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diumenge, 29 de maig del 2016

Lo absurdo de un nacionalismo europeo.

Ahora que la Unión Europea está más desunida que nunca, con movimientos nacionalistas y xenófobos crecientes en los países miembros como no se recuerda desde los años 20 del pasado siglo XX (sí, ocurre en Francia, Inglaterra o Alemania y es aún peor en los países provenientes del bloque soviético) es el momento de preguntarnos qué ha fallado. Una respuesta, como no podía ser de otra forma, es el sistema educativo.

Cierto es que se pretende de forma generalizada, desde las aulas, la implementación en el alumnado de unos valores nacionales, que creen una imagen unificadora para todo el territorio y una cohesión propicia para la comunidad. Esta acción, reprobable hasta cierto punto pero también necesaria en su justa medida, la cometen tanto nacionalistas españoles (mayoritarios en gobiernos del Partido Popular en España o las comunidades autónomas por ejemplo) como nacionalistas catalanes, gallegos, vascos, andaluces, franceses, italianos, alemanes… Hace falta una cohesión social, pero en lugar de buscarla en la condición humana, en lo que les hace iguales, se agarran a elementos variables, donde identificarse sin duda, pero interesados y excluyentes. Simplemente cada uno de estos movimientos nacionalistas se concentra en un territorio, donde determinan en base a supuestas razones históricas infalibles aquello que es íntegro y propio, y señalando lo ajeno como invasor, impuesto o en el la perspectiva española, separatista. Ninguno valora la riqueza cultural que le aporta el intercambio de ideas. Ninguno supone que lo ajeno no tiene por qué ser invasivo, sino solo diferente. Unifican en torno a una idea excluyente en sí misma, además basada en supuestos más que discutibles.

Esta realidad, que nos envuelve y sacude desde todos los ámbitos, es aún más precisa en las aulas, donde no existe la libertad de cátedra (salvo en las universidades) y los temarios y decretos estatales y autonómicos dejan en verdad poco margen al docente. Un docente que, ya puestos, debería ser imparcial en la presentación de su materia, y provocar el desarrollo cognitivo íntegro de sus alumnos, reservando sólo para ocasiones especiales (y muy espaciadas) su juicio personal. Más que cuestionar, debería centrarse en que no influyan al alumnado, sino que este sea crítico con los estímulos que recibe de forma autónoma, y gradualmente.

¿Quién defiende Europa? o ¿qué debería ser Europa? son preguntas que tampoco vendrían a ser competencia del profesorado. Sin embargo, la defensa del ideal europeísta sí debería ser parte fundamental del currículo en nuestros centros. Por qué la Unión Europea, al menos potencialmente, nos puede proporcionar un entorno muy favorable al desarrollo tanto personal como de nuestra comunidad. Pero claro, hablamos de una Europa integra, no el conjunto de mercados y el neo imperialismo en que se ha convertido. ¿Cuál es la causa que una idea lúcida, posiblemente tan impresionante como lo fue en su momento la integración llevada a cabo por Alejandro Magno en su imperio (que ni tan siquiera sus más íntimos comprendieron) se ha reducido al mercadeo y la constante búsqueda de beneficio económico?

Un conjunto de causas puede resumir esta situación. El rechazo de fuerzas conservadoras a cualquier cambio que pueda suponer la pérdida de su situación privilegiada. La victoria en las urnas de dichas fuerzas retrógradas, que no creen en una Europa de los pueblos, si no solo en las cuentas de ventas. La falta de conciencia en la ciudadanía, más preocupada en estos momentos en llegar a final de mes que en lo que ocurre en las altas esferas (las mismas que han provocado tanto la crisis como los recortes que les asfixian). Y en lo más alto, la falta de concienciación en las aulas de europeísmo, tanto la que recibimos nosotros por parte del sistema educativo como la que sigue recibiendo el alumnado en nuestros días. No existe el espíritu europeo.

¿Sería necesario pues un nacionalismo europeo? Nada más equivocado. Esa es la parte que, a mi entender, la mayoría de la ciudadanía, de los estamentos y de los posicionamientos políticos no entienden. El movimiento europeísta, tal y como yo lo entiendo debe parecerse más a una Internacional Socialista que a un movimiento nacionalista. Esto, por sí mismo, es bastante complejo. Sí mucha población sigue sin entender en qué consiste un movimiento internacional, y lo asimila a criminales, antisistema, revolucionarios y genocidas (mezclándolo todo como en una paella para turistas si me permiten el símil localista), ¿cómo vamos a pretender que pueda imitar su concepción igualitaria de los pueblos para defender una Europa unida?
Lo cierto es que dichos movimientos, que acabarán desintegrando el movimiento europeísta y condenarnos a repetir situaciones indeseables del pasado, sólo pueden combatirse desde la educación. Una educación que defienda una serie de valores que, estaremos de acuerdo, son propicios para la vida en sociedad y en comunidad. Unos valores que, lejos de ser partidistas o sectarios, son necesarios, y tan fundamentales como los derechos humanos. Esto no omite que haya que poner en valor valores regionales, pero no aislarlos de su entorno, ni de la influencia de otra serie de valores. El ser humano es lo que es por compartir, por dejarse influenciar e influenciar. Los movimientos culturales, científicos y sociales más beneficiosos para la humanidad, han surgido de esa mezcla, de esa mixtura. Podríamos definir como anti humano el querer aislar determinados condicionantes para evitar que cambien. En el cambio, la adaptación y la mezcla encontramos sin duda el futuro. Si nada se mueve, si nada se cambia, al final, no quedará nada.


            Es en las aulas, con el alumnado, con el ciudadano del futuro donde tiene que librar esta batalla. Nada va a cambiar a la población adulta con facilidad, pero en el futuro es donde se puede conseguir algo beneficioso para todos. Los tradicionalistas, los retrógrados, los nacionalistas, los empresarios...todos lo tienen claro. Es el momento de que el resto también lo tengamos. Si queremos cambiar algo, hay que cambiar la educación. Ahí es donde se discute el futuro, no en los mercados, ni en un campo de fútbol, ni en una tienda de Apple, pero a nadie le importa. Donde tenemos el problema, es donde encontraremos la solución.

divendres, 29 de gener del 2016

Vieja Europa.

No es falsa la afirmación vieja Europa. Como una anciana decrépita, la anciana sociedad europea vive los achaques de la vejez, y por ello, sufre de desmemoria. No es ese mal una enfermedad fatal, ni tan siquiera dura para vivir el día a día, ya que se puede sobrevivir perfectamente con ella. Pero a la larga y en determinadas circunstancias, puede llevar al colapso del sistema, y a por ejemplo una caída. Y ahí, ante esa caída producida por esa degeneración propia de la ancianidad, el daño es ya considerable: puede ser fatal.
La vieja Europa es una anciana decrépita porque olvida muchas de sus raíces. Olvida su historia, su pasado más duro. Anclada y lastrada por sus raíces cristianas, que existen y aguardan siempre a la defensiva, olvida cualquier otra influencia, ya sea mediterránea, greco-latina, árabe o semítica. Todo en favor de un enaltecimiento caucásico, cuyas peores expresiones raciales todos recordamos. Disculpas por ser inexacto, sólo aquellos ilustrados en las tan denostadas humanidades durante su deambular por el sistema educativo lo conocerán. Los otros, criaturitas, tan solo podrán recurrir a la industria cinematográfica o a Internet, dos cunas de conocimiento independientes, libres de  influencias económicas y pueriles, en la mayoría de los casos, para el gran público. Pobre del que deba conocer el pasado oscuro de la Europa de las luces a través del cine, o de Internet. Solo la literatura, y no la comercial precisamente, puede encontrar vías de escape para dicha información.
Europa olvida las playas francesas atestadas de refugiados huyendo del fascismo español. Un fascismo que los gobiernos europeos permitieron como mal menor. Europa olvida los campos de concentración que sirvieron para el exterminio, ante la indiferencia general. Europa olvida la Guerra de Bosnia, y sus masacres indiscriminadas a escasos cientos de kilómetros de la civilizada vieja Europa que celebraba su nueva unión. Europa olvida el abandono de sus colonias a su propia suerte, eso sí, con continuas injerencias no fuera a ser que el progreso les haga sombra. Europa olvida el abuso contra pueblos oprimidos, mientras habla de libertad. Europa olvida el Telón de Acero, los muros que separaban hermanos, pueblos y ciudades. Europa, yendo más lejos, olvida sus guerras de religión, sus conflictos dinásticos, su historia de masacres, exiliados y refugiados...Europa olvida todo eso. Europa olvida su dignidad, sirviendo solo de perrito faldero al capital y al imperialismo.
Hoy, esa Europa decrépita que decía ser progresista, se cierra en sí misma. Como un anciano que se olvida de la alegría de vivir, de la solidaridad y de la diversidad, no sale a la calle. Se apaga la vieja Europa consumida desde dentro, por sus miedos y terrores. Quizás eso, el miedo, es lo que han olvidado los europeos. Amparados en el cruel terror que les provocan los atentados, olvidan lo que es el miedo de verdad. Por qué el terrorismo es un destello, un rayo que ilumina con su barbarie un momento determinado, pero la guerra es el miedo continuo, el día a día, la barbarie total. Y Europa olvida que una vez fue él quien estuvo en esa situación, y hubo países que acogieron, recibieron, ayudaron y sufrieron por ellos, con un alto coste humano. No lo necesitaban, pero era de derecho hacerlo. Si Europa olvida todo ello o solo piensa en el coste económico. Si presume de supremacía frente al que sufre. Si olvida la solidaridad, lo que la hizo grande, y lo que la hizo humana, Europa tiene un problema grave. Y puede necesitar una guerra que se lo recuerde, como el esclavo recordaba al general victorioso en su desfile triunfal que era humano.
Quizás sea cruel decir que la vieja Europa necesitaría vivir en sus carnes una guerra. No se le desea a nadie ese mal, ni a los peores enemigos. Pero si es cierto que si la vieja Europa sigue olvidando su historia, aprobando leyes injustas, levantando muros, pensando solo en cerrarse, expulsando refugiados al invierno y acampando en las playas en condiciones infrahumanas...quizás la vieja Europa acabe muriendo, y entonces, quizás, el juicio de Osiris no nos sea tan favorable para los europeos, visto lo visto. Si olvidamos lo que fuimos, hicimos y sufrimos, estamos condenados a repetirlo. Tiempo al tiempo para este anciano decrépito.

dijous, 8 d’octubre del 2015

El fracaso del socialismo agrario.



Es una noticia lamentable el cierre, quiebra o liquidación de una Cooperativa Agraria (también de cualquier otro tipo). El fracaso de un modelo alternativo al dominante no solo da alas al capitalismo más salvaje, que se abalanza sobre la producción mostrando colmillo y garras, si no que abandona a su suerte a los cooperativistas, un colectivo principalmente formado por trabajadores y productores. No obstante, las causas de dicho fracaso, además de las zancadillas recibidas por la competencia, ejemplifica otro grave problema: el fracaso del modelo socialista en entornos agrarios occidentales.
A continuación enunciamos los principios fundamentales formulados y actualizados por la Alianza Cooperativa Internacional para una cooperativa: libre adhesión, control democrático, gestión de los administradores, educación cooperativa, reparto de excedentes, integración cooperativa, preocupación por la comunidad…como observamos, aun sin desarrollarlos en su totalidad, pocos se corresponden con la situación actual de las cooperativas.

No por comentado y esperado deja de sorprender el caso de la Cooperativa Betxí-Export, como un ejemplo cercano a nuestra audiencia potencial, ubicada en Betxí, Castellón. No es el único, puesto que situaciones muy similares se dan a lo largo de todo el levante citrícola. Una cooperativa grande, construida desde la nada por trabajadores, poderosa, que inicialmente tuvo una gestión innovadora, lo que le permitió crecer, pero que murió de éxito: no pudo superar la crisis. Ese sería un análisis un tanto simplista e interesado, que solo respondería al interés de los culpables de su situación actual: quiebra y posible liquidación de su patrimonio. Pero no vayamos tan pronto con los culpables, aún no. Lo cierto es que tras sus éxitos económicos de los años ochenta y noventa del pasado siglo XX, se había sembrado, regado, injertado, abonado y finalmente recolectado el principio de su fin. Vayamos por partes y describamos cada una de estas características.

La semilla de la destrucción es la falta de mentalización por parte del cooperativista de en qué consiste una cooperativa, como deben funcionar y cuáles son sus beneficios, sus obligaciones y sus límites. Acostumbrados históricamente al funcionamiento supeditados a patronos, comercializadoras y “corredores”, el socio cooperativista en pocos momentos toma conciencia de su responsabilidad como “parte vital de su cooperativa”. Por el contrario, acostumbrado a la simplicidad (no por su condición de simple si no por la de accesible) del trabajo en el campo, intenta continuar con la comodidad del sistema anterior y abandonar sus responsabilidades inmanentes. Delega en supuestos profesionales (los gerentes) que son dependientes de una junta elegida de entre los cooperativistas más hábiles. Un sistema democrático en el que el cooperativista delega la toma de responsabilidad en un profesional fiscalizado y controlado por un grupo de cooperativistas, que vigila sus movimientos. Quizás un sistema perfecto, si perfectas fueran las personas, que no lo son. Son humanos. Lo cierto es que el sistema nace viciado por distintas causas: falta de formación del cooperativista (sobre todo en casos de personas muy mayores); desinterés de las nuevas generaciones (buscan trabajos más cómodos y seguros); falta de incentivos; confianza en la profesionalización de la gestión…a la larga, aparados por buenos resultados económicos, será el empleado (el gerente) el que capitalice las decisiones, ante el aplauso general de los socios cooperativistas, solo preocupados de sus campos y el precio del producto, y no de la gestión comunal del bien común: la cooperativa.

La semilla anteriormente descrita, es regada por un elemento que supone a la larga el fracaso del sistema cooperativista. El socio cooperativista no desarrolla una personalidad socialista de la economía, si no que se convierte en un pequeño propietario burgués, un ejemplo en miniatura de la figura social que anteriormente explotaba su fuerza de trabajo en beneficio propio: el latifundista. Este nuevo ser, que podríamos denominar capitalista cooperativo, mira con recelo el crecimiento de su colega cooperativista y más aún cualquier beneficio extra que pueda obtener de su misma organización cooperativa. Ante esta disyuntiva (que puede simplificarse en envidia) la cooperativa responde, auspiciada por la gestión del gerente, eliminando la mayoría de beneficios sociales que debieran desprenderse de su propia existencia para su sociedad.

La cooperativa solo genera trabajo poco especificado, sin necesidad de grandes inversiones. Debería preparar mejor su capital social. En lugar de promocionar entre sus socios ciertos beneficios sociales como puedan ser ayudas a la formación, becas de estudios o ayudas a la compra de los libros escolares de sus socios (son solo un ejemplo del poder real de la organización) obvia todas estas medidas e intervenciones en favor del mero resultado económico. Una de las consecuencias, quizás la más importante de esta situación es que la cooperativa solo genera trabajadores primarios: recolectores, manipuladores, envasadores…y no trabajadores cualificados de los tipos administrativos, comerciales, controladores de calidad. Como resultado, debe recurrir al mercado laboral común para cubrir los puestos más específicos, como son los necesarios para la comercialización de sus productos, entrando en competencia directa con los propietarios latifundistas, las comercializadoras y las agencias de compra venta. No obstante, esta competencia no es en igualdad de condiciones. A la larga, para poder competir en igualdad con estas empresas meramente capitalistas, la gerencia debe asumir cada vez más competencias, junto con un conjunto de trabajadores esenciales externalizados, con solo un interés: su cuenta de resultados. Es la prostitución del modelo socialista por el capital.

Los profesionales del mercado laboral común son el injerto, los que poco a poco convierten a la cooperativa en la viva imagen de lo que vino a sustituir. Con los años, el sistema se vicia todavía más, el cooperativista delega cada vez más la decisión en la gerencia, bien directa o indirectamente. Esta gerencia, siempre ansiosa de poder dada su nueva necesidad de competir de igual a igual con el resto de profesionales privados del sector, promueve además juntas dóciles, que pongan pocos reparos en sus medidas y apuestas, y por supuesto en sus salarios. El empleado toma control de todas las decisiones, ante la desidia general y el aplauso de la junta electa, promovida por el mismo. En la práctica, la cooperativa agraria se convierte en un feudo particular, en una nueva versión del sistema que vino a sustituir: el de patronos y agricultores. En lugar de generar una alternativa al sistema, se infecta del mal capitalista y pierde lentamente su esencia, sin levantar sospechas, ante la indiferencia de socios y de la sociedad.

Todo lo anteriormente descrito es ricamente abonado por una sucesión de eventos que, partiendo que no dependen directamente de la misma inacción del cooperativista, si incrementan su hastío. El entorno laboral, poco atractivo para los jóvenes, que prefieren con todo su derecho abandonar los usos agrarios por otras ocupaciones (incluso los de baja cualificación). El gerente, sin supervisión que acote sus atribuciones, se convierte en un propietario más, con sus mismos vicios y abusos y un gobierno despótico donde solo tendría que aplicar las decisiones de la junta. Una junta que, a medida que se crece el abandono se ve envejecido y donde no se ingresa savia nueva. Un mercado que, dado que las cooperativas no copan los puestos de influencia comerciales y por lo tanto dejan de dominar el canal de distribución, el que genera beneficios realmente, promueve la aparición de intermediarios y comisionistas, que generan un déficit para con los productores. La desconexión social, que produce que el pequeño propietario, desprovisto de su espíritu de clase, solo busque el beneficio propio cuando no la ruina del vecino para apoderarse de sus beneficios.

Es quizás esta falta de solidaridad colectiva la muestra más importante del fracaso del modelo socialista agrario en nuestra sociedad. Tan solo hay que ver el escaso arraigo de los sindicatos en las cooperativas. No solo hablamos de los sindicatos mayoritarios, bastante inoperativos hoy en día y que muestra sus propios síntomas de encallamiento y agotamiento, sino que incluso escasean los propios sindicatos propios. Las convocatorias de huelga, protestas, comités, reivindicaciones de derechos o salariales son escasas cuando no prácticamente inexistentes. Bien es cierto que también tiene mucha parte de culpa la mentalidad del cooperativista. Como ya hemos denunciado anteriormente, la mentalidad cooperativista no se ha desarrollado. No forma parte de ningún colectivo de iguales, si no que ha asumido en su totalidad, aunque a escala, los males del latifundista que debía sustituir para una mejora general colectiva: solo tiene ojos para sí mismo. El pequeño propietario no es solidario, no busca el bien común ni se preocupa de unos derechos laborales justos y retribuidos socialmente. La mentalidad de patrón se impone en abaratar costes para mejorar réditos económicos, falseando la realidad y provocando una causa más de la fallida del sistema. La frase “no hay peor patrón que el rojo” tiene aquí lamentablemente su máxima expresión.

Existe además un problema generado por la que podríamos definir como externalización del sistema de gestión y comercialización de la cooperativa. La innovación a largo plazo, que resulta poco rentable cuando el margen de resultados es corto, es poco atractiva para una gerencia y sistema comercial que necesita de resultados económicos a corto plazo. Además las industrias que realizarían dicha investigación son en la mayoría de casos externas, y vuelven a tener en sus necesidades la rentabilidad a corto plazo. Las pocas innovaciones están en manos de latifundistas capitalistas que pueden financiarlas, o en caso de ser accesibles, lo son cuando pierden su valor añadido (que podíamos simplificar en novedad, escasez y calidad). Estas actuaciones suelen ser vistas como perdidas de capital, de tiempo y en el peor de los casos como inútiles, cuando deberían resultar de vital importancia para competir con mercados emergentes, cuya mano de obra y costes de manipulación son muy inferiores, merced a una legislación social muchas veces inexistente.
Además existe la falsa idea que mayor número de producto es mejor, cuando la verdad es que tan solo un producto exclusivo, de inmejorable calidad y con un fuerte valor añadido puede generar un futuro para la agricultura. Buscar competir en condiciones de abaratamiento de costes y grandes cantidades de producto barato es la solución fácil a corto plazo, pero de escaso rendimiento una vez pasado el primer impacto: la progresiva reducción de costes y salarios solo va a generar peores condiciones para trabajadores y en último lugar para el socio cooperativista. La abundancia de producto de baja calidad solo va a realzar los productos que sí apuesten por el valor añadido.
Y naturalmente llega el momento de cosechar las consecuencias de todo lo anterior. Potenciado por la crisis general del capitalismo, de características cíclicas y que pone en jaque todo el sistema del bienestar, las cooperativas, debilitadas en su estructura interna, son presa fácil. Esta crisis genera además la vuelta de mano de obra, tanto cualificada como no cualificada, al sector agrario, que se ve como un remanso de posibilidades frente al fallo general del sistema productivo. Como respuesta, el proteccionismo se abalanza sobre unas sociedades cuyos socios hace mucho tiempo perdieron voluntariamente el control sobre las decisiones, y todo se magnifica: peores condiciones laborales, peores precios, peores remuneraciones, peores posibilidades comerciales… los intermediarios no pierden sus márgenes de beneficios, sino que incluso los incrementan, al controlar los canales de distribución. Toda la pérdida de valor de la mercancía repercute en el productor, que como consecuencia de la falta de implicación en el modelo socialista agrario, es el pequeño propietario. Las pérdidas se suceden campaña con campaña. Pero, como consecuencia de la mala gestión acumulada, los cooperativistas no deciden cambiar de gerente, como sería lógico, si no que abandonan la escasa protección que les ofrece la cooperativa debilitada, cayendo en brazos nuevamente del latifundista y el comisionista, volviendo al modelo que abandonaron al principio.

Quizás el análisis anterior pueda parecer un poco superficial, pero en conclusión, podemos afirmar que la responsabilidad del fracaso del socialismo agrario o del modelo cooperativista pertenece a grandes rasgos a tres sectores muy específicos. En primer lugar, y con un nivel de responsabilidad moderado, encontramos al capitalismo representado por el latifundista y el comisionista. Sin duda forma parte de su razón de ser eliminar otros modelos productivos, ya que entran en competencia directa con su ámbito de crecimiento y ponen en duda su misma razón de ser. La coexistencia pacífica entre ambos modelos es imposible, pues son en su mayor parte antagónicos. Además, el sistema capitalista se encarga de minar desde dentro, alentando los modelos de conducta capitalistas entre socios cooperativistas, el compromiso necesario para desarrollarse y competir.
Un nivel de responsabilidad más alto encontramos en los profesionales que externalizan muchas de las funciones que la cooperativa no genera a partir de su propio capital humano. Quizás los profesionales contratados no tengan el nivel de responsabilidad suficiente para culpabilizarles, puesto que simplemente son injertos del sistema capitalista en un ambiente cooperativista. Solo reaccionan a los estímulos del mercado (oferta-demanda-beneficio económico) según su condición y por lo tanto, deberían tender a eliminarse del sistema cooperativista (solidaridad-reparto de trabajo-sustento y calidad de vida) en la medida de lo posible. Es culpable sin embargo el gerente o los responsables de la gerencia. La tradicional falta de cualificación del trabajador agrario y pequeño campesino obligaba en el inicio del modelo cooperativista a la promoción, cuando no a la contratación, de dichas figuras. Entre sus objetivos no solo debía estar el conseguir beneficio económico, si no beneficio social y asentar el movimiento cooperativista. Sin embargo, por motivos que no entraremos a discutir en este artículo, como pusieran ser la necesidad personal o la falta de compromiso con el ideal cooperativista, el gerente o gestor de la cooperativa empieza a acumular poder dentro de la organización, llegando a formar ellos mismos las juntas que deben fiscalizar su tarea ante la permisividad y pasividad general del socio.

Si bien podamos culpabilizar a los dos elementos anteriores de dicho fracaso, no sería el análisis cierto según nuestra opinión sin nombrar al elemento necesario por encima de todo para la fallida general del sistema cooperativista: el socio. Un socio que no desarrolla la mentalidad necesaria y se queda anclado en patrones de conducta propios del sistema capitalista. Un socio que ve la gestión como un dolor de cabeza que le distrae de lo importante: trabajar sus campos. Un socio que pierde de vista el elemento solidario implícito en toda organización cooperativa, sustituyéndolo por el punto de vista del minifundista. No abandona la visión capitalista de la producción, si no que adopta principios socialistas para perseverar en la economía capitalista: no quiere sustituir la sociedad de clases, quiere medrar en ella. No debemos achacar sin embargo seguramente a la inquina para justificar este comportamiento. Nos encontramos en muchos casos con gente sencilla, con una educación defectuosa propia del régimen dictatorial nacional-católico imperante desde la Guerra Civil y nunca superado, si no olvidado con la transición. Una gente cuya máxima aspiración seguramente sea ver vivir a sus hijos en mejores condiciones que las que ellos tuvieron, y para los que la reflexión sesuda sobre el bien común en el día a día puede ser algo agotador tras una larga jornada de trabajo. Sin embargo es esa falta de cultura cooperativista o de desarrollo de una mentalidad socialista la que proporciona a los elementos anteriores el caldo de cultivo para destruir el sistema desde dentro y volver al tiempo anterior. Recordemos que es un sistema en el que tampoco han terminado de creer ni latifundistas, ni trabajadores ni siquiera los socios cooperativistas.

Quizás cuando el sistema latifundista capitalista vuelva a fallar, dentro de algunos años, con el resurgir del modelo cooperativista podamos llegar un poco más lejos en el mismo. Quizás la nueva ola de cooperativas que surja, cuyos miembros y socios pertenezcan a una generación más preparada a priori, al menos en algunos de sus individuos, el modelo pueda arraigar. Cooperativas que formen a sus trabajadores, que formen a sus comerciales, a sus sectores de calidad y a sus gerentes. Cooperativas que promuevan la investigación desde raíz, mediante becas y ayudas a la formación. Cooperativas que exijan a sus miembros una formación, y que al mismo tiempo faciliten la misma a quien no la tengan. Cooperativas solidarias, que ayuden al miembro que tenga necesidad y que al mismo tiempo, haga la vida mejor a sus sociedad. En definitiva, cooperativas que funcionen y no sean cotos privados de unos pocos con el esfuerzo de todos.

diumenge, 19 de desembre del 2010

La crisis I.

En la primera mitad de los años 90, España sufrió la resaca del enorme gasto, tanto económico como social, que había significado superar su atraso. Este atraso, provocado por una dictadura que primero no supo, y después no quiso modernizar el país, puesto que esto habría significado perder sus cotas de poder, acumuladas a base de sangre, traición y fuego.
Esto cambio con el gobierno de Felipe González a partir de 1982, cuando se modernizo el país. Se generaron nuevos modelos de trabajo jamás antes conocidos por una sociedad anclada en la religión y el provincialismo, alejada en ocasiones del brillo y reconocimiento que si tienen sus miembros a nivel individual, sobretodo en el extranjero, casos históricos fueron Picasso, Dalí... Con la entrada en la OTAN y la CEE, antecesora de la UE, además el país recogió los frutos de la solidaridad europea en subvenciones a fondo perdido, los conocidos Fondos de Cohesión. Gracias a estas ayudas de los estados ricos de la UE a los países nuevos en su seno, modernizamos el país, las comunicaciones, la industria, la agricultura, la educación… para igualarnos así a nuestros vecinos y generar una base sólida que nos hiciera autónomos económicamente y sustentar así el Estado del Bienestar.
El momento de mayor esplendor de esta modernización, asombro de todo occidente se vivió en el año 1992, con los juegos olímpicos de Barcelona, la exposición universal de Sevilla, la capitalidad cultural europea de Madrid, el AVE…España se mostró al mundo como un país moderno, vivo, con ilusión y enorme potencial.
Con el año 93 y los siguientes, llegaron las vacas flacas. El gobierno socialista se vio sometido a la constante crítica por sus casos de corrupción, terrorismo de estado o las fugas. Unos casos sonados y conocidos por todos (GAL, Caso Guerra, Roldan…) en gran parte por la guerra mediática que supuso, algo nunca vivido en un país demasiado acostumbrado a la falta de libertad.. Es la corrupción algo que podría asociarse al español por historia, por valores, y por ingenuidad. Esto no quita que se debieran sufrir las consecuencias de o bien generar este mal, o bien de tolerarlo por omisión o incapacidad.
El gobierno socialista, muy atacado mantuvo la mayoría parlamentaria, pero perdió la absoluta. Por primera vez desde los tiempos de la Segunda Republica, el gobierno nacional recayó también en fuerzas nacionalistas, pertenecientes a la democracia cristiana europea (la derecha menos radical), el PNV y CiU. Con este, a priori gobierno antinatural entre un partido mayoritario de izquierdas, el PSOE, y las dos fuerzas nacionalistas de derechas, se generaron una serie de medidas importantes. Un bloque de decisiones que, uniendo los dos puntos de vista gestaron las bases para una recuperación económica, que como toda buena recuperación, requería su tiempo. Se identificaron algunos de los problemas que la sociedad española tenia dentro de si, como eran la baja capacitación de su clase trabajadora, la excesiva importancia del sector primario en el contexto de la Unión Europea… y se hizo lo posible para iniciar su superación. Además, se necesito buscar un catalizador que permitiera a la sociedad recuperar el pulso capitalista y así, generar crecimiento/consumismo. Este catalizador, el medio para conseguir la riqueza, escogido como solución temporal, fue la construcción.
No obstante, las reformas necesitaban tiempo, y aun así se mostraban insuficientes para los gurús económicos que defendían que el mercado, como verdad absoluta, es autosuficiente, se regula por si solo y siempre crece. La unión europea requería aun mas mejoras para llegar a la gran panacea universal, el mercado común y el EURO. Tras las elecciones anticipadas del año 1996, se produjo la alternancia democrática, y el Partido Popular consiguió la mayoría de representantes en el congreso. No dudo en aliarse con aquellos que antes critico por su apoyo al gobierno socialista, dentro del juego democrático, los nacionalistas catalanes y vascos. Empezaba el tiempo de José María Aznar.


Continuará…