Ahora que la Unión Europea está más desunida que nunca, con movimientos
nacionalistas y xenófobos crecientes en los países miembros como no se recuerda
desde los años 20 del pasado siglo XX (sí, ocurre en Francia, Inglaterra o
Alemania y es aún peor en los países provenientes del bloque soviético) es el
momento de preguntarnos qué ha fallado. Una respuesta, como no podía ser de
otra forma, es el sistema educativo.
Cierto es que se pretende de forma generalizada, desde las aulas, la
implementación en el alumnado de unos valores nacionales, que creen una imagen
unificadora para todo el territorio y una cohesión propicia para la comunidad.
Esta acción, reprobable hasta cierto punto pero también necesaria en su justa
medida, la cometen tanto nacionalistas españoles (mayoritarios en gobiernos del
Partido Popular en España o las comunidades autónomas por ejemplo) como
nacionalistas catalanes, gallegos, vascos, andaluces, franceses, italianos,
alemanes… Hace falta una cohesión social, pero en lugar de buscarla en la
condición humana, en lo que les hace iguales, se agarran a elementos variables,
donde identificarse sin duda, pero interesados y excluyentes. Simplemente cada
uno de estos movimientos nacionalistas se concentra en un territorio, donde
determinan en base a supuestas razones históricas infalibles aquello que es
íntegro y propio, y señalando lo ajeno como invasor, impuesto o en el la
perspectiva española, separatista. Ninguno valora la riqueza cultural que le
aporta el intercambio de ideas. Ninguno supone que lo ajeno no tiene por qué
ser invasivo, sino solo diferente. Unifican en torno a una idea excluyente en
sí misma, además basada en supuestos más que discutibles.
Esta realidad, que nos envuelve y sacude desde todos los ámbitos, es aún
más precisa en las aulas, donde no existe la libertad de cátedra (salvo en las
universidades) y los temarios y decretos estatales y autonómicos dejan en
verdad poco margen al docente. Un docente que, ya puestos, debería ser
imparcial en la presentación de su materia, y provocar el desarrollo cognitivo
íntegro de sus alumnos, reservando sólo para ocasiones especiales (y muy
espaciadas) su juicio personal. Más que cuestionar, debería centrarse en que no
influyan al alumnado, sino que este sea crítico con los estímulos que recibe de
forma autónoma, y gradualmente.
¿Quién defiende Europa? o ¿qué debería ser Europa? son preguntas que
tampoco vendrían a ser competencia del profesorado. Sin embargo, la defensa del
ideal europeísta sí debería ser parte fundamental del currículo en nuestros centros.
Por qué la Unión Europea, al menos potencialmente, nos puede proporcionar un
entorno muy favorable al desarrollo tanto personal como de nuestra comunidad.
Pero claro, hablamos de una Europa integra, no el conjunto de mercados y el neo
imperialismo en que se ha convertido. ¿Cuál es la causa que una idea lúcida,
posiblemente tan impresionante como lo fue en su momento la integración llevada
a cabo por Alejandro Magno en su imperio (que ni tan siquiera sus más íntimos
comprendieron) se ha reducido al mercadeo y la constante búsqueda de beneficio
económico?
Un conjunto de causas puede resumir esta situación. El rechazo de fuerzas
conservadoras a cualquier cambio que pueda suponer la pérdida de su situación
privilegiada. La victoria en las urnas de dichas fuerzas retrógradas, que no
creen en una Europa de los pueblos, si no solo en las cuentas de ventas. La
falta de conciencia en la ciudadanía, más preocupada en estos momentos en
llegar a final de mes que en lo que ocurre en las altas esferas (las mismas que
han provocado tanto la crisis como los recortes que les asfixian). Y en lo más
alto, la falta de concienciación en las aulas de europeísmo, tanto la que
recibimos nosotros por parte del sistema educativo como la que sigue recibiendo
el alumnado en nuestros días. No existe el espíritu europeo.
¿Sería necesario pues un nacionalismo europeo? Nada más equivocado. Esa es
la parte que, a mi entender, la mayoría de la ciudadanía, de los estamentos y
de los posicionamientos políticos no entienden. El movimiento europeísta, tal y
como yo lo entiendo debe parecerse más a una Internacional Socialista que a un
movimiento nacionalista. Esto, por sí mismo, es bastante complejo. Sí mucha
población sigue sin entender en qué consiste un movimiento internacional, y lo
asimila a criminales, antisistema, revolucionarios y genocidas (mezclándolo
todo como en una paella para turistas si me permiten el símil localista), ¿cómo
vamos a pretender que pueda imitar su concepción igualitaria de los pueblos
para defender una Europa unida?
Lo cierto es que dichos movimientos, que acabarán desintegrando el
movimiento europeísta y condenarnos a repetir situaciones indeseables del
pasado, sólo pueden combatirse desde la educación. Una educación que defienda
una serie de valores que, estaremos de acuerdo, son propicios para la vida en
sociedad y en comunidad. Unos valores que, lejos de ser partidistas o
sectarios, son necesarios, y tan fundamentales como los derechos humanos. Esto
no omite que haya que poner en valor valores regionales, pero no aislarlos de
su entorno, ni de la influencia de otra serie de valores. El ser humano es lo
que es por compartir, por dejarse influenciar e influenciar. Los movimientos
culturales, científicos y sociales más beneficiosos para la humanidad, han
surgido de esa mezcla, de esa mixtura. Podríamos definir como anti humano el
querer aislar determinados condicionantes para evitar que cambien. En el cambio,
la adaptación y la mezcla encontramos sin duda el futuro. Si nada se mueve, si
nada se cambia, al final, no quedará nada.
Es en
las aulas, con el alumnado, con el ciudadano del futuro donde tiene que librar
esta batalla. Nada va a cambiar a la población adulta con facilidad, pero en el
futuro es donde se puede conseguir algo beneficioso para todos. Los
tradicionalistas, los retrógrados, los nacionalistas, los empresarios...todos
lo tienen claro. Es el momento de que el resto también lo tengamos. Si queremos
cambiar algo, hay que cambiar la educación. Ahí es donde se discute el futuro,
no en los mercados, ni en un campo de fútbol, ni en una tienda de Apple, pero a
nadie le importa. Donde tenemos el problema, es donde encontraremos la
solución.
No es falsa la afirmación vieja Europa. Como una anciana decrépita, la anciana sociedad europea vive los achaques de la vejez, y por ello, sufre de desmemoria. No es ese mal una enfermedad fatal, ni tan siquiera dura para vivir el día a día, ya que se puede sobrevivir perfectamente con ella. Pero a la larga y en determinadas circunstancias, puede llevar al colapso del sistema, y a por ejemplo una caída. Y ahí, ante esa caída producida por esa degeneración propia de la ancianidad, el daño es ya considerable: puede ser fatal.
La vieja Europa es una anciana decrépita porque olvida muchas de sus raíces. Olvida su historia, su pasado más duro. Anclada y lastrada por sus raíces cristianas, que existen y aguardan siempre a la defensiva, olvida cualquier otra influencia, ya sea mediterránea, greco-latina, árabe o semítica. Todo en favor de un enaltecimiento caucásico, cuyas peores expresiones raciales todos recordamos. Disculpas por ser inexacto, sólo aquellos ilustrados en las tan denostadas humanidades durante su deambular por el sistema educativo lo conocerán. Los otros, criaturitas, tan solo podrán recurrir a la industria cinematográfica o a Internet, dos cunas de conocimiento independientes, libres de influencias económicas y pueriles, en la mayoría de los casos, para el gran público. Pobre del que deba conocer el pasado oscuro de la Europa de las luces a través del cine, o de Internet. Solo la literatura, y no la comercial precisamente, puede encontrar vías de escape para dicha información.
Europa olvida las playas francesas atestadas de refugiados huyendo del fascismo español. Un fascismo que los gobiernos europeos permitieron como mal menor. Europa olvida los campos de concentración que sirvieron para el exterminio, ante la indiferencia general. Europa olvida la Guerra de Bosnia, y sus masacres indiscriminadas a escasos cientos de kilómetros de la civilizada vieja Europa que celebraba su nueva unión. Europa olvida el abandono de sus colonias a su propia suerte, eso sí, con continuas injerencias no fuera a ser que el progreso les haga sombra. Europa olvida el abuso contra pueblos oprimidos, mientras habla de libertad. Europa olvida el Telón de Acero, los muros que separaban hermanos, pueblos y ciudades. Europa, yendo más lejos, olvida sus guerras de religión, sus conflictos dinásticos, su historia de masacres, exiliados y refugiados...Europa olvida todo eso. Europa olvida su dignidad, sirviendo solo de perrito faldero al capital y al imperialismo.
Hoy, esa Europa decrépita que decía ser progresista, se cierra en sí misma. Como un anciano que se olvida de la alegría de vivir, de la solidaridad y de la diversidad, no sale a la calle. Se apaga la vieja Europa consumida desde dentro, por sus miedos y terrores. Quizás eso, el miedo, es lo que han olvidado los europeos. Amparados en el cruel terror que les provocan los atentados, olvidan lo que es el miedo de verdad. Por qué el terrorismo es un destello, un rayo que ilumina con su barbarie un momento determinado, pero la guerra es el miedo continuo, el día a día, la barbarie total. Y Europa olvida que una vez fue él quien estuvo en esa situación, y hubo países que acogieron, recibieron, ayudaron y sufrieron por ellos, con un alto coste humano. No lo necesitaban, pero era de derecho hacerlo. Si Europa olvida todo ello o solo piensa en el coste económico. Si presume de supremacía frente al que sufre. Si olvida la solidaridad, lo que la hizo grande, y lo que la hizo humana, Europa tiene un problema grave. Y puede necesitar una guerra que se lo recuerde, como el esclavo recordaba al general victorioso en su desfile triunfal que era humano.
Quizás sea cruel decir que la vieja Europa necesitaría vivir en sus carnes una guerra. No se le desea a nadie ese mal, ni a los peores enemigos. Pero si es cierto que si la vieja Europa sigue olvidando su historia, aprobando leyes injustas, levantando muros, pensando solo en cerrarse, expulsando refugiados al invierno y acampando en las playas en condiciones infrahumanas...quizás la vieja Europa acabe muriendo, y entonces, quizás, el juicio de Osiris no nos sea tan favorable para los europeos, visto lo visto. Si olvidamos lo que fuimos, hicimos y sufrimos, estamos condenados a repetirlo. Tiempo al tiempo para este anciano decrépito.
Asistimos cómodamente desde nuestros televisores a un nuevo “reality
show” por cortesía de las empresas dedicadas a la información: el drama de los
refugiados sirios. Hay que reconocer que en otras ocasiones, otras temporadas
como fueron las del genocidio sistemático en África o la criminal intervención en
Iraq, las audiencias no se engancharon como en este caso. Tertulias, campañas,
informaciones y enviados especiales se aprestan para limpiar la conciencia del
ciudadano europeo y no impedir que siga consumiendo. Otros programas similares,
con muchas más temporadas en antena, como el drama del pueblo palestino o del
Sáhara, solo tienen emisiones residuales, y eso siempre que una catástrofe natural
no inunde de miseria la pantalla plana de muchas pulgadas.
Quizás la diferencia estribe en que la experiencia del
programa amenaza directamente con pasar del canal televisivo y el sesudo análisis
de tertulianos que, igual opinan de las causas de la guerra en Siria que de las
pesquisas policiales en el caso de Yeremi Vargas, a nuestras calles. La audiencia
de la Unión Europea reacciona así como prevención, alentada por intereses muy
claros, provocando ante el espectáculo y el escándalo directamente asociado un
grito desde nuestros palcos privados que resulta inútil para los implicados:
las víctimas inocentes. Poco análisis hay, salvo honrosas excepciones, del
problema que radica en la mal llamada solidaridad europea. Nos creemos a salvo,
pero solo somos peones en el juego.
Quizás todo se nazca de un equívoco: jamás ha existido
Europa o lo europeo más allá de la geografía física. No deja de ser “Europa” un
concepto idealizado que responde según las vicisitudes que la rodean a diversas
inquietudes, casi siempre respondiendo a intereses privados de grandes familias
o compañías. Primero fueron dinastías familiares. Más tarde, tendencias políticas
herederas directamente de los privilegios de las dinastías. Finalmente son las élites
económicas las que empuñan “Europa” como su insignia, mientras se enriquecen a
costa de los europeos y les venden la imagen que les interesa, nunca la que podría
ser. Todas esas tendencias prostituyeron un ideal según sus intereses y lo
vendieron al resto del mundo. Y el resto del mundo lo compró. Un ideal atractivo
de libertad (para ser esclavo), igualdad (para ser esclavizado) y donde la
fraternidad fue sustituida por la solidaridad (mucho más económica). Solo cabe
recordar aquí la frase de Mariano Rajoy sobre la solidaridad a cambio de nada.
Para el que ha viajado fuera (entendamoslo geográficamente
más allá de los limites europeos), dejando de lado resquemores nacionalistas de
cada país, ser europeo era una etiqueta de prestigio. A pesar de ser
responsables los pueblos europeos y sus gobernantes de la mayoría de masacres,
barbaridades, infamias y genocidios de la historia, el concepto sigue llevando
asociado cierto aire de glamour: ser europeo da prestigio en el resto del
mundo. Seguramente dicho prestigio entre en dura pugna con el de los
norteamericanos (¡ojo! Solo de países angloparlantes, no latinoamericanos) como
los dos grandes denominativos de población de prestigio en el mundo actual.
Deberíamos discutir quizás ahora de que territorios o
pensamientos podemos identificar con esta Europa de prestigio. Para ello deberíamos
empezar diciendo que el concepto de europeo actual, que a sus elites les gusta
divulgar, cuyo nacimiento se establece en la Grecia clásica en el primer
milenio anterior al nacimiento de Cristo, abarcaba ambas orillas del mundo Mediterráneo
y excluía totalmente los actuales Países Nórdicos, Alemania, Austria, Rusia…
solo en la edad media dichos países fueron desplazando el eje de “lo europeo”
abandonando al Norte de África, seguramente por tendencias militares y
religiosas. Muchos ciudadanos europeos lo desconocen y ven esas regiones en la
actualidad como bárbaras, olvidando que hace solo unos cientos de años, el
esplendor cultural de occidente estaba en Córdoba, Bagdad y Damasco. Es en este
punto cuando se argumenta que Europa es de raíces cristianas, cuando es y fue
en gran medida el propio Cristianismo el que puso en riesgo la primitiva idea
de la humanidad clásica. Todo este análisis del origen del concepto resultaría
demasiado extenso para este artículo, quizás en otra ocasión.
Retomando el hilo anterior, Europa o ser europeo se equipara
actualmente en el mundo a derechos humanos, a seguridad laboral, a libre circulación
de personas, a seguridad, a educación libre y no doctrinal, a sanidad y
salubridad, a un mercado laboral que mira por el bienestar de sus trabajadores
y a un estado del bienestar que mira por el bien de todos… muchos conceptos que
conocemos pero que no estamos seguros de sí disfrutamos. También a instituciones
democráticas y a una ciudadanía con valores, ejemplar y que recupera la idea
clásica de la ciudadanía participativa griega. Y esto señores, es una estafa de
Europa al mundo. Esa Europa casi no existe, porque no se la deja existir.
Este ser europeo (a partir de ahora lo resumiremos en esta expresión)
es una invención de una élite para vender su producto al resto del mundo y a su
propia ciudadanía. Esta ciudadanía, que si tomara conciencia de sí misma podría
llegar a ser ese “ser europeo” tan admirable, es solo en algunos casos muy específicos
real, resultando la mayoría de la población europea solo potencialmente con
estas características. Lo cierto es que la conciencia europea es minoritaria. Deberíamos
preguntarnos el por qué. Os encontraríamos seguramente con la indiferencia
mayoritaria hacia la educación, convirtiéndola solo en un saber hacer, no en un
saber pensar.
La Unión Europea surge, en su primitivo embrión, como una asociación
mercantilista, de negocio y para ayudar a las élites europeas en el mantener
sus privilegios en la Europa tras la segunda Guerra Mundial. No era interesante
para ellos cambiar el modelo que nos había llevado al desastre, solo
domesticarlo, darle una nueva imagen y venderlo con la bendición del nuevo amo
del mundo. A pesar de eso, un grupo ideológico minoritario ve el potencial de
dicha unión de países, abandona el ideal revolucionario y entra en el sistema
para dominarlo desde dentro y poder cambiarlo con un trabajo de décadas. Así,
con el camino lento pero aparentemente seguro van poniendo los cimientos de lo
que terminara siendo en los 70, 80 y 90 del pasado siglo XX la Unión y el
estado del bienestar. Esa es la socialdemocracia europea, que conseguirá mejores
derechos sociales, solidaridad entre estados y dos hitos: el abandono de las
fronteras y la moneda común. El siguiente pasó, el estado europeo que nos haga
a todos ciudadanos iguales en derechos y deberes necesita de un trámite: una constitución
común que abandone los viejos y obsoletos modelos nacionales. Una nueva visión del
mundo para el siglo XXI y en cierta manera una “imitatio alexandri”, pero
basada en la democracia y la colaboración.
Pero frente a esto, los garantes del antiguo orden,
conservadores de profundas raíces religiosas, con características xenófobas en
muchos casos u “ordenados” como afirman sin vergüenza alguna, también están organizados.
Ellos rechazan una moneda única, un estado único, el libre tránsito de personas
o una legislación única. Solo pretenden mantener sus privilegios y enriquecerse.
Son alérgicos a cualquier cambio o mejora. Esos sectores minoritarios, obtienen
generalmente un gran apoyo popular. Unos apoyos que siempre han alimentado a
partir de desilusionados, expulsados del sistema o fracasados con origen en las
clases más populares. Les cautivan mediante su supuesto brillo y su atractivo
actúa como danza cautivadora, consiguiendo, por medio de métodos democráticos,
obtener el dominio en la mayoría de países de esa Europa generada con valores socialdemócratas.
Aprovechan además los momentos de crisis e imperfección del modelo para asir el
poder y dominar todas las facetas del estado, partiendo de los medios de comunicación
de masas. A través de ellos, vencen y convencen. Y claro, a ellos este sistema
no les gusta. Su labor principal es desmontarlo y vender ese desmontaje como
una mejora del mismo, generando con ello su primacía.
¿Cómo va a defender el estado del bienestar, el tratado de Schengen,
o la moneda única partidos que se opusieron desde sus inicios al proyecto
Europeo, como son el de Merkel, el de Sarkozy o el de Rajoy? ¿Cómo van a evitar
tendencias imperialistas, sirva de ejemplo la situación acontecida con las
primaveras árabes (abandonadas a su suerte una vez obtenido el rédito económico
buscado con el cambio de gobierno) si son herederos de las posiciones que nos
llevaron a la Gran Guerra?; ¿No es irónico que gente que votó contra la Unión
Europea o defendía posiciones contrarias sean ahora sus dirigentes?
¿Qué puede hacer el ciudadano para solucionar esto? Lo que siempre
puede hacer, emplearse, sacrificarse y ponerle horas de dedicación al bien común.
Es completamente erróneo pensar que estamos en una burbuja y no nos afectan las
cosas del vecino de abajo. Si a este se le incendia la casa por un electrodoméstico
que le hemos vendido defectuoso, como mínimo nos va a llegar el humo.
El ciudadano europeo debe tomar conciencia del ser europeo. Dejar
de viajar envuelto en la mentira que han vendido al mundo y luchar
efectivamente por ella, realizando las acciones necesarias. ¿Cómo no van a
querer venir a la luz de la sociedad europea ciudadanos que provienen de la
oscuridad? Sin entrar en el debate de quien es el responsable de cobrarles la
luz que les deja en la oscuridad (normalmente los mismos que nos gobiernan). Esto
último nos obligaría a un nuevo artículo.
Me siento tan patriota
de Latinoamérica, de cualquier país de Latinoamérica, como el que más y, en el
momento en que fuera necesario, estaría dispuesto a entregar mi vida por la
liberación de cualquiera de los países de Latinoamérica, sin pedirle nada a nadie,
sin exigir nada, sin explotar a nadie. En esta frase de Ernesto “Che”
Guevara está implícito cual es el sentimiento que el ser europeo debe
interiorizar. Demasiado seria exigirnos, cuando el mensaje del propio Che no
caló lo suficientemente rápido en Latinoamérica, que consiguiéramos que fuera
un pensamiento valido extrapolable a toda la humanidad. Tan solo con que fuera
un pensamiento común de la ciudadanía europea, un camino y un fin, sería el
principio del fin. Evitaríamos así situaciones que nos trajeran imágenes como
las que sin duda, si ustedes responden al ideal del ser europeo, les harán temblar
de indignación cada vez que esos comercios llamados “medios de comunicación” se
las muestran entre anuncios de marcas comerciales.
Mientras tanto, el ser europeo que las contemple, solo puede
sentir vergüenza de ser europeo. Como el ser humano que se precie, con los
gobiernos actuales, solo podemos sentir vergüenza de la Europa de mercaderes.
Tras un breve lapso poniendo en orden ideas,
vida y vil capital, reemprendemos esta tarea ilustrativa de una forma de
pensamiento que esperemos jamás se convierta en moderada, conservadora o convencional.
Partimos pues en esta entrada de la imagen que
conmociona Europa: un niño ahogado en la orilla. Una imagen que si nos
abstraemos de su dureza, crueldad y realizamos un análisis estético, tiene
mucha fuerza poética: un refugiado que buscando una vida mejor, muere en la
orilla. Un giro trágico que enlaza con el sentido más clásico de la tragedia:
el griego. Y aún más si el protagonista es un niño, con la fragilidad y la
dependencia que ello comporta. Cualquier sociedad debería procurar el bienestar
sobretodo de su futuro: los niños.
Europa se moviliza a grandes rasgos, porque
siempre hay dignas excepciones, en ayudar a los refugiados. Se moviliza
aparentemente, y como suele suceder tarde y mal. Ya ocurrió con el drama de la desmembración
de Yugoslavia, y ha vuelto a ocurrir ahora. Una Europa más preocupada del
capital que de las personas tiene como consecuencia que se torne inesperado lo
que no lo es.
Y se moviliza tarde y mal, dando lugar a
brotes de xenofobia, porque no lo olvidemos, el mal del racismo y la xenofobia
solo se elimina con la educación (esa misma que es cara y que sufre recortes
por todo el continente), y la educación hace que nos relajemos, que nos
pensemos que ya se ha superado, pero siempre vuelve, y en las crisis económicas,
encuentra el caldo de cultivo para su crecimiento. Y todos sabemos que oscuras
consecuencias puede traer.
Pero por no irnos por las ramas, Europa se
escandaliza ahora por el flujo de refugiados, pero intenta ponerle puertas al
mar. Lo cierto es que los gobiernos europeos fomentaron en determinadas
sociedades norteafricanas, mucho más occidentalizadas que sus vecinos sauditas,
intentos de revoluciones populares. Diversas fueron las motivaciones: gas, petróleo,
control flujo marítimo, garantizar seguridad del estado de Israel… todo
revestido de una lucha para la libertad bien grabada por reporteros de las
principales cadenas, con una estrategia de marketing perfecta, pero vergonzante. Presuntos reporteros de guerra
con el chaleco antibalas y el casco aun con las etiquetas que informaban desde
las líneas de lo que denominaban “luchadores de la libertad” y que ahora llaman
Ejercito Islámico…paradigmático si no hubiera ocurrido antes. Solo tienen que
ver la película Rambo III y el tratamiento que allí se hace de los talibanes.
Además los gobiernos occidentales, ávidos de
botín sin ensuciarse, lo intentaron no mojándose e interviniendo directamente,
si no observando como si se tratara de dioses del olimpo, dejando hacer a sus
peones. Y los peones fallaron. Y como consecuencia de esos fallos, surgieron
monstruos como el ISIS y enemigos de la libertad como el dictador sirio se
convirtieron en enemigos de mi enemigo. Y ese tal vez no sea mi amigo, pero me
interesa su victoria.
Pero no hay que culpar a los ineptos gobiernos
europeos de esta injerencia en asuntos extranjeros (no podemos olvidar el
colonialismo del siglo XIX y su nueva variante, colonialismo económico del
siglo XX y XXI). El perro europeo, con
los gobiernos británicos, alemán y francés a la cabeza (y la inestimable sumisión
del gobierno español entre otros) solo mueve la cola si el dueño yanqui lo
ordena. Es este nuevo Imperialismo de segunda fila, en la sombra, el causante
del crecimiento de la xenofobia y la radicalización islámica. Pero ni el
gobierno americano ni sus súbditos están dispuestos a priori a repetir fiascos
como el de Irak o Afganistán.
Antes de la intervención absurda en Irak, es
cierto que carecían de libertad los iraquíes, pero corrían el riesgo de morir
en cada esquina, ni de ser decapitado. Muchas mujeres iraquíes no lucían velo
alguno, y existía cierta organización. Si diéramos a elegir al pueblo iraquí entre
la libertad caótica y asesina actual y el rígido orden inhumano y criminal de antes, elegirían sin duda el menos malo. Misma
situación ocurre en Siria.
Ya basta de doble moral, de aparecer en medios
públicos como salvadores hospitalarios y endurecer las leyes de inmigración. De
atreverse a decir que “se ha de ser solidario, pero no solidario a cambio de
nada”. De jugar a ser dios y no aceptar la responsabilidad de solucionar los
entuertos. De tener amigos o enemigos dependiendo del interés económico y no del principio humano. Es el momento de olvidarse de tonterías e intervenir en Siria, para
solucionar lo que ayudamos a crear, y poder evitar el problema de la migración
de raíz: ayudar a crear una Siria libre para los sirios.
Vienen a Europa porque creen en la Europa que
pregonamos diferente del amo imperialista americano, pero esa Europa, ni existe
para los europeos, ni quieren que exista.
El próximo día 25 se celebran las elecciones europeas, pero ¿realmente somos conscientes de lo que estamos votando?
La verdad es que si hacemos caso a los medios de comunicación, los políticos de los partidos mayoritarios o los comentarios generales, parece que en verdad este plebiscito corresponde con el ámbito nacional o incluso con el local en casos más extremos.
Cuales son los oscuros intereses por los que desconocemos los programas que se discuten y dirimen en estas elecciones es a priori un poco misterioso. Que pocos de los potenciales votantes sepan que por primera vez su voto representativo (para que las asambleas de elección directa son muy bonitas y representativas de los que a ellas acuden, pero poco prácticas cuando hablas de millones de personas) servirá para elegir al presidente de la Comisión Europea es solamente un muestra de lo lamentablemente poco que conocemos a nuestro estado común. Y seguramente lo poco que lo queremos conocer.
La verdad es que en un mundo cada vez más pequeño, donde sólo la unión puede darnos la fuerza contra los grandes intereses o multinacionales que recortan el paraíso que debería ser este mundo para el individuo, el poder potencial de las instituciones europeas es parte de nuestra única ezperanza. Decisiones sobre medio ambiente, legislación laboral, derechos humanos, educación, movilidad de seres humanos ... todas estas decisiones se pueden regular desde principios de izquierda si así lo deseamos gracias a la unión europea. Sólo una unión fuerte, con nuestro apoyo, critica, acción y esfuerzo nos permitirá cambiar cosas. Cualquier otra opción será más de lo mismo: una sociedad conservadora y opuesta a cambiar sus principios, anclada en sus privilegios y reticente a ualquier variación de la relación de fuerzas o simplemente el cambio. Y cambiar es de ididamente necesario, empezando por nosotros mismos.
Porque no debemos dejar que los conocidos euroescépticos (mayoritariamente postulados conservadores y de derechas con cierto tufo tanto nacionalista como xenófobo) que son en gran parte responsables de las actuales políticas impuestas desde Europa, con el beneplácito de nuestra omisión civica o falta de actuación (en este caso falta de voto activo) consigan destruir lo poco construido (programa Erasmus, justicia universal, sanidad, libertad de tránsito ...) en favor de lo que siempre desearon. ¿Como van a defender la construcción europea aquellos que nunca la desearon? Sólo la izquierda real, la que sin duda calificaran de radical tanto sus adversarios conservadores como aquellos que se identifique tan sólo en su nombre (no en sus ideas), la misma que cree en la internacionalización de la lucha y la reivindicación común de todos los iguales (de cualquier lugar de nacimiento si realmente defendemos posiciones de izquierdas) es capaz de, uniendo esfuerzos, llevarnos a una sociedad más justa, igualitaria y solidaria.
Y si preguntáis quién son estas fuerzas de izquierdas a las que deberíamos encaminar el voto, no es el motivo de esta entrada señalar ninguna dirección ni apostar a ninguna fuerza. Sólo recordar que hay que hacerlo. En esto consiste también ser ciudadano: decidir responsable y críticamente.