dissabte, 12 de maig del 2018

La conciencia del docente.


Algún día, alguien recordará que el fracaso es el mejor maestro...y será tarde por que tendremos una sociedad llena de peluqueros, camareros y mecánicos sin formación (respeto por sus profesionales) en lugar de gente que aprendió de sus errores.
  

Y los jóvenes que deberían esforzarse verán que gente que no se esfuerza adquiere el mismo documento que ellos, y se preguntarán con razón, ¿por qué esforzarse? Si no tiene ningún valor añadido. Puedo vivir cómodo. Y se harán más vagos, y seguiremos bajando el nivel. Y la profecía auto cumplida seguirá sus efectos. Pero eso sí, en las estadísticas seremos grandes profesionales, y nuestro alumnado, prácticamente analfabeto. Nos fijaremos en sistemas educativos de países que no se pueden comparar con nosotros, por que son distintos sus climas, sus gentes, sus costumbres, su poso cultural y su orografía. Pero ¡qué más dará! Mientras salgamos sonrientes en las fotografías. No cambiar nada, si puede cobrarse a final de mes, todo será correcto.


La sociedad vivirá ajena al fracaso, a la frustración y sin desarrollar aptitudes para enfrentarse al mundo real. Un mundo real que vivirá de drogas y pastillas, como ya hacen vivir a algunos niños inquietos, y simplemente todo funcionara como en "Un mundo feliz". Adictos sin saberlo, la principal fuerza de la sociedad se diluirá en una sociedad de consumo que no alcanzará nunca sus objetivos imaginarios, pues estarán construidos como los castillos en el cielo, de nubes.  Gente simple, sin aptitudes para el pensamiento complejo, sin preguntarse las cosas, a quien nunca se le ha exigido, si no que se ha adaptado la exigencia por comodidad. Solo consumidores, ovejas para el rebaño a quien contentar con cuatro baratijas a cambio de lo más valioso: su tiempo.


Y la gente que se esforzó pensará que son lo normal, y no entenderá porque el mundo se va a la mierda, por qué sus iguales toman decisiones estúpidas y se gobierna a golpe de plebe... eso sí, todos con tu "titulito" y el docente con la conciencia tranquila.

dijous, 10 de novembre del 2016

Estadounidenses: no era el pato.

El autodenominado mundo occidental asiste atónito al desenlace electoral en los Estados Unidos. En realidad, nos estamos refiriendo a los estados desarrollados. En los países en vías de desarrollo, tan solo las élites oligárquicas andan pensativas en como rendir pleitesía al nuevo ocupante del trono imperial. Los países enemigos, ejes del mal y modelos alternativos de gobiernos, se debaten entre el esperpento jocoso y las medidas preventivas por si al nuevo presidente le entra el ardor guerrero. En verdad, nadie sabe lo que va a suceder, lo cual dice mucho de un sistema que se cae por su victoria aplastante sobre las alternativas.
Solo los representantes del extremismo más radical, xenófobo y ultranacionalista se han alegrado de la victoria de Donald Trump. Hay en su alegría poco disimulada una mezcla de desconocimiento tanto del personaje como de su ideología (suponiendo que su única ideología no sea el dólar). Además, su exacerbado entusiasmo viene provocado, muy posiblemente, por las ganas de acumular minutos televisivos y atención en las redes sociales, pues si algo nos ha recordado la victoria del multimillonario norteamericano, es que lo importante es que hablen de ti, aunque hablen mal. Y en eso, en ocupar minutos de representatividad, se emplean los movimientos xenófobos, nacionalistas y clasistas para pasar de minoritarios a mayoritarios. Cualquier declaración, cualquier minuto de gloria o foto, sirve a su única causa: hacerse con el poder a toda costa. Y los medios les siguen el juego, porque son noticia, y por qué no saben lo que les viene.
Causas de la orientación de voto en E.E.U.U. hay muchas. Poco gancho de la candidata demócrata. Un sistema educativo fallido que crea graves deficiencias de análisis crítico en la población mayoritaria. Desarraigo para con los orígenes (en el caso de la población inmigrante) que ve al nuevo inmigrante una amenaza para su adquirido estatus de ciudadano. Racismo. Xenofobia. Una crisis económica provocada por continuas políticas neoliberales sin ningún contrapunto (como sucede en Europa). O simplemente la miseria continuada y la desesperanza. Y aquí llegamos al punto principal en mi reflexión, que ha permitido llegar a esta situación en que solo el extremismo neofascista y el neoliberalismo parecen poder gobernar: la falta de contrapunto ideológico.
Una de las mayores victorias, a nivel mundial, del neoliberalismo es haber acabado con la competencia. Socialismo, comunismo…cualquier otro punto de vista de funcionamiento de una sociedad ha quedado desautorizado a partir de un falso “estado del bienestar” que una vez ha cumplido su función (hacer olvidar la lucha de clases y la movilización social) el sistema ha pasado a desmantelar, por motivos ideológicos. La gran estafa económica que hemos sufrido, vestida de crisis mundial, solo ha sido el punto de partida para la barra libre de liberalización de los servicios básicos de la ciudadanía, que culminara seguramente con una educación, una sanidad, un sistema de pensiones y finalmente una defensa 100% privatizada. El falso paradigma de que “lo privado está mejor gestionado” ha calado ante la rendición incondicional al sistema de quienes deberían haberlo puesto a prueba y haber luchado en su contra. La socialdemocracia, más que una solución, ha resultado un caballo de Troya.
¿Existe una resistencia como tal? Sí, minoritaria y fragmentada. Otra de las victorias del neoliberalismo es el individualismo imperante en nuestra sociedad. Como punto de partida, se ha alimentado dicho individualismo de proyectos nacionalistas, que han remarcado en todos los ámbitos (incluso el discurso de la izquierda) aquello diferente, en lugar de lo que nos une como clase social. Ese nacionalismo excluyente es el que más fácilmente ha calado, en lugar de educar en el multiculturalismo. El resultado es la desunión de movimientos de protesta, el carácter marginal de muchas organizaciones y partidos, que cuando han intentado obtener una victoria a través de la unión, no han tenido respaldo internacional, ni de medios, ni siquiera han conseguido acallar las distintas tendencias internas. Por poner el ejemplo europeo, lejos de una oposición organizada a la reciente deriva de la construcción europea, existen mil y una voces. Si a esto le sumamos una falta de liderazgo y de militancia, el resultado es que uno de los bandos, organizado y con una meta clara, tiene campo abierto para desplegar sus medidas sin apenas resistencia. Ni Iglesias, ni Sanders, ni Corbyn, ni Garzón, ni Grillo, ni mucho menos Tsipras han sido capaces de liderar una resistencia global desde sus propuestas. Son pequeñas aldeas galas resistentes al invasor, pero ineficientes frente a los movimientos políticos actuales. Quizás el planteamiento pueda resultar simplista, pues sus propuestas están alejadas del personalismo, pero si quieren ganar elecciones, necesitan ser carismáticos para sus votantes potenciales y para sus militantes presentes y futuros. Tienes las ideas, pero no convencen. No las transmiten bien.
Como consecuencia, dichos movimientos, cargados de razones, han sido insuficientes para ofrecer a una población una solución electoral. Una población mediatizada por un discurso del miedo (que vienen los rojos) de los medios neoliberales, que han orquestado por distintos intereses principalmente económicos. Esos rojos, articulados en torno a la denominación “antisistema” han sido maniatados ante la opinión pública, que ante la falta de liderazgo y de organización de dichos movimientos, y ante su compleja organización interna, no ha resultado atractivo al elector mayoritariamente. Así que el elector, buscará un discurso, un movimiento y unas formas más sencillas, menos complejas, más acordes con una vida sencilla y sin preocupaciones.
Ese es el escenario más alarmante que nos deja la victoria de Donald. El sistema no es capaz de promover alternativas distintas a estas alturas, quemado por muchos años de continuismo en sus políticas. Por otra parte, dentro del movimiento antisistema, se engloba no solo a los que quieren destruir el sistema por la izquierda, si no a los que lo quieres destruir por la derecha (simplificando mucho el escenario). La simplicidad del discurso xenófobo, racista y clasista de unos resulta mucho más atractivo a una población privada, por distintos medios y causas, de una capacidad de raciocinio crítico básica. Movida por impulsos, la población puede elegir, amparada por el espectáculo de los focos y los discursos mediáticos, y además con todo derecho, un suicidio social.

Y la historia nos demuestra el resultado de dichas elecciones. Quizás muchos americanos eligieron a Donald con el simpático recuerdo de un pato en la memoria. Legítimo, pero estúpido. Quizás no sea esa la causa, y prime más el descontento. Pero para acabar con el descontento, votar algo distinto solo por ser distinto, aunque sepas que va a ser peor, no es muy inteligente. Eso, será legítimo en un régimen democrático, pero sigue siendo una estupidez. ¿Solo nos queda la desobediencia civil?

diumenge, 29 de maig del 2016

Lo absurdo de un nacionalismo europeo.

Ahora que la Unión Europea está más desunida que nunca, con movimientos nacionalistas y xenófobos crecientes en los países miembros como no se recuerda desde los años 20 del pasado siglo XX (sí, ocurre en Francia, Inglaterra o Alemania y es aún peor en los países provenientes del bloque soviético) es el momento de preguntarnos qué ha fallado. Una respuesta, como no podía ser de otra forma, es el sistema educativo.

Cierto es que se pretende de forma generalizada, desde las aulas, la implementación en el alumnado de unos valores nacionales, que creen una imagen unificadora para todo el territorio y una cohesión propicia para la comunidad. Esta acción, reprobable hasta cierto punto pero también necesaria en su justa medida, la cometen tanto nacionalistas españoles (mayoritarios en gobiernos del Partido Popular en España o las comunidades autónomas por ejemplo) como nacionalistas catalanes, gallegos, vascos, andaluces, franceses, italianos, alemanes… Hace falta una cohesión social, pero en lugar de buscarla en la condición humana, en lo que les hace iguales, se agarran a elementos variables, donde identificarse sin duda, pero interesados y excluyentes. Simplemente cada uno de estos movimientos nacionalistas se concentra en un territorio, donde determinan en base a supuestas razones históricas infalibles aquello que es íntegro y propio, y señalando lo ajeno como invasor, impuesto o en el la perspectiva española, separatista. Ninguno valora la riqueza cultural que le aporta el intercambio de ideas. Ninguno supone que lo ajeno no tiene por qué ser invasivo, sino solo diferente. Unifican en torno a una idea excluyente en sí misma, además basada en supuestos más que discutibles.

Esta realidad, que nos envuelve y sacude desde todos los ámbitos, es aún más precisa en las aulas, donde no existe la libertad de cátedra (salvo en las universidades) y los temarios y decretos estatales y autonómicos dejan en verdad poco margen al docente. Un docente que, ya puestos, debería ser imparcial en la presentación de su materia, y provocar el desarrollo cognitivo íntegro de sus alumnos, reservando sólo para ocasiones especiales (y muy espaciadas) su juicio personal. Más que cuestionar, debería centrarse en que no influyan al alumnado, sino que este sea crítico con los estímulos que recibe de forma autónoma, y gradualmente.

¿Quién defiende Europa? o ¿qué debería ser Europa? son preguntas que tampoco vendrían a ser competencia del profesorado. Sin embargo, la defensa del ideal europeísta sí debería ser parte fundamental del currículo en nuestros centros. Por qué la Unión Europea, al menos potencialmente, nos puede proporcionar un entorno muy favorable al desarrollo tanto personal como de nuestra comunidad. Pero claro, hablamos de una Europa integra, no el conjunto de mercados y el neo imperialismo en que se ha convertido. ¿Cuál es la causa que una idea lúcida, posiblemente tan impresionante como lo fue en su momento la integración llevada a cabo por Alejandro Magno en su imperio (que ni tan siquiera sus más íntimos comprendieron) se ha reducido al mercadeo y la constante búsqueda de beneficio económico?

Un conjunto de causas puede resumir esta situación. El rechazo de fuerzas conservadoras a cualquier cambio que pueda suponer la pérdida de su situación privilegiada. La victoria en las urnas de dichas fuerzas retrógradas, que no creen en una Europa de los pueblos, si no solo en las cuentas de ventas. La falta de conciencia en la ciudadanía, más preocupada en estos momentos en llegar a final de mes que en lo que ocurre en las altas esferas (las mismas que han provocado tanto la crisis como los recortes que les asfixian). Y en lo más alto, la falta de concienciación en las aulas de europeísmo, tanto la que recibimos nosotros por parte del sistema educativo como la que sigue recibiendo el alumnado en nuestros días. No existe el espíritu europeo.

¿Sería necesario pues un nacionalismo europeo? Nada más equivocado. Esa es la parte que, a mi entender, la mayoría de la ciudadanía, de los estamentos y de los posicionamientos políticos no entienden. El movimiento europeísta, tal y como yo lo entiendo debe parecerse más a una Internacional Socialista que a un movimiento nacionalista. Esto, por sí mismo, es bastante complejo. Sí mucha población sigue sin entender en qué consiste un movimiento internacional, y lo asimila a criminales, antisistema, revolucionarios y genocidas (mezclándolo todo como en una paella para turistas si me permiten el símil localista), ¿cómo vamos a pretender que pueda imitar su concepción igualitaria de los pueblos para defender una Europa unida?
Lo cierto es que dichos movimientos, que acabarán desintegrando el movimiento europeísta y condenarnos a repetir situaciones indeseables del pasado, sólo pueden combatirse desde la educación. Una educación que defienda una serie de valores que, estaremos de acuerdo, son propicios para la vida en sociedad y en comunidad. Unos valores que, lejos de ser partidistas o sectarios, son necesarios, y tan fundamentales como los derechos humanos. Esto no omite que haya que poner en valor valores regionales, pero no aislarlos de su entorno, ni de la influencia de otra serie de valores. El ser humano es lo que es por compartir, por dejarse influenciar e influenciar. Los movimientos culturales, científicos y sociales más beneficiosos para la humanidad, han surgido de esa mezcla, de esa mixtura. Podríamos definir como anti humano el querer aislar determinados condicionantes para evitar que cambien. En el cambio, la adaptación y la mezcla encontramos sin duda el futuro. Si nada se mueve, si nada se cambia, al final, no quedará nada.


            Es en las aulas, con el alumnado, con el ciudadano del futuro donde tiene que librar esta batalla. Nada va a cambiar a la población adulta con facilidad, pero en el futuro es donde se puede conseguir algo beneficioso para todos. Los tradicionalistas, los retrógrados, los nacionalistas, los empresarios...todos lo tienen claro. Es el momento de que el resto también lo tengamos. Si queremos cambiar algo, hay que cambiar la educación. Ahí es donde se discute el futuro, no en los mercados, ni en un campo de fútbol, ni en una tienda de Apple, pero a nadie le importa. Donde tenemos el problema, es donde encontraremos la solución.

dijous, 17 de març del 2016

Trigésimo cuarto ciclo.


Nunca es agradable cumplir años, dicen, porque te haces viejo. Es este un sentimiento que nunca me importó demasiado, más bien al contrario. Al aumentar el cuentakilómetros de los días, aumentan las vivencias y la experiencia, y en teoría, también la sabiduría. Ese es un buen anhelo, una buena meta para alguien que siempre estuvo solo. Vivir o existir era el dilema por el que muchos autores pelearon y divagaron. ¿Qué es la vida? preguntaron los poetas. Y yo creía que vivir era eso, vivir. Con días buenos y días peores. Y vivir era sufrir y a veces, disfrutar.

Pero mi percepción cambió, curiosamente hace ahora un año. Ya es casualidad que el mes en que cumples años, que en el fondo es un invento humano, como el tiempo, ocurra algo. Hay once posibilidades más en un año, pero ocurrió en este. ¿Qué ocurrió? Fiestas dicen unos, regalos, dicen otros. Una pérdida de tiempo, comentan los cascarrabias. Innecesario, argumentan los falsamente modestos, pero ninguno sabe de qué hablo. Materialistas todos, ninguno obtuvo mi regalo. Ninguno alcanzó sin querer, lo más preciado.

¿Un regalo? Sí, pero algo mucho más valioso que cualquier bien. Un sentir, un querer, una alegría y también un llanto. Un esperar y sobretodo, un dar y recibir. Nunca me gusto mi cumpleaños, muchas cosas malas me pasaron en torno a esta fecha en el pasado, algunas pocas agradables y otras, que parecieron bonitas, fueron al final regalos envenenados. Solo uno vino para quedarse, porque supero a mi vida, y se convirtió en mi existencia. Fue, como mandan los poetas, inesperado, extraño, difícil, sorpresivo y todos los adjetivos que puedan darse en lengua castellana (esa que tan bien hablas) o en cualquier otro idioma para lo que nos ocurrió. Fue de locos, pero que delicia existir en dicha locura.
Por qué es locura despertar cada día a tu lado, tener una vida contigo, secarte las lágrimas, levantarnos cuando caemos, ver cómo me miras, mirarte con mis ojos, hacerte sonreír o llorar de risa. Intentar no hacerte llorar de tristeza y no enfadarte, aunque eso es más complicado a veces.

Tiempos difíciles vendrán, porque eso es la vida. Momentos dulces se sucederán con los amargos. Nos llevaremos muchos golpes, y también caeremos en algún colchón de plumas. Poco a poco conseguiremos nuestras metas, yo te ayudare en las tuyas, supongo que tú en las mías, porque no serán ni tuyas ni mías, serán nuestras. En eso consiste el viaje que empezamos hace un año por estas fechas. Justo en mi cumpleaños. Nunca me gusto esa fecha, nunca tuve nada que celebrar en la segunda quincena de marzo, pero ahora, gracias a ti, tengo algo por lo que merece la pena recordar.

Lucharemos contra viento y marea. Buscaremos nuestras metas con ahínco, y sobretodo, ser felices persiguiéndolas. Te perdonare por todo lo que tenga que perdonarte, y espero que no tengas que perdonarme por nada tú, pero si llega el caso, que lo hagas. Nadie dijo que fuera fácil, pero yo si digo, que será juntos. Todas las personas necesitan una causa para existir y no hacer de su existencia una mera huida hacia delante. Tiembla mundo, somos dos y nadie detendrá nuestra existencia.

Gracias por ser el mejor regalo cada día.

divendres, 29 de gener del 2016

Vieja Europa.

No es falsa la afirmación vieja Europa. Como una anciana decrépita, la anciana sociedad europea vive los achaques de la vejez, y por ello, sufre de desmemoria. No es ese mal una enfermedad fatal, ni tan siquiera dura para vivir el día a día, ya que se puede sobrevivir perfectamente con ella. Pero a la larga y en determinadas circunstancias, puede llevar al colapso del sistema, y a por ejemplo una caída. Y ahí, ante esa caída producida por esa degeneración propia de la ancianidad, el daño es ya considerable: puede ser fatal.
La vieja Europa es una anciana decrépita porque olvida muchas de sus raíces. Olvida su historia, su pasado más duro. Anclada y lastrada por sus raíces cristianas, que existen y aguardan siempre a la defensiva, olvida cualquier otra influencia, ya sea mediterránea, greco-latina, árabe o semítica. Todo en favor de un enaltecimiento caucásico, cuyas peores expresiones raciales todos recordamos. Disculpas por ser inexacto, sólo aquellos ilustrados en las tan denostadas humanidades durante su deambular por el sistema educativo lo conocerán. Los otros, criaturitas, tan solo podrán recurrir a la industria cinematográfica o a Internet, dos cunas de conocimiento independientes, libres de  influencias económicas y pueriles, en la mayoría de los casos, para el gran público. Pobre del que deba conocer el pasado oscuro de la Europa de las luces a través del cine, o de Internet. Solo la literatura, y no la comercial precisamente, puede encontrar vías de escape para dicha información.
Europa olvida las playas francesas atestadas de refugiados huyendo del fascismo español. Un fascismo que los gobiernos europeos permitieron como mal menor. Europa olvida los campos de concentración que sirvieron para el exterminio, ante la indiferencia general. Europa olvida la Guerra de Bosnia, y sus masacres indiscriminadas a escasos cientos de kilómetros de la civilizada vieja Europa que celebraba su nueva unión. Europa olvida el abandono de sus colonias a su propia suerte, eso sí, con continuas injerencias no fuera a ser que el progreso les haga sombra. Europa olvida el abuso contra pueblos oprimidos, mientras habla de libertad. Europa olvida el Telón de Acero, los muros que separaban hermanos, pueblos y ciudades. Europa, yendo más lejos, olvida sus guerras de religión, sus conflictos dinásticos, su historia de masacres, exiliados y refugiados...Europa olvida todo eso. Europa olvida su dignidad, sirviendo solo de perrito faldero al capital y al imperialismo.
Hoy, esa Europa decrépita que decía ser progresista, se cierra en sí misma. Como un anciano que se olvida de la alegría de vivir, de la solidaridad y de la diversidad, no sale a la calle. Se apaga la vieja Europa consumida desde dentro, por sus miedos y terrores. Quizás eso, el miedo, es lo que han olvidado los europeos. Amparados en el cruel terror que les provocan los atentados, olvidan lo que es el miedo de verdad. Por qué el terrorismo es un destello, un rayo que ilumina con su barbarie un momento determinado, pero la guerra es el miedo continuo, el día a día, la barbarie total. Y Europa olvida que una vez fue él quien estuvo en esa situación, y hubo países que acogieron, recibieron, ayudaron y sufrieron por ellos, con un alto coste humano. No lo necesitaban, pero era de derecho hacerlo. Si Europa olvida todo ello o solo piensa en el coste económico. Si presume de supremacía frente al que sufre. Si olvida la solidaridad, lo que la hizo grande, y lo que la hizo humana, Europa tiene un problema grave. Y puede necesitar una guerra que se lo recuerde, como el esclavo recordaba al general victorioso en su desfile triunfal que era humano.
Quizás sea cruel decir que la vieja Europa necesitaría vivir en sus carnes una guerra. No se le desea a nadie ese mal, ni a los peores enemigos. Pero si es cierto que si la vieja Europa sigue olvidando su historia, aprobando leyes injustas, levantando muros, pensando solo en cerrarse, expulsando refugiados al invierno y acampando en las playas en condiciones infrahumanas...quizás la vieja Europa acabe muriendo, y entonces, quizás, el juicio de Osiris no nos sea tan favorable para los europeos, visto lo visto. Si olvidamos lo que fuimos, hicimos y sufrimos, estamos condenados a repetirlo. Tiempo al tiempo para este anciano decrépito.

divendres, 25 de desembre del 2015

La Bastilla del socialismo español.

barón, nesa
3. m. y f. Persona que tiene gran influencia y poder dentro de un partido político,una institución, una empresa, etc.
Conocidos así son, en el argot político del país, un grupo de dirigentes políticos que, bien por méritos o deméritos de sus adversarios, adquieren cierta influencia y poder de decisión sobre sus iguales. Como sus iguales no nos referimos a los ciudadanos, sino a sus compañeros de partido (generalmente afiliados o simpatizantes). Pero, ¿son realmente estos príncipes territoriales personajes dignos de consideración?
Quizás podamos entender que un resultado electoral legitime una opinión, si nos olvidamos que la actuación de la ciudadanía en las urnas no está regida por factores muy diversos. Pretender que un presidente de comunidad autónoma o un alcalde de ciudad importante, por el mero hecho de obtener su cargo, tiene una voz autorizada no solo para opinar, si no para imponer sus opiniones o intereses al resto de los miembros de su partido es un concepto muy servil, muy poco socialista.
Posiblemente en partidos de otra ideología, preservadora de escalas sociales y de diferencias de clases, estar en una posición de responsabilidad otorga automáticamente una autoridad frente a las opiniones de otros. Pero eso no es un posicionamiento a priori de izquierdas, donde todas las opiniones deben tener el mismo peso. En la izquierda, todos, el que manda y el que obedece son iguales. Las opiniones son igualmente válidas, solo autorizadas por los méritos de unos y otros, que además están en continua revisión y actualización. Paradigmas de lo que simplificamos en derecha se introducen en formaciones de izquierdas, como peligrosas tendencias que deslegitiman y sobretodo alteran la naturaleza de movimientos políticos. Posiblemente la cercanía al poder, las relaciones con otras ideologías infecten de estos autoritarismos a formaciones a priori igualitarias. El caso del Partido Socialista Obrero Español es un claro ejemplo de esta infección, que amenaza con destruir una organización centenaria con más luces que sombras, más que les pese a las posiciones más conservadoras o ultra conservadoras. Los años de gobierno han llevado la putrefacción ideológica a su estructura interna. Se acostumbraron pronto sus miembros al seguidismo ciego, olvidando la crítica interna y lo que es aún más peligroso, la autocrítica. Se enquisto este mal con los años de gobierno y ahora, cuando han perdido el poder, estas posiciones se han rebelado contra la verdadera esencia que los originaron, acusándoles además de ser las que propician la crisis y su propia perdición. La solución, volver a los orígenes, es así presentada ante la opinión como la causante de los males.
Estos caciques territoriales, pertenecientes en el caso que nos ocupa al partido que debería haber destruido las figuras caciquiles, establecen asimismo unas potentes redes clientelares, que les sustentan y que son en primera instancia víctimas de esta putrefacción ideológica, y después colaboradores necesarios. Estas figuras, que sobrepasan de largo las de primero entre sus iguales, no solo gobiernan según sus propios intereses y los de sus interesadas amistades, sino que pretenden imponer desde su falsa legitimidad como líderes (o presunto liderazgo) su opinión como ley. Pero, ¿quiénes son esos barones? Son el último refugio del antiguo régimen partidista, de una forma de pensar que enquistada en el sistema, abandono las vías del socialismo en alas de la socialdemocracia, y terminó convirtiéndose en el brazo más amable del conservadurismo. Estas taifas regionales, que señalan en el dedo posiciones nacionalistas acusándoles de malvadas, son en sí mismo pequeños reductos regionales que se miran el ombligo, dejando de lado no solo un movimiento internacional, si no la cohesión del socialismo. Son traidores y conversos, son casta, son el último reducto de eso que ha venido a llamarse vieja política. ¿que autoridad detentan para, por encima de sus bases, las únicas que deberían tener derecho a decidir, tomar una decisión tan importante como la de impulsar un gobierno progresista en este país o permanecer en su cueva? Seguro que en sus taifas y palacios presidenciales, conseguidos en muchos casos mediante pactos, solo buscan mantener sus privilegios de clase. ¿Es eso socialismo?

Llega la hora que los socialistas que queden dentro del PSOE den un paso al frente y hagan caer a su propia nobleza. Que a esos representantes del antiguo régimen partidista les llegue su guillotina política, y que la democracia asamblearia recupere su lugar en un partido que antes que español, era socialista, y antes que socialdemócrata, obrero. Recuperar esas dos palabras es muchos más que salir a la calle, es ser parte de la calle. Solo sí las posiciones de izquierdas alzan la voz dentro del PSOE y recuperan su lugar, dando paso a una meritocracia interna, en lugar del continuo caciquismo de amiguetes, el PSOE tiene futuro. Y si no se puede, lo mejor es dejar caer el edificio, si tiene los cimientos ya podridos, y empezar a levantar otra casa en otro lugar, con otras siglas, y la lección aprendida. Llega la hora de tomar la Bastilla.

diumenge, 6 de desembre del 2015

¿Votar o no votar? Esa no es la cuestión, si no a quien.

Se acerca la fecha no hace tanto tiempo conocida como “fiesta de la democracia” y que actualmente no pasa por su mejor momento ante la opinión pública. Señores, es tiempo de elecciones, que no son rebajas pero lo parecen. Y además, por primera vez en este país que es España, son más de dos las formaciones que, a priori, se disputan la jefatura del gobierno (lamentablemente nos queda bastante para poder decir lo mismo de la del estado).
Bien, antes de seguir con esta reflexión, voy a dejar claro el punto de partida: me considero socialista convencido. Para algunos incluso dirían que radical y para otros, simplemente me acusan de no saber qué es el socialismo (¿y tú preguntas qué es el socialismo?, socialismo eres tú, y yo, y nosotros…). Eso excluye de mis posibilidades votar al Partido Popular y a Ciudadanos. Al primero no hace falta describirlo (bastan sus años de gestión en su buena dirección), quizás sí recordarle a la gente que muchos de los males que hoy sufrimos son gracias a sus dotes de gobierno. A la de los años de Aznar, con sus políticas liberales, militaristas y corruptas; y también a la de los cuatro larguísimos años de gobierno de Rajoy, con recortes, desmantelamiento del estado del bienestar y transformación ideológica de la sociedad, amparándose en el discurso del miedo sobre una crisis que empezaron los ricos, pero que pagamos todos.
Descartamos también al partido del señor Rivera, por que es eso: su partido. Llevado como un cortijo, lleno de caras bonitas y mensajes publicitados, resulta sospechoso todo de él. Un producto de marketing teledirigido. Un caballo de Troya del sistema neoliberal, dispuesto a revestirse de novedad para perpetuar el desmantelamiento del estado del bienestar, todo ello con brotes irracionales (breves pero existentes, xenófobos) de algo aún más oscuro, pero que todavía no está probado. Denle tiempo.
¿Que nos queda pues a los de izquierdas? En principio y dejando de lado opciones regionales, solo tres opciones. Decimos solo porque en un país acostumbrado al bipartidismo izquierda derecha, tener tres opciones en la izquierda es un paraíso, o debería serlo. Lo cierto es que la atomización del voto de izquierdas es su peor enemigo, puesto que las disensiones internas, que tanta batalla plantean y a la vez enriquecen, también son una parte inseparable de la condición de las izquierdas: el pluralismo y la discusión de ideas. o que a la mayoría de ojos puede parecer debilidad es en verdad su fortaleza, pero de una fragilidad inmensa. Vamos a tomarnos la licencia de incluir al PSOE como izquierdas, quizás por historia, quizás por respeto a una historia ya muy lejana, o quizás porque todo lo que no sea PP o Ciudadanos puede parecer izquierda a estas alturas.
No olvidamos tampoco la reciente historia del PSOE, pues a la corrupción y a la situación de Andalucía, donde casi podría decirse que son derecha e izquierda en todo el territorio, hay que sumarle la deriva centrista que infectó a la cúpula socialista desde los últimos años de Felipe González, y que nos trajo políticas económicas de dudoso socialismo, pudiéndose afirmar sin ruborizarse que el PSOE no es ni socialista ni obrero, sólo español. Mentiriamos si no dijéramos que en el PSOE y entre sus candidatos no hay gente de izquierdas, de raíces obreras y comprometidos, pero hay mucha paja para los pocos granos. Hay mucho más sociolisto que socialista en la cúpula del PSOE.
Otra de las opciones que se nos presenta es PODEMOS o el partido de Pablo Iglesias (suena a chiste cuando se recuerda al fundador del PSOE). Lo cierto es que si acusamos a Ciudadanos de ser el partido de Rivera, no podemos decir menos del partido morado. Cierto es, que se ha intentado una dirección coral y la participación de más sujetos en campaña, pero el triunvirato inicial (Iglesias-Errejón-Monedero) duró tanto como un suspiro, y solo Iglesias acapara los focos. Intransigente con las formaciones más antiguas, es a priori el más revolucionario, el más innovador, y el que más dudas presenta. Gente de muchas tendencias ha confluido en PODEMOS, y no hay que olvidar que una revolución no se gana en un día, ni en una legislatura. Su modelo innovador puede resultar poco fiable, caótico o populista, cuando simplemente es otra forma de ver y hacer las cosas. Y por supuesto,tiene riesgos. Ni mejores ni peores que los partidos tradicionales, solo diferentes.
La última opción de la que disponemos es la coalición tradicionalmente conocida como Izquierda Unida. De larga tradición, presenta una propuesta innovadora y de largo recorrido, respaldada además por posiblemente uno de los mejores candidatos a la Moncloa, Alberto Garzón, que es también uno de los más menospreciados por los medios de comunicación empresariales. Propuestas similares a las de Podemos, pero con un largo recorrido electoral y una sólida estructura de coalición siempre proclive a la guerrilla interna. Izquierda Unida representa uno de los males endémicos de la izquierda española (sino mundial): atomización, guerras internas, posturas irreconciliables y debilidad para un proyecto válido e ilusionante. Arriesgado como el de Podemos, pero no por ello inviable.
Quizás la duda que se plantea en la entrada de este blog no fuera tal si, como ocurrió en el 36 del siglo XX, hubiera habido una confluencia de las izquierdas, que buena falta hacía. Pero no se dio: lucha de egos, de siglas, de intereses cruzados e intervenciones externas (posiblemente de sectores empresariales y bancarios) impidieron un Frente Popular 2.0. Izquierda Unida y Podemos lo intentaron, pero a la izquierda del PSOE ni estaba ni se la esperaba. Y ahora debemos elegir.
Muy posiblemente el característico enfado de la izquierda nos impida votar al PSOE. Eso y sus distintas derivas ahora socialista, ahora de centro, ahora amigo de los bancos… impiden que el votante crítico de izquierdas se incline por su programa. El voto útil, como ocurrió en su día con Zapatero, los hace aparecer como la opción más plausible, pero hay mucha desconfianza hacia su pasado reciente, sus cargos y sus figuras. No hay que olvidar que el PSOE tiene una estructura interna bastante arcaica y que permite el crecimiento de parásitos. Además, aparte de sociolistos, hay mucha gente del PSOE que no es de izquierdas, ni le interesa, y solo se identifica con el PSOE por su pasado glorioso. Es una opción que no representa a priori un cambio radical como el que necesita esta sociedad enferma, en parte, por los pasados gobiernos del PSOE.
Izquierda Unida, o su nombre en estas elecciones, Unidad Popular, siempre ha sido la rebelde del patio. Durante años han representado una alternativa de izquierdas que la mayoría de la población ha visto con rechazo por sus ideas revolucionarias y por su forma distinta de ver las cosas, con un punto de vista y posicionamiento distinto del liberalismo imperante. Descartado el PSOE por centrista, está debería ser la opción elegida, pero tiene varios problemas añadidos. División interna, poco apego de los medios empresariales, y un candidato que siendo posiblemente el más capaz de todos, también sea el más ignorado. Aunque todo es posible, aunque resulte improbable.
Y nos queda Podemos. ¿Es la revolución anunciada? Lo era, o al menos lo parecía...pero toda revolución tiene un enemigo, el tiempo, y el tiempo ha pasado muy rápido para la formación de Pablo Iglesias. Quizás demasiado rápido. Gustan partes del mensaje, pero no sus mensajeros. En el País Valencià se han juntado con COMPROMIS; por poner un ejemplo. Compromís es una coalición que engloba un poco de izquierda, pero mucha derecha (BLOC). ¿Es podemos una opción? Syriza tuvo al menos la dignidad revolucionaria de morir con su discurso y volver a presentarse a las elecciones cuando se les obligó a cambiar. ¿Hace eso podemos o cambia antes para atraer votantes? en eso no hay nada revolucionario. Hacerlo todo por ganar para cambiar las cosas, no es cambiar nada.

Dos semanas aún de reflexión se plantean, ¿voto útil, voto romántico o voto revolucionario? es una manera de expresar las cosas. Votar a quienes nos traicionan, votar a quienes se traicionan entre ellos o votar a quienes se están traicionando a ellos mismos son las alternativas. Lo único claro es que tenemos que votar, porque algo debe cambiar y el recambio no es una opción.

dijous, 8 d’octubre del 2015

El fracaso del socialismo agrario.



Es una noticia lamentable el cierre, quiebra o liquidación de una Cooperativa Agraria (también de cualquier otro tipo). El fracaso de un modelo alternativo al dominante no solo da alas al capitalismo más salvaje, que se abalanza sobre la producción mostrando colmillo y garras, si no que abandona a su suerte a los cooperativistas, un colectivo principalmente formado por trabajadores y productores. No obstante, las causas de dicho fracaso, además de las zancadillas recibidas por la competencia, ejemplifica otro grave problema: el fracaso del modelo socialista en entornos agrarios occidentales.
A continuación enunciamos los principios fundamentales formulados y actualizados por la Alianza Cooperativa Internacional para una cooperativa: libre adhesión, control democrático, gestión de los administradores, educación cooperativa, reparto de excedentes, integración cooperativa, preocupación por la comunidad…como observamos, aun sin desarrollarlos en su totalidad, pocos se corresponden con la situación actual de las cooperativas.

No por comentado y esperado deja de sorprender el caso de la Cooperativa Betxí-Export, como un ejemplo cercano a nuestra audiencia potencial, ubicada en Betxí, Castellón. No es el único, puesto que situaciones muy similares se dan a lo largo de todo el levante citrícola. Una cooperativa grande, construida desde la nada por trabajadores, poderosa, que inicialmente tuvo una gestión innovadora, lo que le permitió crecer, pero que murió de éxito: no pudo superar la crisis. Ese sería un análisis un tanto simplista e interesado, que solo respondería al interés de los culpables de su situación actual: quiebra y posible liquidación de su patrimonio. Pero no vayamos tan pronto con los culpables, aún no. Lo cierto es que tras sus éxitos económicos de los años ochenta y noventa del pasado siglo XX, se había sembrado, regado, injertado, abonado y finalmente recolectado el principio de su fin. Vayamos por partes y describamos cada una de estas características.

La semilla de la destrucción es la falta de mentalización por parte del cooperativista de en qué consiste una cooperativa, como deben funcionar y cuáles son sus beneficios, sus obligaciones y sus límites. Acostumbrados históricamente al funcionamiento supeditados a patronos, comercializadoras y “corredores”, el socio cooperativista en pocos momentos toma conciencia de su responsabilidad como “parte vital de su cooperativa”. Por el contrario, acostumbrado a la simplicidad (no por su condición de simple si no por la de accesible) del trabajo en el campo, intenta continuar con la comodidad del sistema anterior y abandonar sus responsabilidades inmanentes. Delega en supuestos profesionales (los gerentes) que son dependientes de una junta elegida de entre los cooperativistas más hábiles. Un sistema democrático en el que el cooperativista delega la toma de responsabilidad en un profesional fiscalizado y controlado por un grupo de cooperativistas, que vigila sus movimientos. Quizás un sistema perfecto, si perfectas fueran las personas, que no lo son. Son humanos. Lo cierto es que el sistema nace viciado por distintas causas: falta de formación del cooperativista (sobre todo en casos de personas muy mayores); desinterés de las nuevas generaciones (buscan trabajos más cómodos y seguros); falta de incentivos; confianza en la profesionalización de la gestión…a la larga, aparados por buenos resultados económicos, será el empleado (el gerente) el que capitalice las decisiones, ante el aplauso general de los socios cooperativistas, solo preocupados de sus campos y el precio del producto, y no de la gestión comunal del bien común: la cooperativa.

La semilla anteriormente descrita, es regada por un elemento que supone a la larga el fracaso del sistema cooperativista. El socio cooperativista no desarrolla una personalidad socialista de la economía, si no que se convierte en un pequeño propietario burgués, un ejemplo en miniatura de la figura social que anteriormente explotaba su fuerza de trabajo en beneficio propio: el latifundista. Este nuevo ser, que podríamos denominar capitalista cooperativo, mira con recelo el crecimiento de su colega cooperativista y más aún cualquier beneficio extra que pueda obtener de su misma organización cooperativa. Ante esta disyuntiva (que puede simplificarse en envidia) la cooperativa responde, auspiciada por la gestión del gerente, eliminando la mayoría de beneficios sociales que debieran desprenderse de su propia existencia para su sociedad.

La cooperativa solo genera trabajo poco especificado, sin necesidad de grandes inversiones. Debería preparar mejor su capital social. En lugar de promocionar entre sus socios ciertos beneficios sociales como puedan ser ayudas a la formación, becas de estudios o ayudas a la compra de los libros escolares de sus socios (son solo un ejemplo del poder real de la organización) obvia todas estas medidas e intervenciones en favor del mero resultado económico. Una de las consecuencias, quizás la más importante de esta situación es que la cooperativa solo genera trabajadores primarios: recolectores, manipuladores, envasadores…y no trabajadores cualificados de los tipos administrativos, comerciales, controladores de calidad. Como resultado, debe recurrir al mercado laboral común para cubrir los puestos más específicos, como son los necesarios para la comercialización de sus productos, entrando en competencia directa con los propietarios latifundistas, las comercializadoras y las agencias de compra venta. No obstante, esta competencia no es en igualdad de condiciones. A la larga, para poder competir en igualdad con estas empresas meramente capitalistas, la gerencia debe asumir cada vez más competencias, junto con un conjunto de trabajadores esenciales externalizados, con solo un interés: su cuenta de resultados. Es la prostitución del modelo socialista por el capital.

Los profesionales del mercado laboral común son el injerto, los que poco a poco convierten a la cooperativa en la viva imagen de lo que vino a sustituir. Con los años, el sistema se vicia todavía más, el cooperativista delega cada vez más la decisión en la gerencia, bien directa o indirectamente. Esta gerencia, siempre ansiosa de poder dada su nueva necesidad de competir de igual a igual con el resto de profesionales privados del sector, promueve además juntas dóciles, que pongan pocos reparos en sus medidas y apuestas, y por supuesto en sus salarios. El empleado toma control de todas las decisiones, ante la desidia general y el aplauso de la junta electa, promovida por el mismo. En la práctica, la cooperativa agraria se convierte en un feudo particular, en una nueva versión del sistema que vino a sustituir: el de patronos y agricultores. En lugar de generar una alternativa al sistema, se infecta del mal capitalista y pierde lentamente su esencia, sin levantar sospechas, ante la indiferencia de socios y de la sociedad.

Todo lo anteriormente descrito es ricamente abonado por una sucesión de eventos que, partiendo que no dependen directamente de la misma inacción del cooperativista, si incrementan su hastío. El entorno laboral, poco atractivo para los jóvenes, que prefieren con todo su derecho abandonar los usos agrarios por otras ocupaciones (incluso los de baja cualificación). El gerente, sin supervisión que acote sus atribuciones, se convierte en un propietario más, con sus mismos vicios y abusos y un gobierno despótico donde solo tendría que aplicar las decisiones de la junta. Una junta que, a medida que se crece el abandono se ve envejecido y donde no se ingresa savia nueva. Un mercado que, dado que las cooperativas no copan los puestos de influencia comerciales y por lo tanto dejan de dominar el canal de distribución, el que genera beneficios realmente, promueve la aparición de intermediarios y comisionistas, que generan un déficit para con los productores. La desconexión social, que produce que el pequeño propietario, desprovisto de su espíritu de clase, solo busque el beneficio propio cuando no la ruina del vecino para apoderarse de sus beneficios.

Es quizás esta falta de solidaridad colectiva la muestra más importante del fracaso del modelo socialista agrario en nuestra sociedad. Tan solo hay que ver el escaso arraigo de los sindicatos en las cooperativas. No solo hablamos de los sindicatos mayoritarios, bastante inoperativos hoy en día y que muestra sus propios síntomas de encallamiento y agotamiento, sino que incluso escasean los propios sindicatos propios. Las convocatorias de huelga, protestas, comités, reivindicaciones de derechos o salariales son escasas cuando no prácticamente inexistentes. Bien es cierto que también tiene mucha parte de culpa la mentalidad del cooperativista. Como ya hemos denunciado anteriormente, la mentalidad cooperativista no se ha desarrollado. No forma parte de ningún colectivo de iguales, si no que ha asumido en su totalidad, aunque a escala, los males del latifundista que debía sustituir para una mejora general colectiva: solo tiene ojos para sí mismo. El pequeño propietario no es solidario, no busca el bien común ni se preocupa de unos derechos laborales justos y retribuidos socialmente. La mentalidad de patrón se impone en abaratar costes para mejorar réditos económicos, falseando la realidad y provocando una causa más de la fallida del sistema. La frase “no hay peor patrón que el rojo” tiene aquí lamentablemente su máxima expresión.

Existe además un problema generado por la que podríamos definir como externalización del sistema de gestión y comercialización de la cooperativa. La innovación a largo plazo, que resulta poco rentable cuando el margen de resultados es corto, es poco atractiva para una gerencia y sistema comercial que necesita de resultados económicos a corto plazo. Además las industrias que realizarían dicha investigación son en la mayoría de casos externas, y vuelven a tener en sus necesidades la rentabilidad a corto plazo. Las pocas innovaciones están en manos de latifundistas capitalistas que pueden financiarlas, o en caso de ser accesibles, lo son cuando pierden su valor añadido (que podíamos simplificar en novedad, escasez y calidad). Estas actuaciones suelen ser vistas como perdidas de capital, de tiempo y en el peor de los casos como inútiles, cuando deberían resultar de vital importancia para competir con mercados emergentes, cuya mano de obra y costes de manipulación son muy inferiores, merced a una legislación social muchas veces inexistente.
Además existe la falsa idea que mayor número de producto es mejor, cuando la verdad es que tan solo un producto exclusivo, de inmejorable calidad y con un fuerte valor añadido puede generar un futuro para la agricultura. Buscar competir en condiciones de abaratamiento de costes y grandes cantidades de producto barato es la solución fácil a corto plazo, pero de escaso rendimiento una vez pasado el primer impacto: la progresiva reducción de costes y salarios solo va a generar peores condiciones para trabajadores y en último lugar para el socio cooperativista. La abundancia de producto de baja calidad solo va a realzar los productos que sí apuesten por el valor añadido.
Y naturalmente llega el momento de cosechar las consecuencias de todo lo anterior. Potenciado por la crisis general del capitalismo, de características cíclicas y que pone en jaque todo el sistema del bienestar, las cooperativas, debilitadas en su estructura interna, son presa fácil. Esta crisis genera además la vuelta de mano de obra, tanto cualificada como no cualificada, al sector agrario, que se ve como un remanso de posibilidades frente al fallo general del sistema productivo. Como respuesta, el proteccionismo se abalanza sobre unas sociedades cuyos socios hace mucho tiempo perdieron voluntariamente el control sobre las decisiones, y todo se magnifica: peores condiciones laborales, peores precios, peores remuneraciones, peores posibilidades comerciales… los intermediarios no pierden sus márgenes de beneficios, sino que incluso los incrementan, al controlar los canales de distribución. Toda la pérdida de valor de la mercancía repercute en el productor, que como consecuencia de la falta de implicación en el modelo socialista agrario, es el pequeño propietario. Las pérdidas se suceden campaña con campaña. Pero, como consecuencia de la mala gestión acumulada, los cooperativistas no deciden cambiar de gerente, como sería lógico, si no que abandonan la escasa protección que les ofrece la cooperativa debilitada, cayendo en brazos nuevamente del latifundista y el comisionista, volviendo al modelo que abandonaron al principio.

Quizás el análisis anterior pueda parecer un poco superficial, pero en conclusión, podemos afirmar que la responsabilidad del fracaso del socialismo agrario o del modelo cooperativista pertenece a grandes rasgos a tres sectores muy específicos. En primer lugar, y con un nivel de responsabilidad moderado, encontramos al capitalismo representado por el latifundista y el comisionista. Sin duda forma parte de su razón de ser eliminar otros modelos productivos, ya que entran en competencia directa con su ámbito de crecimiento y ponen en duda su misma razón de ser. La coexistencia pacífica entre ambos modelos es imposible, pues son en su mayor parte antagónicos. Además, el sistema capitalista se encarga de minar desde dentro, alentando los modelos de conducta capitalistas entre socios cooperativistas, el compromiso necesario para desarrollarse y competir.
Un nivel de responsabilidad más alto encontramos en los profesionales que externalizan muchas de las funciones que la cooperativa no genera a partir de su propio capital humano. Quizás los profesionales contratados no tengan el nivel de responsabilidad suficiente para culpabilizarles, puesto que simplemente son injertos del sistema capitalista en un ambiente cooperativista. Solo reaccionan a los estímulos del mercado (oferta-demanda-beneficio económico) según su condición y por lo tanto, deberían tender a eliminarse del sistema cooperativista (solidaridad-reparto de trabajo-sustento y calidad de vida) en la medida de lo posible. Es culpable sin embargo el gerente o los responsables de la gerencia. La tradicional falta de cualificación del trabajador agrario y pequeño campesino obligaba en el inicio del modelo cooperativista a la promoción, cuando no a la contratación, de dichas figuras. Entre sus objetivos no solo debía estar el conseguir beneficio económico, si no beneficio social y asentar el movimiento cooperativista. Sin embargo, por motivos que no entraremos a discutir en este artículo, como pusieran ser la necesidad personal o la falta de compromiso con el ideal cooperativista, el gerente o gestor de la cooperativa empieza a acumular poder dentro de la organización, llegando a formar ellos mismos las juntas que deben fiscalizar su tarea ante la permisividad y pasividad general del socio.

Si bien podamos culpabilizar a los dos elementos anteriores de dicho fracaso, no sería el análisis cierto según nuestra opinión sin nombrar al elemento necesario por encima de todo para la fallida general del sistema cooperativista: el socio. Un socio que no desarrolla la mentalidad necesaria y se queda anclado en patrones de conducta propios del sistema capitalista. Un socio que ve la gestión como un dolor de cabeza que le distrae de lo importante: trabajar sus campos. Un socio que pierde de vista el elemento solidario implícito en toda organización cooperativa, sustituyéndolo por el punto de vista del minifundista. No abandona la visión capitalista de la producción, si no que adopta principios socialistas para perseverar en la economía capitalista: no quiere sustituir la sociedad de clases, quiere medrar en ella. No debemos achacar sin embargo seguramente a la inquina para justificar este comportamiento. Nos encontramos en muchos casos con gente sencilla, con una educación defectuosa propia del régimen dictatorial nacional-católico imperante desde la Guerra Civil y nunca superado, si no olvidado con la transición. Una gente cuya máxima aspiración seguramente sea ver vivir a sus hijos en mejores condiciones que las que ellos tuvieron, y para los que la reflexión sesuda sobre el bien común en el día a día puede ser algo agotador tras una larga jornada de trabajo. Sin embargo es esa falta de cultura cooperativista o de desarrollo de una mentalidad socialista la que proporciona a los elementos anteriores el caldo de cultivo para destruir el sistema desde dentro y volver al tiempo anterior. Recordemos que es un sistema en el que tampoco han terminado de creer ni latifundistas, ni trabajadores ni siquiera los socios cooperativistas.

Quizás cuando el sistema latifundista capitalista vuelva a fallar, dentro de algunos años, con el resurgir del modelo cooperativista podamos llegar un poco más lejos en el mismo. Quizás la nueva ola de cooperativas que surja, cuyos miembros y socios pertenezcan a una generación más preparada a priori, al menos en algunos de sus individuos, el modelo pueda arraigar. Cooperativas que formen a sus trabajadores, que formen a sus comerciales, a sus sectores de calidad y a sus gerentes. Cooperativas que promuevan la investigación desde raíz, mediante becas y ayudas a la formación. Cooperativas que exijan a sus miembros una formación, y que al mismo tiempo faciliten la misma a quien no la tengan. Cooperativas solidarias, que ayuden al miembro que tenga necesidad y que al mismo tiempo, haga la vida mejor a sus sociedad. En definitiva, cooperativas que funcionen y no sean cotos privados de unos pocos con el esfuerzo de todos.

dilluns, 28 de setembre del 2015

¿Quién reparte el carnet de apto?

Quizás sea parte de la utopía en la que creemos algunos, en la que nos criaron de pequeños, pero hubo un tiempo, breve, en que ser europeo tenía apellido.
El paraíso que significó la Unión Europea en los años noventa del pasado siglo lo hizo atractivo a muchos países que, una vez caído el paraguas protector de la URSS, vieron en el naciente poderío europeo una vía de mejora a su caótica situación. Y como lo era, lo fue hasta hace poco y esperemos que lo sea, en el paraíso cabíamos todos, sin diferencia de raza, credo o ideología. Sus economías, una vez amparados en la fuerza de la unión, crecieron. Sus estudiantes se beneficiaron y sus sociedades se hicieron ricas con el apoyo de todos.
Siempre hubo gentes reticentes a ese beneficio. Posiciones acomodadas reacias al progreso común. Las tendencias conservadoras, siempre miran con desconfianza cualquier cambio, aunque sea beneficioso para una mayoría. Si es bueno para muchos, no puede ser bueno para unos pocos. Son políticas proteccionistas, ultranacionalistas en muchos casos, que rechazan cualquier atentado contra lo que ellos creen que significa ser sus iguales. Pero con el tiempo, hasta dichas tendencias se adaptaron, y donde estaba lo propio del país, mutaron a lo propio de Europa. Y con ello, ampliaron la gama de sus estupideces a nivel continental.
Ahora, alimentados por la crisis capitalista, que ha generado más desigualdad en todos los países, sus movimientos crecen. Se nutren del descontento, ya que resulta un verdadero caldo de cultivo para estas tendencias. Se erigen en garantes de la europeidad que nunca les gusto, cuando lo que quieren es preservar los principios que consideran únicos. Sus principios, los que ellos han adaptado y han convertido en garantía de marca Europa. Su marca. Y amparados en esa falacia, reparten carnets de apto o no apto según la cuenta corriente o el credo.
No solo se niegan a cumplir con una decisión de la Unión, que debería acatarse aunque no sin debate. Es que se pasan por el forro el más mínimo sentimiento de solidaridad para con los refugiados. Son europeos para recibir ayudas, para derribar gobiernos legítimos e ilegítimos, para ufanarse para con los vecinos ajenos a la Unión Europea, pero cuando se trata de ser solidarios, entonces no. Cuando hay que asumir la parte del “ser europeo” que se corresponde con la solidaridad, con el principio de igualdad y el compromiso con los derechos humanos, entonces sacan el colmillo nacionalista y dejan de serlo, recordando con sus afirmaciones tiempos oscuros de la década de los treinta del siglo XX.
Se debe estar a las duras y a las maduras. Es un acto de responsabilidad para un proyecto que va más allá de la economía. Una entidad que solo se centre en la balanza comercial y abandone la humanidad está condenada al colapso. Porque la Unión Europea será de personas, o no será nada.

diumenge, 20 de setembre del 2015

Lo que una vez significo ser europeo.

Asistimos cómodamente desde nuestros televisores a un nuevo “reality show” por cortesía de las empresas dedicadas a la información: el drama de los refugiados sirios. Hay que reconocer que en otras ocasiones, otras temporadas como fueron las del genocidio sistemático en África o la criminal intervención en Iraq, las audiencias no se engancharon como en este caso. Tertulias, campañas, informaciones y enviados especiales se aprestan para limpiar la conciencia del ciudadano europeo y no impedir que siga consumiendo. Otros programas similares, con muchas más temporadas en antena, como el drama del pueblo palestino o del Sáhara, solo tienen emisiones residuales, y eso siempre que una catástrofe natural no inunde de miseria la pantalla plana de muchas pulgadas.
Quizás la diferencia estribe en que la experiencia del programa amenaza directamente con pasar del canal televisivo y el sesudo análisis de tertulianos que, igual opinan de las causas de la guerra en Siria que de las pesquisas policiales en el caso de Yeremi Vargas, a nuestras calles. La audiencia de la Unión Europea reacciona así como prevención, alentada por intereses muy claros, provocando ante el espectáculo y el escándalo directamente asociado un grito desde nuestros palcos privados que resulta inútil para los implicados: las víctimas inocentes. Poco análisis hay, salvo honrosas excepciones, del problema que radica en la mal llamada solidaridad europea. Nos creemos a salvo, pero solo somos peones en el juego.
Quizás todo se nazca de un equívoco: jamás ha existido Europa o lo europeo más allá de la geografía física. No deja de ser “Europa” un concepto idealizado que responde según las vicisitudes que la rodean a diversas inquietudes, casi siempre respondiendo a intereses privados de grandes familias o compañías. Primero fueron dinastías familiares. Más tarde, tendencias políticas herederas directamente de los privilegios de las dinastías. Finalmente son las élites económicas las que empuñan “Europa” como su insignia, mientras se enriquecen a costa de los europeos y les venden la imagen que les interesa, nunca la que podría ser. Todas esas tendencias prostituyeron un ideal según sus intereses y lo vendieron al resto del mundo. Y el resto del mundo lo compró. Un ideal atractivo de libertad (para ser esclavo), igualdad (para ser esclavizado) y donde la fraternidad fue sustituida por la solidaridad (mucho más económica). Solo cabe recordar aquí la frase de Mariano Rajoy sobre la solidaridad a cambio de nada.

Para el que ha viajado fuera (entendamoslo geográficamente más allá de los limites europeos), dejando de lado resquemores nacionalistas de cada país, ser europeo era una etiqueta de prestigio. A pesar de ser responsables los pueblos europeos y sus gobernantes de la mayoría de masacres, barbaridades, infamias y genocidios de la historia, el concepto sigue llevando asociado cierto aire de glamour: ser europeo da prestigio en el resto del mundo. Seguramente dicho prestigio entre en dura pugna con el de los norteamericanos (¡ojo! Solo de países angloparlantes, no latinoamericanos) como los dos grandes denominativos de población de prestigio en el mundo actual.
Deberíamos discutir quizás ahora de que territorios o pensamientos podemos identificar con esta Europa de prestigio. Para ello deberíamos empezar diciendo que el concepto de europeo actual, que a sus elites les gusta divulgar, cuyo nacimiento se establece en la Grecia clásica en el primer milenio anterior al nacimiento de Cristo, abarcaba ambas orillas del mundo Mediterráneo y excluía totalmente los actuales Países Nórdicos, Alemania, Austria, Rusia… solo en la edad media dichos países fueron desplazando el eje de “lo europeo” abandonando al Norte de África, seguramente por tendencias militares y religiosas. Muchos ciudadanos europeos lo desconocen y ven esas regiones en la actualidad como bárbaras, olvidando que hace solo unos cientos de años, el esplendor cultural de occidente estaba en Córdoba, Bagdad y Damasco. Es en este punto cuando se argumenta que Europa es de raíces cristianas, cuando es y fue en gran medida el propio Cristianismo el que puso en riesgo la primitiva idea de la humanidad clásica. Todo este análisis del origen del concepto resultaría demasiado extenso para este artículo, quizás en otra ocasión.
Retomando el hilo anterior, Europa o ser europeo se equipara actualmente en el mundo a derechos humanos, a seguridad laboral, a libre circulación de personas, a seguridad, a educación libre y no doctrinal, a sanidad y salubridad, a un mercado laboral que mira por el bienestar de sus trabajadores y a un estado del bienestar que mira por el bien de todos… muchos conceptos que conocemos pero que no estamos seguros de sí disfrutamos. También a instituciones democráticas y a una ciudadanía con valores, ejemplar y que recupera la idea clásica de la ciudadanía participativa griega. Y esto señores, es una estafa de Europa al mundo. Esa Europa casi no existe, porque no se la deja existir.
Este ser europeo (a partir de ahora lo resumiremos en esta expresión) es una invención de una élite para vender su producto al resto del mundo y a su propia ciudadanía. Esta ciudadanía, que si tomara conciencia de sí misma podría llegar a ser ese “ser europeo” tan admirable, es solo en algunos casos muy específicos real, resultando la mayoría de la población europea solo potencialmente con estas características. Lo cierto es que la conciencia europea es minoritaria. Deberíamos preguntarnos el por qué. Os encontraríamos seguramente con la indiferencia mayoritaria hacia la educación, convirtiéndola solo en un saber hacer, no en un saber pensar.
La Unión Europea surge, en su primitivo embrión, como una asociación mercantilista, de negocio y para ayudar a las élites europeas en el mantener sus privilegios en la Europa tras la segunda Guerra Mundial. No era interesante para ellos cambiar el modelo que nos había llevado al desastre, solo domesticarlo, darle una nueva imagen y venderlo con la bendición del nuevo amo del mundo. A pesar de eso, un grupo ideológico minoritario ve el potencial de dicha unión de países, abandona el ideal revolucionario y entra en el sistema para dominarlo desde dentro y poder cambiarlo con un trabajo de décadas. Así, con el camino lento pero aparentemente seguro van poniendo los cimientos de lo que terminara siendo en los 70, 80 y 90 del pasado siglo XX la Unión y el estado del bienestar. Esa es la socialdemocracia europea, que conseguirá mejores derechos sociales, solidaridad entre estados y dos hitos: el abandono de las fronteras y la moneda común. El siguiente pasó, el estado europeo que nos haga a todos ciudadanos iguales en derechos y deberes necesita de un trámite: una constitución común que abandone los viejos y obsoletos modelos nacionales. Una nueva visión del mundo para el siglo XXI y en cierta manera una “imitatio alexandri”, pero basada en la democracia y la colaboración.
Pero frente a esto, los garantes del antiguo orden, conservadores de profundas raíces religiosas, con características xenófobas en muchos casos u “ordenados” como afirman sin vergüenza alguna, también están organizados. Ellos rechazan una moneda única, un estado único, el libre tránsito de personas o una legislación única. Solo pretenden mantener sus privilegios y enriquecerse. Son alérgicos a cualquier cambio o mejora. Esos sectores minoritarios, obtienen generalmente un gran apoyo popular. Unos apoyos que siempre han alimentado a partir de desilusionados, expulsados del sistema o fracasados con origen en las clases más populares. Les cautivan mediante su supuesto brillo y su atractivo actúa como danza cautivadora, consiguiendo, por medio de métodos democráticos, obtener el dominio en la mayoría de países de esa Europa generada con valores socialdemócratas. Aprovechan además los momentos de crisis e imperfección del modelo para asir el poder y dominar todas las facetas del estado, partiendo de los medios de comunicación de masas. A través de ellos, vencen y convencen. Y claro, a ellos este sistema no les gusta. Su labor principal es desmontarlo y vender ese desmontaje como una mejora del mismo, generando con ello su primacía.
¿Cómo va a defender el estado del bienestar, el tratado de Schengen, o la moneda única partidos que se opusieron desde sus inicios al proyecto Europeo, como son el de Merkel, el de Sarkozy o el de Rajoy? ¿Cómo van a evitar tendencias imperialistas, sirva de ejemplo la situación acontecida con las primaveras árabes (abandonadas a su suerte una vez obtenido el rédito económico buscado con el cambio de gobierno) si son herederos de las posiciones que nos llevaron a la Gran Guerra?; ¿No es irónico que gente que votó contra la Unión Europea o defendía posiciones contrarias sean ahora sus dirigentes?
¿Qué puede hacer el ciudadano para solucionar esto? Lo que siempre puede hacer, emplearse, sacrificarse y ponerle horas de dedicación al bien común. Es completamente erróneo pensar que estamos en una burbuja y no nos afectan las cosas del vecino de abajo. Si a este se le incendia la casa por un electrodoméstico que le hemos vendido defectuoso, como mínimo nos va a llegar el humo.
El ciudadano europeo debe tomar conciencia del ser europeo. Dejar de viajar envuelto en la mentira que han vendido al mundo y luchar efectivamente por ella, realizando las acciones necesarias. ¿Cómo no van a querer venir a la luz de la sociedad europea ciudadanos que provienen de la oscuridad? Sin entrar en el debate de quien es el responsable de cobrarles la luz que les deja en la oscuridad (normalmente los mismos que nos gobiernan). Esto último nos obligaría a un nuevo artículo.
Me siento tan patriota de Latinoamérica, de cualquier país de Latinoamérica, como el que más y, en el momento en que fuera necesario, estaría dispuesto a entregar mi vida por la liberación de cualquiera de los países de Latinoamérica, sin pedirle nada a nadie, sin exigir nada, sin explotar a nadie. En esta frase de Ernesto “Che” Guevara está implícito cual es el sentimiento que el ser europeo debe interiorizar. Demasiado seria exigirnos, cuando el mensaje del propio Che no caló lo suficientemente rápido en Latinoamérica, que consiguiéramos que fuera un pensamiento valido extrapolable a toda la humanidad. Tan solo con que fuera un pensamiento común de la ciudadanía europea, un camino y un fin, sería el principio del fin. Evitaríamos así situaciones que nos trajeran imágenes como las que sin duda, si ustedes responden al ideal del ser europeo, les harán temblar de indignación cada vez que esos comercios llamados “medios de comunicación” se las muestran entre anuncios de marcas comerciales.


Mientras tanto, el ser europeo que las contemple, solo puede sentir vergüenza de ser europeo. Como el ser humano que se precie, con los gobiernos actuales, solo podemos sentir vergüenza de la Europa de mercaderes.

dimarts, 8 de setembre del 2015

Hipocresía característica de Europa: ponerle puertas al mar.

Tras un breve lapso poniendo en orden ideas, vida y vil capital, reemprendemos esta tarea ilustrativa de una forma de pensamiento que esperemos jamás se convierta en moderada, conservadora  o convencional.
Partimos pues en esta entrada de la imagen que conmociona Europa: un niño ahogado en la orilla. Una imagen que si nos abstraemos de su dureza, crueldad y realizamos un análisis estético, tiene mucha fuerza poética: un refugiado que buscando una vida mejor, muere en la orilla. Un giro trágico que enlaza con el sentido más clásico de la tragedia: el griego. Y aún más si el protagonista es un niño, con la fragilidad y la dependencia que ello comporta. Cualquier sociedad debería procurar el bienestar sobretodo de su futuro: los niños.

Europa se moviliza a grandes rasgos, porque siempre hay dignas excepciones, en ayudar a los refugiados. Se moviliza aparentemente, y como suele suceder tarde y mal. Ya ocurrió con el drama de la desmembración de Yugoslavia, y ha vuelto a ocurrir ahora. Una Europa más preocupada del capital que de las personas tiene como consecuencia que se torne inesperado lo que no lo es.
Y se moviliza tarde y mal, dando lugar a brotes de xenofobia, porque no lo olvidemos, el mal del racismo y la xenofobia solo se elimina con la educación (esa misma que es cara y que sufre recortes por todo el continente), y la educación hace que nos relajemos, que nos pensemos que ya se ha superado, pero siempre vuelve, y en las crisis económicas, encuentra el caldo de cultivo para su crecimiento. Y todos sabemos que oscuras consecuencias puede traer.
Pero por no irnos por las ramas, Europa se escandaliza ahora por el flujo de refugiados, pero intenta ponerle puertas al mar. Lo cierto es que los gobiernos europeos fomentaron en determinadas sociedades norteafricanas, mucho más occidentalizadas que sus vecinos sauditas, intentos de revoluciones populares. Diversas fueron las motivaciones: gas, petróleo, control flujo marítimo, garantizar seguridad del estado de Israel… todo revestido de una lucha para la libertad bien grabada por reporteros de las principales cadenas, con una estrategia de marketing perfecta, pero  vergonzante. Presuntos reporteros de guerra con el chaleco antibalas y el casco aun con las etiquetas que informaban desde las líneas de lo que denominaban “luchadores de la libertad” y que ahora llaman Ejercito Islámico…paradigmático si no hubiera ocurrido antes. Solo tienen que ver la película Rambo III y el tratamiento que allí se hace de los talibanes.

Además los gobiernos occidentales, ávidos de botín sin ensuciarse, lo intentaron no mojándose e interviniendo directamente, si no observando como si se tratara de dioses del olimpo, dejando hacer a sus peones. Y los peones fallaron. Y como consecuencia de esos fallos, surgieron monstruos como el ISIS y enemigos de la libertad como el dictador sirio se convirtieron en enemigos de mi enemigo. Y ese tal vez no sea mi amigo, pero me interesa su victoria.
Pero no hay que culpar a los ineptos gobiernos europeos de esta injerencia en asuntos extranjeros (no podemos olvidar el colonialismo del siglo XIX y su nueva variante, colonialismo económico del siglo XX y XXI).  El perro europeo, con los gobiernos británicos, alemán y francés a la cabeza (y la inestimable sumisión del gobierno español entre otros) solo mueve la cola si el dueño yanqui lo ordena. Es este nuevo Imperialismo de segunda fila, en la sombra, el causante del crecimiento de la xenofobia y la radicalización islámica. Pero ni el gobierno americano ni sus súbditos están dispuestos a priori a repetir fiascos como el de Irak o Afganistán.
Antes de la intervención absurda en Irak, es cierto que carecían de libertad los iraquíes, pero corrían el riesgo de morir en cada esquina, ni de ser decapitado. Muchas mujeres iraquíes no lucían velo alguno, y existía cierta organización. Si diéramos a elegir al pueblo iraquí entre la libertad caótica y asesina actual y el rígido orden inhumano y criminal  de antes, elegirían sin duda el menos malo. Misma situación ocurre en Siria.
Ya basta de doble moral, de aparecer en medios públicos como salvadores hospitalarios y endurecer las leyes de inmigración. De atreverse a decir que “se ha de ser solidario, pero no solidario a cambio de nada”. De jugar a ser dios y no aceptar la responsabilidad de solucionar los entuertos. De tener amigos o enemigos dependiendo del interés económico y no del principio humano. Es el momento de olvidarse de tonterías e intervenir en Siria, para solucionar lo que ayudamos a crear, y poder evitar el problema de la migración de raíz: ayudar a crear una Siria libre para los sirios.


Vienen a Europa porque creen en la Europa que pregonamos diferente del amo imperialista americano, pero esa Europa, ni existe para los europeos, ni quieren que exista.

dilluns, 14 de juliol del 2014

Fuera máscaras: ni socialista ni obrero.

Hubo hombres que tuvieron un sueño. Es una frase muy recurrente, pero fue así de simple, así de complejo. Dichos hombres vivieron, lucharon y pelearon por que ese sueño, materializado en unos ideales, pudiera ser primero entendido, después exportado y finalmente disfrutado por todos sus iguales. Además, intentaron que sus vidas sus familias y sus descendientes comprendieran la importancia del sueño. No siempre lo lograron, pero solo eran hombres. No se les podía pedir más.

No fueron esos hombres los primeros que soñaron con ello, ni serían los últimos. Algunos lo soñaron antes, otros después. A algunos se lo contaron, pero era el mismo sueño y, como la tripulación de un barco de remos que necesita dirigir sus esfuerzos en una misma dirección para alcanzar buen puerto, se unieron bajo unas siglas, pero, ¿realmente importaban las siglas? Solo eran letras, como las fotos de los carteles solo eran imágenes, los símbolos imágenes y las jefaturas de los partidos la mínima organización necesaria para conseguir su meta: vencer.

Los primeros hombres murieron, o se retiraron, o simplemente se desilusionaron, pero otros ocuparon sus puestos. Más jóvenes, más preparados, o más simples, pero todos ilusionados en un proyecto. Pero con el reemplazo, llegaron ellos. Algunos dirían que eran arribistas, otros, simplemente buscaban medrar a cualquier costa. Los más simplemente se arrimaban en busca de poder, dinero, influencias…otros simplemente eran el enemigo, traidores que querían destruir el sueño. Algunos llamaron a su líder “cuervo ingenuo”, pero de ingenuo no tenía nada Sí tenía mucho de cuervo, alas negras, intenciones oscuras, palabras negras. Y todos juntos vencieron, pero no supieron que hacer con la victoria.
Los otros, los traidores, si supieron que hacer. Y pervirtieron el sueño, lo prostituyeron, lo maltrataron y redujeron a su más mínima expresión hasta casi aniquilarlo. Se adueñaron de las siglas, de los carteles, de las jefaturas y convirtieron el sueño en la realidad que esperaba destruir. Se llamaban igual, decían hablar de lo mismo, pero eran otra cosa, algo oscuro, algo perverso: eran traidores. Y como tales, dispusieron sus víboras latentes en la organización, esperando el momento para clavar sus colmillos y disfrazados de sueño, envenenar el mundo. Y sus cachorros, poco a poco, fueron ocupando con sus mezquindades la organización.

Anoche culminó su tarea, han vencido una guerra, pero eso no significa que se termine el sueño. Volverá con otros hombres, otros carteles, otras formas. Con palabras que sí tengan un significado las diga alguien viejo o alguien nuevo, y que no se quede solo en eso. Con un programa y con la tarea de no convertirse en aquello contra lo que lucha, algo que el viejo PSOE, sus dirigentes y sus ciegos afiliados han olvidado definitivamente.

Ese sueño por el que muchos lucharon y algunos murieron se llamaba socialismo. Si para algunos sus siglas aun eran PSOE, está claro que ya no. Buscaba renovar su mensaje, pero solo renovó las imágenes, las palabras y no su significado. Unas caras que son simplemente una nueva generación de traidores instalados en el enemigo y que beben de él, y por lo tanto, que no lucharan por el ideal, que no cambiaran nada ni tocaran el sistema que las mantiene, las pervierte, las engatusa y que les ayuda a verter su veneno. Pero si ayer murió la idea de los primero hombres, hoy nace una nueva lucha. En otro lugar, con otras siglas y con otro nombre: el mismo sueño, la misma lucha sin cuartel, el mismo enemigo, una nueva revolución ¿distinto final?

Victoria o muerte. El tiempo lo dirá, pero primero, es tiempo de purgar traidores. El carnaval termina, y es hora de quitarles las máscaras, señalarles con el dedo, y hacerlos caer. Es tiempo de venganza.


dilluns, 2 de juny del 2014

Primero entre los iguales.

Hoy más que nunca se hace necesaria una reflexión sobre si un estado moderno debe mantener una institución anacrónica y costosa, aparte de socialmente de dudosa moralidad, como es la monarquía.

No voy a perder el tiempo poniendo en duda la gracia divina o ni siquiera derecho de sangre o de conquista. La mera cita de estas características sólo dan fe de su irracionalidad. Podríamos ser revanchistas y recordar que si el rey reina, por gracia de la decisión de un dictador, no por la del pueblo soberano. Podríamos recordar teorías sobre el 23-F, amantes, escándalos acallados, asesinatos y homicidios... Por suerte y por que no podía ser de otra manera, no gobierna (aunque políticos y pelotas, además de incultos lo traten como si lo hiciera).

Tampoco vamos a pedir la guillotina, llegamos tarde y cuando pudimos decidir, preferimos la oscuridad borbonica a la luminosidad afrancesada. Por el contrario defenderemos que no hay mente racional y moderna que pueda entender los privilegios, las dádivas y los beneficios que la casa real tiene, mantiene y también disfruta en contra la mayoría de la población, y encima a su cargo. Y no sólo el rey, si no su familia y amigos, siempre proclives a la adulacion cuando no a la corrupción, véase el señor Urdangarin sin más señas. Porque mientras un presidente de la República es el primero entre sus iguales, y debe responder como todos ante la ley, un monarca se salta esta legalidad y raciocinio sólo por el mero hecho de serlo, sin ningún tipo de mérito ni de elección: tan sólo el hecho de haber sido concedido quién sabe bajo qué circunstancias.

Y por si esto fuera todo, la mera presencia de un monarca imbuye al capital y a los simples de un espíritu de corte y de servidumbre. No es de recibo que las empresas españolas o de cualquier lugar dependan del capricho de un amigo poco democrático para poder construir un tren aquí o un aeropuerto alla. Es un anacronismo medieval que sólo permite la injusticia y fomenta la desigualdad, cuando no la falta de moralidad.

¿Que méritos puede alegar el tal Felipe para tener carta blanca legal?, Un español puede ser juzgado si conduce borracho por ejemplo, pero el rey no ... serían tantas las injusticias que representa un monarca que solo podemos reclamar que en el siglo XXI no haya ninguno.

Partidos como PP y PSOE, sobre todo este último, hacen un flaco favor a nuestra sociedad con su conservadurismo. Seamos serios, nunca en una historia de intervenciones militares y extranjeras tuvimos tan fácil ser un país más justo y demostró ser una sociedad adulta y responsable:

¡VIVA LA III REPÚBLICA!