones de izquierdas alzan la voz dentro del PSOE y recuperan su lugar, dando paso a una meritocracia interna, en lugar del continuo caciquismo de amiguetes, el PSOE tiene futuro. Y si no se puede, lo mejor es dejar caer el edificio, si tiene los cimientos ya podridos, y empezar a levantar otra casa en otro lugar, con otras siglas, y la lección aprendida. Llega la hora de tomar la Bastilla.

dijous, 8 d’octubre del 2015

El fracaso del socialismo agrario.



Es una noticia lamentable el cierre, quiebra o liquidación de una Cooperativa Agraria (también de cualquier otro tipo). El fracaso de un modelo alternativo al dominante no solo da alas al capitalismo más salvaje, que se abalanza sobre la producción mostrando colmillo y garras, si no que abandona a su suerte a los cooperativistas, un colectivo principalmente formado por trabajadores y productores. No obstante, las causas de dicho fracaso, además de las zancadillas recibidas por la competencia, ejemplifica otro grave problema: el fracaso del modelo socialista en entornos agrarios occidentales.
A continuación enunciamos los principios fundamentales formulados y actualizados por la Alianza Cooperativa Internacional para una cooperativa: libre adhesión, control democrático, gestión de los administradores, educación cooperativa, reparto de excedentes, integración cooperativa, preocupación por la comunidad…como observamos, aun sin desarrollarlos en su totalidad, pocos se corresponden con la situación actual de las cooperativas.

No por comentado y esperado deja de sorprender el caso de la Cooperativa Betxí-Export, como un ejemplo cercano a nuestra audiencia potencial, ubicada en Betxí, Castellón. No es el único, puesto que situaciones muy similares se dan a lo largo de todo el levante citrícola. Una cooperativa grande, construida desde la nada por trabajadores, poderosa, que inicialmente tuvo una gestión innovadora, lo que le permitió crecer, pero que murió de éxito: no pudo superar la crisis. Ese sería un análisis un tanto simplista e interesado, que solo respondería al interés de los culpables de su situación actual: quiebra y posible liquidación de su patrimonio. Pero no vayamos tan pronto con los culpables, aún no. Lo cierto es que tras sus éxitos económicos de los años ochenta y noventa del pasado siglo XX, se había sembrado, regado, injertado, abonado y finalmente recolectado el principio de su fin. Vayamos por partes y describamos cada una de estas características.

La semilla de la destrucción es la falta de mentalización por parte del cooperativista de en qué consiste una cooperativa, como deben funcionar y cuáles son sus beneficios, sus obligaciones y sus límites. Acostumbrados históricamente al funcionamiento supeditados a patronos, comercializadoras y “corredores”, el socio cooperativista en pocos momentos toma conciencia de su responsabilidad como “parte vital de su cooperativa”. Por el contrario, acostumbrado a la simplicidad (no por su condición de simple si no por la de accesible) del trabajo en el campo, intenta continuar con la comodidad del sistema anterior y abandonar sus responsabilidades inmanentes. Delega en supuestos profesionales (los gerentes) que son dependientes de una junta elegida de entre los cooperativistas más hábiles. Un sistema democrático en el que el cooperativista delega la toma de responsabilidad en un profesional fiscalizado y controlado por un grupo de cooperativistas, que vigila sus movimientos. Quizás un sistema perfecto, si perfectas fueran las personas, que no lo son. Son humanos. Lo cierto es que el sistema nace viciado por distintas causas: falta de formación del cooperativista (sobre todo en casos de personas muy mayores); desinterés de las nuevas generaciones (buscan trabajos más cómodos y seguros); falta de incentivos; confianza en la profesionalización de la gestión…a la larga, aparados por buenos resultados económicos, será el empleado (el gerente) el que capitalice las decisiones, ante el aplauso general de los socios cooperativistas, solo preocupados de sus campos y el precio del producto, y no de la gestión comunal del bien común: la cooperativa.

La semilla anteriormente descrita, es regada por un elemento que supone a la larga el fracaso del sistema cooperativista. El socio cooperativista no desarrolla una personalidad socialista de la economía, si no que se convierte en un pequeño propietario burgués, un ejemplo en miniatura de la figura social que anteriormente explotaba su fuerza de trabajo en beneficio propio: el latifundista. Este nuevo ser, que podríamos denominar capitalista cooperativo, mira con recelo el crecimiento de su colega cooperativista y más aún cualquier beneficio extra que pueda obtener de su misma organización cooperativa. Ante esta disyuntiva (que puede simplificarse en envidia) la cooperativa responde, auspiciada por la gestión del gerente, eliminando la mayoría de beneficios sociales que debieran desprenderse de su propia existencia para su sociedad.

La cooperativa solo genera trabajo poco especificado, sin necesidad de grandes inversiones. Debería preparar mejor su capital social. En lugar de promocionar entre sus socios ciertos beneficios sociales como puedan ser ayudas a la formación, becas de estudios o ayudas a la compra de los libros escolares de sus socios (son solo un ejemplo del poder real de la organización) obvia todas estas medidas e intervenciones en favor del mero resultado económico. Una de las consecuencias, quizás la más importante de esta situación es que la cooperativa solo genera trabajadores primarios: recolectores, manipuladores, envasadores…y no trabajadores cualificados de los tipos administrativos, comerciales, controladores de calidad. Como resultado, debe recurrir al mercado laboral común para cubrir los puestos más específicos, como son los necesarios para la comercialización de sus productos, entrando en competencia directa con los propietarios latifundistas, las comercializadoras y las agencias de compra venta. No obstante, esta competencia no es en igualdad de condiciones. A la larga, para poder competir en igualdad con estas empresas meramente capitalistas, la gerencia debe asumir cada vez más competencias, junto con un conjunto de trabajadores esenciales externalizados, con solo un interés: su cuenta de resultados. Es la prostitución del modelo socialista por el capital.

Los profesionales del mercado laboral común son el injerto, los que poco a poco convierten a la cooperativa en la viva imagen de lo que vino a sustituir. Con los años, el sistema se vicia todavía más, el cooperativista delega cada vez más la decisión en la gerencia, bien directa o indirectamente. Esta gerencia, siempre ansiosa de poder dada su nueva necesidad de competir de igual a igual con el resto de profesionales privados del sector, promueve además juntas dóciles, que pongan pocos reparos en sus medidas y apuestas, y por supuesto en sus salarios. El empleado toma control de todas las decisiones, ante la desidia general y el aplauso de la junta electa, promovida por el mismo. En la práctica, la cooperativa agraria se convierte en un feudo particular, en una nueva versión del sistema que vino a sustituir: el de patronos y agricultores. En lugar de generar una alternativa al sistema, se infecta del mal capitalista y pierde lentamente su esencia, sin levantar sospechas, ante la indiferencia de socios y de la sociedad.

Todo lo anteriormente descrito es ricamente abonado por una sucesión de eventos que, partiendo que no dependen directamente de la misma inacción del cooperativista, si incrementan su hastío. El entorno laboral, poco atractivo para los jóvenes, que prefieren con todo su derecho abandonar los usos agrarios por otras ocupaciones (incluso los de baja cualificación). El gerente, sin supervisión que acote sus atribuciones, se convierte en un propietario más, con sus mismos vicios y abusos y un gobierno despótico donde solo tendría que aplicar las decisiones de la junta. Una junta que, a medida que se crece el abandono se ve envejecido y donde no se ingresa savia nueva. Un mercado que, dado que las cooperativas no copan los puestos de influencia comerciales y por lo tanto dejan de dominar el canal de distribución, el que genera beneficios realmente, promueve la aparición de intermediarios y comisionistas, que generan un déficit para con los productores. La desconexión social, que produce que el pequeño propietario, desprovisto de su espíritu de clase, solo busque el beneficio propio cuando no la ruina del vecino para apoderarse de sus beneficios.

Es quizás esta falta de solidaridad colectiva la muestra más importante del fracaso del modelo socialista agrario en nuestra sociedad. Tan solo hay que ver el escaso arraigo de los sindicatos en las cooperativas. No solo hablamos de los sindicatos mayoritarios, bastante inoperativos hoy en día y que muestra sus propios síntomas de encallamiento y agotamiento, sino que incluso escasean los propios sindicatos propios. Las convocatorias de huelga, protestas, comités, reivindicaciones de derechos o salariales son escasas cuando no prácticamente inexistentes. Bien es cierto que también tiene mucha parte de culpa la mentalidad del cooperativista. Como ya hemos denunciado anteriormente, la mentalidad cooperativista no se ha desarrollado. No forma parte de ningún colectivo de iguales, si no que ha asumido en su totalidad, aunque a escala, los males del latifundista que debía sustituir para una mejora general colectiva: solo tiene ojos para sí mismo. El pequeño propietario no es solidario, no busca el bien común ni se preocupa de unos derechos laborales justos y retribuidos socialmente. La mentalidad de patrón se impone en abaratar costes para mejorar réditos económicos, falseando la realidad y provocando una causa más de la fallida del sistema. La frase “no hay peor patrón que el rojo” tiene aquí lamentablemente su máxima expresión.

Existe además un problema generado por la que podríamos definir como externalización del sistema de gestión y comercialización de la cooperativa. La innovación a largo plazo, que resulta poco rentable cuando el margen de resultados es corto, es poco atractiva para una gerencia y sistema comercial que necesita de resultados económicos a corto plazo. Además las industrias que realizarían dicha investigación son en la mayoría de casos externas, y vuelven a tener en sus necesidades la rentabilidad a corto plazo. Las pocas innovaciones están en manos de latifundistas capitalistas que pueden financiarlas, o en caso de ser accesibles, lo son cuando pierden su valor añadido (que podíamos simplificar en novedad, escasez y calidad). Estas actuaciones suelen ser vistas como perdidas de capital, de tiempo y en el peor de los casos como inútiles, cuando deberían resultar de vital importancia para competir con mercados emergentes, cuya mano de obra y costes de manipulación son muy inferiores, merced a una legislación social muchas veces inexistente.
Además existe la falsa idea que mayor número de producto es mejor, cuando la verdad es que tan solo un producto exclusivo, de inmejorable calidad y con un fuerte valor añadido puede generar un futuro para la agricultura. Buscar competir en condiciones de abaratamiento de costes y grandes cantidades de producto barato es la solución fácil a corto plazo, pero de escaso rendimiento una vez pasado el primer impacto: la progresiva reducción de costes y salarios solo va a generar peores condiciones para trabajadores y en último lugar para el socio cooperativista. La abundancia de producto de baja calidad solo va a realzar los productos que sí apuesten por el valor añadido.
Y naturalmente llega el momento de cosechar las consecuencias de todo lo anterior. Potenciado por la crisis general del capitalismo, de características cíclicas y que pone en jaque todo el sistema del bienestar, las cooperativas, debilitadas en su estructura interna, son presa fácil. Esta crisis genera además la vuelta de mano de obra, tanto cualificada como no cualificada, al sector agrario, que se ve como un remanso de posibilidades frente al fallo general del sistema productivo. Como respuesta, el proteccionismo se abalanza sobre unas sociedades cuyos socios hace mucho tiempo perdieron voluntariamente el control sobre las decisiones, y todo se magnifica: peores condiciones laborales, peores precios, peores remuneraciones, peores posibilidades comerciales… los intermediarios no pierden sus márgenes de beneficios, sino que incluso los incrementan, al controlar los canales de distribución. Toda la pérdida de valor de la mercancía repercute en el productor, que como consecuencia de la falta de implicación en el modelo socialista agrario, es el pequeño propietario. Las pérdidas se suceden campaña con campaña. Pero, como consecuencia de la mala gestión acumulada, los cooperativistas no deciden cambiar de gerente, como sería lógico, si no que abandonan la escasa protección que les ofrece la cooperativa debilitada, cayendo en brazos nuevamente del latifundista y el comisionista, volviendo al modelo que abandonaron al principio.

Quizás el análisis anterior pueda parecer un poco superficial, pero en conclusión, podemos afirmar que la responsabilidad del fracaso del socialismo agrario o del modelo cooperativista pertenece a grandes rasgos a tres sectores muy específicos. En primer lugar, y con un nivel de responsabilidad moderado, encontramos al capitalismo representado por el latifundista y el comisionista. Sin duda forma parte de su razón de ser eliminar otros modelos productivos, ya que entran en competencia directa con su ámbito de crecimiento y ponen en duda su misma razón de ser. La coexistencia pacífica entre ambos modelos es imposible, pues son en su mayor parte antagónicos. Además, el sistema capitalista se encarga de minar desde dentro, alentando los modelos de conducta capitalistas entre socios cooperativistas, el compromiso necesario para desarrollarse y competir.
Un nivel de responsabilidad más alto encontramos en los profesionales que externalizan muchas de las funciones que la cooperativa no genera a partir de su propio capital humano. Quizás los profesionales contratados no tengan el nivel de responsabilidad suficiente para culpabilizarles, puesto que simplemente son injertos del sistema capitalista en un ambiente cooperativista. Solo reaccionan a los estímulos del mercado (oferta-demanda-beneficio económico) según su condición y por lo tanto, deberían tender a eliminarse del sistema cooperativista (solidaridad-reparto de trabajo-sustento y calidad de vida) en la medida de lo posible. Es culpable sin embargo el gerente o los responsables de la gerencia. La tradicional falta de cualificación del trabajador agrario y pequeño campesino obligaba en el inicio del modelo cooperativista a la promoción, cuando no a la contratación, de dichas figuras. Entre sus objetivos no solo debía estar el conseguir beneficio económico, si no beneficio social y asentar el movimiento cooperativista. Sin embargo, por motivos que no entraremos a discutir en este artículo, como pusieran ser la necesidad personal o la falta de compromiso con el ideal cooperativista, el gerente o gestor de la cooperativa empieza a acumular poder dentro de la organización, llegando a formar ellos mismos las juntas que deben fiscalizar su tarea ante la permisividad y pasividad general del socio.

Si bien podamos culpabilizar a los dos elementos anteriores de dicho fracaso, no sería el análisis cierto según nuestra opinión sin nombrar al elemento necesario por encima de todo para la fallida general del sistema cooperativista: el socio. Un socio que no desarrolla la mentalidad necesaria y se queda anclado en patrones de conducta propios del sistema capitalista. Un socio que ve la gestión como un dolor de cabeza que le distrae de lo importante: trabajar sus campos. Un socio que pierde de vista el elemento solidario implícito en toda organización cooperativa, sustituyéndolo por el punto de vista del minifundista. No abandona la visión capitalista de la producción, si no que adopta principios socialistas para perseverar en la economía capitalista: no quiere sustituir la sociedad de clases, quiere medrar en ella. No debemos achacar sin embargo seguramente a la inquina para justificar este comportamiento. Nos encontramos en muchos casos con gente sencilla, con una educación defectuosa propia del régimen dictatorial nacional-católico imperante desde la Guerra Civil y nunca superado, si no olvidado con la transición. Una gente cuya máxima aspiración seguramente sea ver vivir a sus hijos en mejores condiciones que las que ellos tuvieron, y para los que la reflexión sesuda sobre el bien común en el día a día puede ser algo agotador tras una larga jornada de trabajo. Sin embargo es esa falta de cultura cooperativista o de desarrollo de una mentalidad socialista la que proporciona a los elementos anteriores el caldo de cultivo para destruir el sistema desde dentro y volver al tiempo anterior. Recordemos que es un sistema en el que tampoco han terminado de creer ni latifundistas, ni trabajadores ni siquiera los socios cooperativistas.

Quizás cuando el sistema latifundista capitalista vuelva a fallar, dentro de algunos años, con el resurgir del modelo cooperativista podamos llegar un poco más lejos en el mismo. Quizás la nueva ola de cooperativas que surja, cuyos miembros y socios pertenezcan a una generación más preparada a priori, al menos en algunos de sus individuos, el modelo pueda arraigar. Cooperativas que formen a sus trabajadores, que formen a sus comerciales, a sus sectores de calidad y a sus gerentes. Cooperativas que promuevan la investigación desde raíz, mediante becas y ayudas a la formación. Cooperativas que exijan a sus miembros una formación, y que al mismo tiempo faciliten la misma a quien no la tengan. Cooperativas solidarias, que ayuden al miembro que tenga necesidad y que al mismo tiempo, haga la vida mejor a sus sociedad. En definitiva, cooperativas que funcionen y no sean cotos privados de unos pocos con el esfuerzo de todos.

diumenge, 20 de setembre del 2015

Lo que una vez significo ser europeo.

Asistimos cómodamente desde nuestros televisores a un nuevo “reality show” por cortesía de las empresas dedicadas a la información: el drama de los refugiados sirios. Hay que reconocer que en otras ocasiones, otras temporadas como fueron las del genocidio sistemático en África o la criminal intervención en Iraq, las audiencias no se engancharon como en este caso. Tertulias, campañas, informaciones y enviados especiales se aprestan para limpiar la conciencia del ciudadano europeo y no impedir que siga consumiendo. Otros programas similares, con muchas más temporadas en antena, como el drama del pueblo palestino o del Sáhara, solo tienen emisiones residuales, y eso siempre que una catástrofe natural no inunde de miseria la pantalla plana de muchas pulgadas.
Quizás la diferencia estribe en que la experiencia del programa amenaza directamente con pasar del canal televisivo y el sesudo análisis de tertulianos que, igual opinan de las causas de la guerra en Siria que de las pesquisas policiales en el caso de Yeremi Vargas, a nuestras calles. La audiencia de la Unión Europea reacciona así como prevención, alentada por intereses muy claros, provocando ante el espectáculo y el escándalo directamente asociado un grito desde nuestros palcos privados que resulta inútil para los implicados: las víctimas inocentes. Poco análisis hay, salvo honrosas excepciones, del problema que radica en la mal llamada solidaridad europea. Nos creemos a salvo, pero solo somos peones en el juego.
Quizás todo se nazca de un equívoco: jamás ha existido Europa o lo europeo más allá de la geografía física. No deja de ser “Europa” un concepto idealizado que responde según las vicisitudes que la rodean a diversas inquietudes, casi siempre respondiendo a intereses privados de grandes familias o compañías. Primero fueron dinastías familiares. Más tarde, tendencias políticas herederas directamente de los privilegios de las dinastías. Finalmente son las élites económicas las que empuñan “Europa” como su insignia, mientras se enriquecen a costa de los europeos y les venden la imagen que les interesa, nunca la que podría ser. Todas esas tendencias prostituyeron un ideal según sus intereses y lo vendieron al resto del mundo. Y el resto del mundo lo compró. Un ideal atractivo de libertad (para ser esclavo), igualdad (para ser esclavizado) y donde la fraternidad fue sustituida por la solidaridad (mucho más económica). Solo cabe recordar aquí la frase de Mariano Rajoy sobre la solidaridad a cambio de nada.

Para el que ha viajado fuera (entendamoslo geográficamente más allá de los limites europeos), dejando de lado resquemores nacionalistas de cada país, ser europeo era una etiqueta de prestigio. A pesar de ser responsables los pueblos europeos y sus gobernantes de la mayoría de masacres, barbaridades, infamias y genocidios de la historia, el concepto sigue llevando asociado cierto aire de glamour: ser europeo da prestigio en el resto del mundo. Seguramente dicho prestigio entre en dura pugna con el de los norteamericanos (¡ojo! Solo de países angloparlantes, no latinoamericanos) como los dos grandes denominativos de población de prestigio en el mundo actual.
Deberíamos discutir quizás ahora de que territorios o pensamientos podemos identificar con esta Europa de prestigio. Para ello deberíamos empezar diciendo que el concepto de europeo actual, que a sus elites les gusta divulgar, cuyo nacimiento se establece en la Grecia clásica en el primer milenio anterior al nacimiento de Cristo, abarcaba ambas orillas del mundo Mediterráneo y excluía totalmente los actuales Países Nórdicos, Alemania, Austria, Rusia… solo en la edad media dichos países fueron desplazando el eje de “lo europeo” abandonando al Norte de África, seguramente por tendencias militares y religiosas. Muchos ciudadanos europeos lo desconocen y ven esas regiones en la actualidad como bárbaras, olvidando que hace solo unos cientos de años, el esplendor cultural de occidente estaba en Córdoba, Bagdad y Damasco. Es en este punto cuando se argumenta que Europa es de raíces cristianas, cuando es y fue en gran medida el propio Cristianismo el que puso en riesgo la primitiva idea de la humanidad clásica. Todo este análisis del origen del concepto resultaría demasiado extenso para este artículo, quizás en otra ocasión.
Retomando el hilo anterior, Europa o ser europeo se equipara actualmente en el mundo a derechos humanos, a seguridad laboral, a libre circulación de personas, a seguridad, a educación libre y no doctrinal, a sanidad y salubridad, a un mercado laboral que mira por el bienestar de sus trabajadores y a un estado del bienestar que mira por el bien de todos… muchos conceptos que conocemos pero que no estamos seguros de sí disfrutamos. También a instituciones democráticas y a una ciudadanía con valores, ejemplar y que recupera la idea clásica de la ciudadanía participativa griega. Y esto señores, es una estafa de Europa al mundo. Esa Europa casi no existe, porque no se la deja existir.
Este ser europeo (a partir de ahora lo resumiremos en esta expresión) es una invención de una élite para vender su producto al resto del mundo y a su propia ciudadanía. Esta ciudadanía, que si tomara conciencia de sí misma podría llegar a ser ese “ser europeo” tan admirable, es solo en algunos casos muy específicos real, resultando la mayoría de la población europea solo potencialmente con estas características. Lo cierto es que la conciencia europea es minoritaria. Deberíamos preguntarnos el por qué. Os encontraríamos seguramente con la indiferencia mayoritaria hacia la educación, convirtiéndola solo en un saber hacer, no en un saber pensar.
La Unión Europea surge, en su primitivo embrión, como una asociación mercantilista, de negocio y para ayudar a las élites europeas en el mantener sus privilegios en la Europa tras la segunda Guerra Mundial. No era interesante para ellos cambiar el modelo que nos había llevado al desastre, solo domesticarlo, darle una nueva imagen y venderlo con la bendición del nuevo amo del mundo. A pesar de eso, un grupo ideológico minoritario ve el potencial de dicha unión de países, abandona el ideal revolucionario y entra en el sistema para dominarlo desde dentro y poder cambiarlo con un trabajo de décadas. Así, con el camino lento pero aparentemente seguro van poniendo los cimientos de lo que terminara siendo en los 70, 80 y 90 del pasado siglo XX la Unión y el estado del bienestar. Esa es la socialdemocracia europea, que conseguirá mejores derechos sociales, solidaridad entre estados y dos hitos: el abandono de las fronteras y la moneda común. El siguiente pasó, el estado europeo que nos haga a todos ciudadanos iguales en derechos y deberes necesita de un trámite: una constitución común que abandone los viejos y obsoletos modelos nacionales. Una nueva visión del mundo para el siglo XXI y en cierta manera una “imitatio alexandri”, pero basada en la democracia y la colaboración.
Pero frente a esto, los garantes del antiguo orden, conservadores de profundas raíces religiosas, con características xenófobas en muchos casos u “ordenados” como afirman sin vergüenza alguna, también están organizados. Ellos rechazan una moneda única, un estado único, el libre tránsito de personas o una legislación única. Solo pretenden mantener sus privilegios y enriquecerse. Son alérgicos a cualquier cambio o mejora. Esos sectores minoritarios, obtienen generalmente un gran apoyo popular. Unos apoyos que siempre han alimentado a partir de desilusionados, expulsados del sistema o fracasados con origen en las clases más populares. Les cautivan mediante su supuesto brillo y su atractivo actúa como danza cautivadora, consiguiendo, por medio de métodos democráticos, obtener el dominio en la mayoría de países de esa Europa generada con valores socialdemócratas. Aprovechan además los momentos de crisis e imperfección del modelo para asir el poder y dominar todas las facetas del estado, partiendo de los medios de comunicación de masas. A través de ellos, vencen y convencen. Y claro, a ellos este sistema no les gusta. Su labor principal es desmontarlo y vender ese desmontaje como una mejora del mismo, generando con ello su primacía.
¿Cómo va a defender el estado del bienestar, el tratado de Schengen, o la moneda única partidos que se opusieron desde sus inicios al proyecto Europeo, como son el de Merkel, el de Sarkozy o el de Rajoy? ¿Cómo van a evitar tendencias imperialistas, sirva de ejemplo la situación acontecida con las primaveras árabes (abandonadas a su suerte una vez obtenido el rédito económico buscado con el cambio de gobierno) si son herederos de las posiciones que nos llevaron a la Gran Guerra?; ¿No es irónico que gente que votó contra la Unión Europea o defendía posiciones contrarias sean ahora sus dirigentes?
¿Qué puede hacer el ciudadano para solucionar esto? Lo que siempre puede hacer, emplearse, sacrificarse y ponerle horas de dedicación al bien común. Es completamente erróneo pensar que estamos en una burbuja y no nos afectan las cosas del vecino de abajo. Si a este se le incendia la casa por un electrodoméstico que le hemos vendido defectuoso, como mínimo nos va a llegar el humo.
El ciudadano europeo debe tomar conciencia del ser europeo. Dejar de viajar envuelto en la mentira que han vendido al mundo y luchar efectivamente por ella, realizando las acciones necesarias. ¿Cómo no van a querer venir a la luz de la sociedad europea ciudadanos que provienen de la oscuridad? Sin entrar en el debate de quien es el responsable de cobrarles la luz que les deja en la oscuridad (normalmente los mismos que nos gobiernan). Esto último nos obligaría a un nuevo artículo.
Me siento tan patriota de Latinoamérica, de cualquier país de Latinoamérica, como el que más y, en el momento en que fuera necesario, estaría dispuesto a entregar mi vida por la liberación de cualquiera de los países de Latinoamérica, sin pedirle nada a nadie, sin exigir nada, sin explotar a nadie. En esta frase de Ernesto “Che” Guevara está implícito cual es el sentimiento que el ser europeo debe interiorizar. Demasiado seria exigirnos, cuando el mensaje del propio Che no caló lo suficientemente rápido en Latinoamérica, que consiguiéramos que fuera un pensamiento valido extrapolable a toda la humanidad. Tan solo con que fuera un pensamiento común de la ciudadanía europea, un camino y un fin, sería el principio del fin. Evitaríamos así situaciones que nos trajeran imágenes como las que sin duda, si ustedes responden al ideal del ser europeo, les harán temblar de indignación cada vez que esos comercios llamados “medios de comunicación” se las muestran entre anuncios de marcas comerciales.


Mientras tanto, el ser europeo que las contemple, solo puede sentir vergüenza de ser europeo. Como el ser humano que se precie, con los gobiernos actuales, solo podemos sentir vergüenza de la Europa de mercaderes.

dilluns, 14 de juliol del 2014

Fuera máscaras: ni socialista ni obrero.

Hubo hombres que tuvieron un sueño. Es una frase muy recurrente, pero fue así de simple, así de complejo. Dichos hombres vivieron, lucharon y pelearon por que ese sueño, materializado en unos ideales, pudiera ser primero entendido, después exportado y finalmente disfrutado por todos sus iguales. Además, intentaron que sus vidas sus familias y sus descendientes comprendieran la importancia del sueño. No siempre lo lograron, pero solo eran hombres. No se les podía pedir más.

No fueron esos hombres los primeros que soñaron con ello, ni serían los últimos. Algunos lo soñaron antes, otros después. A algunos se lo contaron, pero era el mismo sueño y, como la tripulación de un barco de remos que necesita dirigir sus esfuerzos en una misma dirección para alcanzar buen puerto, se unieron bajo unas siglas, pero, ¿realmente importaban las siglas? Solo eran letras, como las fotos de los carteles solo eran imágenes, los símbolos imágenes y las jefaturas de los partidos la mínima organización necesaria para conseguir su meta: vencer.

Los primeros hombres murieron, o se retiraron, o simplemente se desilusionaron, pero otros ocuparon sus puestos. Más jóvenes, más preparados, o más simples, pero todos ilusionados en un proyecto. Pero con el reemplazo, llegaron ellos. Algunos dirían que eran arribistas, otros, simplemente buscaban medrar a cualquier costa. Los más simplemente se arrimaban en busca de poder, dinero, influencias…otros simplemente eran el enemigo, traidores que querían destruir el sueño. Algunos llamaron a su líder “cuervo ingenuo”, pero de ingenuo no tenía nada Sí tenía mucho de cuervo, alas negras, intenciones oscuras, palabras negras. Y todos juntos vencieron, pero no supieron que hacer con la victoria.
Los otros, los traidores, si supieron que hacer. Y pervirtieron el sueño, lo prostituyeron, lo maltrataron y redujeron a su más mínima expresión hasta casi aniquilarlo. Se adueñaron de las siglas, de los carteles, de las jefaturas y convirtieron el sueño en la realidad que esperaba destruir. Se llamaban igual, decían hablar de lo mismo, pero eran otra cosa, algo oscuro, algo perverso: eran traidores. Y como tales, dispusieron sus víboras latentes en la organización, esperando el momento para clavar sus colmillos y disfrazados de sueño, envenenar el mundo. Y sus cachorros, poco a poco, fueron ocupando con sus mezquindades la organización.

Anoche culminó su tarea, han vencido una guerra, pero eso no significa que se termine el sueño. Volverá con otros hombres, otros carteles, otras formas. Con palabras que sí tengan un significado las diga alguien viejo o alguien nuevo, y que no se quede solo en eso. Con un programa y con la tarea de no convertirse en aquello contra lo que lucha, algo que el viejo PSOE, sus dirigentes y sus ciegos afiliados han olvidado definitivamente.

Ese sueño por el que muchos lucharon y algunos murieron se llamaba socialismo. Si para algunos sus siglas aun eran PSOE, está claro que ya no. Buscaba renovar su mensaje, pero solo renovó las imágenes, las palabras y no su significado. Unas caras que son simplemente una nueva generación de traidores instalados en el enemigo y que beben de él, y por lo tanto, que no lucharan por el ideal, que no cambiaran nada ni tocaran el sistema que las mantiene, las pervierte, las engatusa y que les ayuda a verter su veneno. Pero si ayer murió la idea de los primero hombres, hoy nace una nueva lucha. En otro lugar, con otras siglas y con otro nombre: el mismo sueño, la misma lucha sin cuartel, el mismo enemigo, una nueva revolución ¿distinto final?

Victoria o muerte. El tiempo lo dirá, pero primero, es tiempo de purgar traidores. El carnaval termina, y es hora de quitarles las máscaras, señalarles con el dedo, y hacerlos caer. Es tiempo de venganza.


dimarts, 20 de maig del 2014

Votar el día 25.

El próximo día 25 se celebran las elecciones europeas, pero ¿realmente somos conscientes de lo que estamos votando?
La verdad es que si hacemos caso a los medios de comunicación, los políticos de los partidos mayoritarios o los comentarios generales, parece que en verdad este plebiscito corresponde con el ámbito nacional o incluso con el local en casos más extremos.

Cuales son los oscuros intereses por los que desconocemos los programas que se discuten y dirimen en estas elecciones es a priori un poco misterioso. Que pocos de los potenciales votantes sepan que por primera vez su voto representativo (para que las asambleas de elección directa son muy bonitas y representativas de los que a ellas acuden, pero poco prácticas cuando hablas de millones de personas) servirá para elegir al presidente de la Comisión Europea es solamente un muestra de lo lamentablemente poco que conocemos a nuestro estado común. Y seguramente lo poco que lo queremos conocer.

La verdad es que en un mundo cada vez más pequeño, donde sólo la unión puede darnos la fuerza contra los grandes intereses o multinacionales que recortan el paraíso que debería ser este mundo para el individuo, el poder potencial de las instituciones europeas es parte de nuestra única ezperanza. Decisiones sobre medio ambiente, legislación laboral, derechos humanos, educación, movilidad de seres humanos ... todas estas decisiones se pueden regular desde principios de izquierda si así lo deseamos gracias a la unión europea. Sólo una unión fuerte, con nuestro apoyo, critica, acción y esfuerzo nos permitirá cambiar cosas. Cualquier otra opción será más de lo mismo: una sociedad conservadora y opuesta a cambiar sus principios, anclada en sus privilegios y reticente a ualquier variación de la relación de fuerzas o simplemente el cambio. Y cambiar es de ididamente necesario, empezando por nosotros mismos.

Porque no debemos dejar que los conocidos euroescépticos (mayoritariamente postulados conservadores y de derechas con cierto tufo tanto nacionalista como xenófobo) que son en gran parte responsables de las actuales políticas impuestas desde Europa, con el beneplácito de nuestra omisión civica o falta de actuación (en este caso falta de voto activo) consigan destruir lo poco construido (programa Erasmus, justicia universal, sanidad, libertad de tránsito ...) en favor de lo que siempre desearon. ¿Como van a defender la construcción europea aquellos que nunca la desearon? Sólo la izquierda real, la que sin duda calificaran de radical tanto sus adversarios conservadores como aquellos que se identifique tan sólo en su nombre (no en sus ideas), la misma que cree en la internacionalización de la lucha y la reivindicación común de todos los iguales (de cualquier lugar de nacimiento si realmente defendemos posiciones de izquierdas) es capaz de, uniendo esfuerzos, llevarnos a una sociedad más justa, igualitaria y solidaria.

Y si preguntáis quién son estas fuerzas de izquierdas a las que deberíamos encaminar el voto, no es el motivo de esta entrada señalar ninguna dirección ni apostar a ninguna fuerza. Sólo recordar que hay que hacerlo. En esto consiste también ser ciudadano: decidir responsable y críticamente.

divendres, 14 d’octubre del 2011

El PSOE merece perder. El PP no debe ganar.

Sin duda merecen perder. Han traicionado a quienes debían defender y aún más lo que debían defender, a su esencia. Por distintas causas, que ahora no vienen al caso, han agachado la cabeza y vendido sus ideales frente a la derecha europea, dominadora en Alemania, Italia, Francia, Reino Unido... se han vendido al liberalismo.
Seria de necios pensar que el Partido Socialista Obrero Español esta compuesto por obreros españoles en pleno siglo XXI. Seria de necios pensar que dentro de un partido tan grande, con tanta historia y tantas voluntades, todos sus miembros fueran de izquierdas. Mucho más difícil seria encontrar socialistas de verdad. Los simpatizantes, afiliados y votantes del PSOE podrían clasificarse en los que dicen ser socialistas pero no saben que son de derechas, los que son socialistas y conocen el socialismo, y los que son de derechas, pero dicen ser socialistas por beneficio y medro personal. Habría otro gran grupo, formado mayoritariamente por gente sin reflexión ni ideología. Lo son por que siempre lo han sido, o sus familias. Seguidores ciegos hay en todas las ideologías.
Para estos socialistas indignados, que creen que el mundo seria mejor si fuera un mundo socialista, no es necesario hacerles esta reflexión, pero a mucha gente si que voto esperando tener un mundo mejor, y que se han encontrado con el golpe de la crisis en la línea de flotación tal vez les haga falta.
Es poco inteligente no votar a un partido que dice ser de izquierdas y aplica políticas neoliberales, y en cambio votar a un partido que lleva por bandera ese mismo neoliberalismo un tanto más radical incluso. Hay que buscar lo contrario, no alimentar a la fiera.
Una vez dicho esto, que puede parecer duro, pero es así, vayamos al problema del PSOE. Hay gente de este partido que sin duda quiere hacer políticas de izquierdas y socialistas, y hay gente que con las siglas y los votos del partido, quiere mantenerse y realizar políticas que le convengan, mayoritariamente de derechas. El problema radica en que, cuando siguiendo el correcto devenir parlamentario hay que pactar las propuestas, solo se puede pactar con fuerzas de centro derecha. Obviamente para estos partidos cualquier propuesta de izquierdas es intolerable, y por consiguiente las fuerzas de derechas internas al PSOE se crecen, son los únicos que sacan adelante sus propuestas.
Por eso, los que creemos en un PSOE socialista, tenemos una doble obligación en las próximas elecciones. Si nos vemos con fuerzas y con la historia de nuestro lado, debemos castigar a la derecha interna del partido, que tanto mal ha causado, y no votarles. Pero no basta con eso, por que seria hacerle un favor a la derecha no ir a votar. Debemos ir a votar. No debemos repetir el clásico error del socialismo enfadado y quedarse en casa. No pediré desde esta tribuna un ejercicio de ciudadanía como el que el gran Saramago describió con su prosa socialista. Debemos votar, y con nuestro voto, darle una ultima oportunidad al PSOE de abandonar definitivamente las posiciones de derechas, el conformismo y la sumisión. No es tiempo de discursos moderados, si no de pasar a la acción.
Es tiempo de cambio. El PSOE solo podrá cambiar si tiene alguna fuerza política que le lleve hacia la izquierda, y con la cual pueda gobernar. Un golpe electoral que refunde el partido, lo que serian 120 diputados, solo funcionará si crece la izquierda alternativa. Las fuerzas de izquierda que siempre han luchado con nosotros por culpa de nuestra derecha, deben beneficiarse del trabajo de la derecha interna y obtener la fuerza suficiente para formar un gobierno con el PSOE. Un autentico gobierno de izquierdas.
Seria poco inteligente si eres socialista votar al PP, seria poco inteligente quedarte en casa. El voto útil, esta vez, es él que menos útil ha parecido siempre.

Socialismo o muerte. Unidos ¡venceremos!


P.D. para los susceptibles, hay muchas clases de muerte.