dilluns, 3 de desembre del 2012

Virtuosa paciencia.


Lucio Varo era un importante hacendado romano. Poseía una de las mayores fortunas de la ciudad aunque carecía a pesar de su riqueza de un origen ilustre. Propietario de varias haciendas y de un gran nombre de esclavos, era además una creciente figura pública a pesar del lastre de la falta de unos antepasados propicios. Se divorció de su segunda esposa por no proporcionarle un heredero varón que diera renombre a su casa. Aprovechó para buscar un mejor matrimonio, mucho más noble que le permitiera medrar hasta las más altas instancias de la magistratura romana. Siendo un hombre de poco atractivo y aún más escasa moral, los escrúpulos de la cerrada clase senatorial romana no le impidieron casarse con una de las mujeres más bellas y queridas de la ciudad: la joven Lucila. La familia de la joven, de ilustre linaje estaba arruinada y su padre se había decidido a venderla para, con el dinero de su futuro esposo pagar la carrera pública de su primogénito. Lucila había estado prometida con el hijo de un rico liberto, un amor de juventud. Este liberto, experto administrador, decidió enviar a su hijo lejos con el doble fin de no estorbar a los planes de boda de Lucio, con quien tenia importantes negocios y protegerlo del mismo. El padre del joven había tenido que acceder por el bien de su hijo, evitándole así la felicidad anhelada, pero no evitó que Lucio utilizara a sus secuaces para arruinarle y quedarse con su negocio. Lucio no habría dudado en matarlo si hubiera adivinado los sentimientos del muchacho hacia su esposa. Nadie disfrutaba de lo que pertenecía a Lucio Varo.

Varios años después Lucio se encontró enfermo por primera vez en mucho tiempo. Quizás la vejez, ya que tenia al menos veinte años más que su esposa, se apoderaba de él. Ninguno de los sacerdotes habituales encontraba remedio a sus males. Un amigo le recomendó los servicios de un joven galeno recién llegado a la ciudad desde Alejandría. El alejandrino constaba como un gran medico que se había ganado su fama auxiliando a uno de los cónsules salientes en sus campañas asiáticas, cuando le aquejó una misteriosa fiebre. Cuando todos le daban por muerto, el joven de viaje casualmente por la zona donde acampaban las legiones coincidió en una taberna con unos centuriones que comentaban la mala fortuna de su comandante, achacándola a unos malos exvotos antes de la partida de Roma. El joven, decidido a labrarse un porvenir no dudó en ganarse la confianza de los centuriones con ánforas de buen vino y consiguió presentarse ante el legado de la legión.

Desahuciado ya el cónsul, al legado no le importó que un nuevo medico intentará triunfar donde otros habían fracasado. Ante su perplejidad a los pocos días el cónsul recuperó plenamente sus fuerzas. El joven medico, que respondía al nombre de Athan consiguió su favor y el del legado para siempre. Conocida esta historia en todas las tabernas, cofradías y burdeles de la ciudad por lo inaudito del caso, no eran pocos los senadores que requerían sus servicios. Lucio accedió presuroso debido al estado de gestación de su esposa, embarazada de tres meses tras no pocos intentos durante su matrimonio. Lucio estaba contento ya que parecía próxima la llegada de su heredero y no estaba dispuesto que una enfermedad le impidiera lograr su objetivo de establecerse entre las familias más influyentes del estado con un nuevo linaje. Poco le importaba la falta de afecto de su esposa, ya que aunque sospechaba que ella impedía con males artes la descendencia, por fin su simiente había arraigado en ella. Pero no era la familia la prioridad de Lucio. Conocedor de las aficiones por los efebos de su cuñado, no dudo en situar en su cama a los eslavos indicados no solo para evitar la carrera pública prometida como pago por su esposa, si no para recuperar todo el dinero invertido en la familia de su esposa. Así pues, su suegro no había dudado en suicidarse al saber que no solo había perdido a su amada hija, si no todo el futuro de su linaje. La avaricia de Lucio, solo superada por su crueldad, había conseguido arruinar la vida y las esperanzas de juventud de su bella esposa. El temor a su esposo y a su crueldad aumentaba la sensación de soledad que la envolvía a cada día que pasaba, a pesar de su estado de gestación. El trato con el servicio, siempre reservado gracias a los usos de su marido, solo la aislaba más. Lucio solía despellejar esclavos por placer cuando algo lo alteraba. No podía hacer si no sonreírle si no quería sentirse culpable de su suerte.

Lucio llegó a la consulta del medico de buena mañana. No le hacia gracia tener que desplazarse al domicilio del galeno en lugar de recibirlo en su casa, pero era una de las extrañas demandas que el joven alejandrino había exigido para atender su caso. La citada consulta se situaba en el populoso barrio del Subura. El galeno, avisado por un sirviente de la llegada del importante paciente, acudió a su encuentro a la entrada de su morada, en la planta baja de una ínsula de lo más común. Lucio no podía comprender como un hombre a lomos de la fortuna como aquel galeno, al menos temporalmente favorecido por los gustos del senado, podía preferir aquella morada en lugar de una exclusiva villa de las que sin duda la tarifa por sus servicios podía proporcionarle. Debía formar parte de la puesta en escena del medico. No dudaba que detrás de sus acciones, al igual que las de cualquier vulgar curandero o sacerdote, no existía ni dios ni ciencia, si no solo una actuación teatral.

La consulta del galeno era una sala amplia y limpia, más de lo que el barrio promediaba. Le invitó a tumbarse en una litera mientras iniciaba su análisis mediante un interrogatorio sobre usos, hábitos y gustos. Insistió el galeno en la importancia de la sinceridad del paciente para conocer exactamente el mal que le aquejaba, ante lo cual Lucio accedió, tras asegurarse que todo quedaría en el anonimato. No se arrendó el medico ante las confesiones del oligarca para su sorpresa, por lo que dedujo que acostumbrado a los caprichos de monarcas bárbaros y orientales, no debía ser para tanto las aficiones que tanto censuraba la hipócrita sociedad romana. Tras examinar sus humores, decidió un tratamiento a base de infusiones de cierta hierba proveniente del norte de Britania, de la cual le proporcionaría suficiente cantidad de su propia botica en cuanto enviara un esclavo a recogerla. Lucio recuperó a los pocos días de iniciar el tratamiento aquel vigor perdido en el tiempo de la juventud y no dudó en nombrarlo su galeno personal y el de su esposa. Ante la sorpresa de la ciudad entera, el alejandrino aceptó un ofrecimiento que había rechazado antes de mucho más importantes familias senatoriales. Lucio amaba más aun su vida que su dinero y no dudo en recompensar al galeno con una importante suma ante la victoria social que le proporciono su decisión. Se comentaba en los mentideros capitolinos que las promesas echas al medico constituían una oferta que nadie podía rechazar.

El joven galeno levantaba pasiones por donde pasaba. No eran pocas las matronas de la ciudad que, azuzadas por las apuestas contra rivales, intentaban conseguir sus favores como si de un gladiador se tratara. No obstante, esté afirmaba pertenecer a una rara escuela filosófica de origen griego que apostaba por la castidad para cumplir con sus tareas y agradar a los dioses. Esto agradaba a Lucio, que veía en la castidad del galeno una vara de medir para su propio vigor recobrado. No fueron pocas las esclavas que cumplieron con sus más obscenas fantasías mientras el estado de gestación de su esposa avanzaba correctamente, bajo la supervisión del alejandrino. A los pocos meses, Lucila dio a luz a un varón, con lo que la dicha fue ya completa. El niño era bello, sin duda influencia directa de la madre. La belleza del bebe, propagada a los cuatro vientos por cuanta visita era recibida en su domicilio no hacia más que aumentar el prestigio social de Lucio. Un hijo sano y fuerte de ilustres orígenes reforzaba su posición, ya que tenía la vista fija en el consulado para el año siguiente.

La fortuna le era propicia. Su riqueza no paraba de medrar gracias a los envíos navales de sustanciosas especies que solo sus agentes conseguían en el lejano oriente y tenía por fin un heredero que perpetuaría su linaje tras la victoria de su candidatura al consulado fomentada en su recobrado vigor juvenil, su crueldad y su dinero. Pero el día que debía presentar su candidatura en las elecciones ante la plebe, un vomito de sangre le despertó en su lecho entre algunas convulsiones. Avisado de urgencia el joven galeno, reviso el vomito así como el estado del candidato. Una vez recuperado y mientras el galeno realizaba su diagnostico, el candidato se dirigió a la asamblea donde recogió los frutos del dinero invertido, siendo el candidato más votado. La celebración se prolongo en su casa, donde entre invitados y con la presencia de su esposa agasajando a las visitas se escancio vino y alimentos con desmesura. No obstante, el joven galeno pidió audiencia privada con su benefactor, ante la incredulidad general. Lucio había casi olvidado el suceso de la mañana, y le denegó la audiencia en un principio, conminándolo a visitarlo al día siguiente pero el medico insistió. Este le recibió finalmente en su despacho privado, acompañado de su secretario y su esclavo personal, que sujetaba una vasija por si a su embriagado señor le entraba el vomito. Tras algunas dudas sobre como dar la noticia, el galeno le dijo al romano que le quedaban pocas lunas de vida, tres a lo sumo, pues un gran mal había en su interior. El impacto de la noticia fue brutal. Presa de la ira mandó despedir a todos los invitados y maltrato a su esposa en público cuando le recrimino que era un mal augurio para empezar su magistratura ceder a los envites de Baco, llegando a golpearla ante la sorpresa general. Los pocos escrúpulos de Lucio habían terminado con la noticia de su inminente muerte. Amaba más su vida que nada y ahora tocando el éxito con la punta de los dedos, estaba a punto de perderla.

Cegado decidió llevar a cabo sus pasiones más ocultes aprovechándose de la inmunidad que le otorgaba su magistratura. No tenía ya noción de lo correcto o lo incorrecto, ni siquiera socialmente. Las orgías y las torturas en su domicilio se consumaban a todas horas, ante el escándalo de los más notables de la ciudad. Uno de ellos, perteneciente a su círculo político más cercano intentó conseguir que depusiera su actitud avisándole que provocaría revueltas. Solo permitió que renunciara a mantener a su familia cerca cuando su hijo enfermo por culpa de los abundantes cadáveres, según confirmo el galeno. Este era una de las pocas voces a las que aún atendía, esperando que encontrara un remedio para su mal con las investigaciones que le estaba sufragando. Cuando el galeno le indicó que debía estar lejos de un ambiente urbano para proseguir con su investigación, que iba por buen camino, envío a su esposa y a su hijo a una hacienda lejana junto con él para que cuidara de ellos y le salvara. Sus remedios parecían haber mitigado su mal y darle una prologa, necesaria hasta su completa sanación. Los brebajes que le proporcionaba el medico enturbiaban su mente, pero no su vigor, por lo que sus instintos se volcaban sobre su entorno con inusitada furia. Él quedo en Roma y gasto grandes sumas de dinero en fiestas, orgías y muchas perversiones escabrosas: necrofilia, canibalismo, pedofilia, animalismo…no había limites para lo que se vivía entre los muros de la residencia del primer cónsul de la ciudad para espanto de sus conciudadanos. No tenía límites de ningún tipo, fornicaba con muchachos que secuestraba en la calle, con muchachas, mataba a quien le parecía, sobornando a quien hiciera falta o con las presiones de sus lictores, que recibían cuantiosas pagas por su silencio y servicios. Lo que llevó a que su fortuna empezara a menguar. Además un par de barcos en los que había invertido desparecieron en cerca de Massilia y el hambre mató a muchos de sus esclavos. Pidió dinero a prestamistas de dudosa reputación, a intereses desorbitados. Puesto que moriría pronto, no seria su problema pagar las deudas, por lo que seguía con su ritmo de vida.

Pasaron tres lunas y su salud no daba muestras de empeorar más allá de pagar los excesos cometidos entre orgías y banquetes, abusos y violaciones. Pese a seguir las indicaciones del alejandrino, que le seguía mandando nuevos brebajes que seguían liberando su lado más salvaje mientras le prolongaba la vida. Un favor de los dioses que acarreaba consecuencias: sus cada vez más numerosos acreedores enviaron sus demandas al tribunal de cuentas y la plebe empezaba rebelarse contra los abusos cometidos sobre todos los estamentos sociales. La gota que colmó el vaso de la paciencia de la plebe fue como sin importarle una de las más arraigadas tradiciones locales sáquelo las dádivas de los templos para conseguir contentar a sus deudores. La furia de la plebe se tornaba más impetuosa con cada nueva fechoría, puesto que no menguaba el ritmo de Lucio ni con los problemas económicos. Parecía estar maldito.

Athan tuvo que cruzar toda la ciudad para dirigirse a la villa de Lucio. Llegó cuando la plebe furiosa empezaba a concentrarse en las inmediaciones de la muralla, en la puerta donde la vía que se dirigía a la fortificada villa de Lucio en las afueras de la ciudad presagiaba con su paz que se aproximaba la tempestad. Le encontró en su estudio obeso y demacrado por los excesos, consumido. El miedo le había sustraído el vigor y debido a sus numerosos excesos sus sirvientes habían terminado por abandonarle. Solo quedaba Athan, su medico alejandrino y en quien había confiado su vida y la de su hijo. No temía perder su dignidad a manos de sus acreedores, pero si en este momento de lucidez privado del vino y del suministro de vapores que le proporcionaban sus sirvientes evadido, temía por el linaje que pretendía instaurar. El alejandrino le miró evaluando a su interlocutor, un cadáver andante más por su tren de vida que por su grave enfermedad, y estalló en una sonora carcajada que inundo el desierto edificio, ante el desconcierto de Lucio. Furioso y atónito ante la risa del galeno, le preguntó si también él había perdido el juicio y el favor de los dioses o había encontrado el remedio a sus males, y por ello reía.

El alejandrino le miro con orgullo, con ira y dijo que era tiempo de cobrar su deuda. Él le había robado a su amada. Había engañado al padre de su amada. Había forzado a su padre a enviarlo lejos, a Alejandría, donde estudio medicina y le había arruinado, privándolo de sus negocios. Él había vuelto a cobrarse venganza, pues el tiempo era su aliado y la paciencia era una virtud que requería de él. Había vivido los últimos meses con su amada y su hijo. Un hijo de su misma sangre concebido con el rencuentro de la pareja varios meses antes de que enfermará. Habían vivido estos meses como una feliz familia en la villa que pronto pasaría a la viuda que no tardaría en desposar. Habían comprado a su padre al latifundista que le había comprado cuando perseguido por las deudas provocadas por los agentes de Lucio, se había vuelto a convertir en esclavo. Él se encargaría de gestionar la fortuna de su nieto, la fortuna que Lucio había pagado al medico por sus servicios. No tendrían problemas económicos y todo había sido un engaño que había funcionado gracias al ansia de poder de Lucio. Sorprendido e incrédulo, asimilando la confesión preguntó si su enfermedad también era un engaño. El galeno le respondió: “¿enfermedad decís? Yo predije que morirías en tres meses, no que os mataría una enfermedad. “

Salió de la villa mientras la turba furiosa entraba por las puertas buscando acabar con el demonio. Así lo llamaban los que meses antes le habían aclamado pagados por su dinero. Habían decidido castigar sus crímenes. Derrotado y burlado, le encontraron en el suelo de su despacho, sobre un mosaico que le mostraba como inmortal hijo de Júpiter para la eternidad. En un acto que los historiadores considerarían honorable para un romano intentó quitarse la vida con su espada, pero no dejaba de ser un cobarde y había fallado el golpe. La plebe no fallaría.

dimarts, 20 de novembre del 2012

Aceptación.


Sin duda, el dolor era acuciante a esa hora de la madrugada. No había palabras que osaran describir las sensaciones que embargaban su alma al contemplar la brillante pantalla del móvil. Hacia solo un momento que aparecía conectada mientras sin duda enviaba o recibía algún mensaje de alguno de sus contactos. De eso hacia ya varios segundos y no le había contestado. Las dudas que siempre podía ocultar con una palabra amable de ella o tras una de sus largas charlas no tenían ningún freno aquella noche. La furia que crecía en su interior mientras se alimentaba por la incomprensión a su silencio aparecía desbocada después de un mal día y una peor sensación de vació, de soledad, de tristeza. ¿No era bastante importante para ella? ¿Era todo simplemente un juego para la más perfecta obra de la creación jamas conocida? ¿Todo era mentira? Quizás todo fuera un producto de su imaginación. ¿No merecía su confianza? No tenia motivos para dudar. Pero en el fondo, todos somos humanos y por lo tanto imperfectos.

La incertidumbre era demasiado poderosa y se apoderaba de él con cada segundo que pasaba. Decidido redactó un mensaje lleno de rencor y pulso enviar. Repitió la operación una vez, dos veces, mil veces de manera compulsiva. La noche se precipito en día y el rencor triunfó sobre la razón. El odio se abrió paso. Agotado durmió plácidamente hasta que despertó aparentemente satisfecho con su obra, con su destrucción.  La liberación que sintió solo duró un instante y mientras el placebo químico liberado en su mente le otorgaba una falsa sensación de bienestar, de placer, la duda de nuevo se abrió camino en su mente. ¿Y si finalmente era él quien se había equivocado? ¿Que podía hacer para remediarlo? Necesitaba reflexionar.

Pero la reflexión llegó tarde. El daño estaba echo ya y el mensaje había calado. Todo había terminado para él. Había perdido el paraíso para siempre. No había perdón a su culpa. Había perdido la razón.

dimarts, 13 de novembre del 2012

¡Huelga!


Una huelga no nos sacara de la crisis, pero al menos es más practico que la pasividad: ¿ saldréis de pobres por trabajar mañana? sin embargo, si podéis protestar por que la medicina pública la están enviando a niveles tercermundistas; la educación pública va peor que nunca, a niveles franquistas; vuestros futuros clientes deberán tener dinero para poder abrir causas, gracias a este gobierno;... la lista es demasiado larga.

En verdad ¿simplemente vais a agachar la cabeza? ya se que los sindicalistas forman parte del problema, pero ¿vais a darles la razón? la última vez que una sociedad avanzada se quedó de brazos cruzados ante una crisis de este calado, acabamos en una Guerra Mundial...pensad si es eso lo que queréis para vuestro futuro, por que seréis cómplices de lo que vendrá después. Ademas, no es de buen español ir a trabajar un día que tienes excusa, como diría el infumable Wert.

No voy a ser yo el que rompa una lanza a favor de los sindicatos, que son una muestra más del conformismo general de la sociedad cuando adquieren cierto poder, pero repito mi argumento inicial: que las herramientas funcionen mal no quiere decir que la causa no sea justa. Solo demostrando con fuerza en la calle la oposición a las políticas actuales, defendidas tanto por PP como por amplios sectores conservadores del PSOE (negarlo seria cerrar los ojos a la realidad) se puede lograr algo. Un cambio que no será fácil  pero no hacer nada si que no logrará nada.

Nadie escuchará el grito pidiendo ayuda desde el domicilio, la oficina, el aula o la fabrica cuando os llegue a vosotros la marea del desmantelamiento del estado del bienestar del que todos nosotros hemos sido beneficiarios. Es nuestra responsabilidad para con nuestros antepasados y nuestros futuros descendientes y sobretodo para nosotros mismos.

Mañana se lucha por nuestro futuro, por no olvidar nuestro pasado y por ganar nuestro presente. Un día de huelga puede no parecer mucho, pero es una forma de manifestar nuestra oposición a las medidas que están tomando nuestros gobernantes.

Quizás no sirva para cambiar las cosas, seguro que por hacer huelga no salimos de la crisis, pero con la pasividad ante la injusticia, la contemplación de los recortes y siendo egoístas ante nuestra buena situación aún conseguiremos menos.

Todos juntos podemos empezar a cambiar las cosas, no será un camino fácil, pero hay que dar el primer paso.

¡Mañana yo paro! hay que mojarse (la previsión para Castellón da lluvia).

diumenge, 28 d’octubre del 2012

Una leyenda...


El cielo aún no era cielo. El mar no era mar. La tierra, aun no era la tierra. Solo el verbo era verbo. Blaidd marchó como cada tarde hacia el vado. No dejaba de ser la rutina de todos los días, ya que el vado era con diferencia el lugar más tedioso y apacible de todo el valle. Pero algo diferente había allí esa tarde. Al principio no le dio mucha importancia, pero al día siguiente, al volver al mismo lugar con la esperanza de encontrarlo, su ausencia le dolió como si le hubiera faltado una parte de sí mismo.
Pero allí lo encontró el tercer día. Un brillo oculto, un calor breve pero intenso, vital. Algo precioso que sus compañeros no parecían apreciar, pero que a él le parecía lo más maravilloso que nunca había sentido. Al principio lo preservó en origen, sin atreverse a tocarlo, a sentirlo. Solo acudía cada día al mismo lugar, con la esperanza de que no se hubiera marchado, pero allí estaba siempre. Y él era feliz contemplándolo brillar, en silencio.
Decidió que permanecería oculto, para preservarlo, pero él quería más, quería verlo en todo su esplendor, con toda su fuerza. Al mismo tiempo tenia miedo, temía que al buscar más, al perseguir lo que soñaba, se quedara sin nada. La emoción que le embargaba y las dudas fueron más poderosas y decidió consultar con los astros sobre su igual. Estos se mostraron asombrados por la audacia de conservar algo que consideraban un mito, algo que nunca ocurría. Reunidos en consejo, decidieron que Blaidd seria el encargado de alimentar cada día esa tenue fuerza que a pesar del poder que emanaba, era delicada y mucho más frágil de lo que habían pensado en un principio.
Y durante mucho tiempo, Blaidd cumplió con su deber para con la comunidad y con la misteriosa excelsitud que debía conservar. Le daba el alimento que creía necesitaba como el poeta da versos a la humanidad, para así preservar su luz, brillo y candor de la intemperie y de todas las amenazas. Cada día, con un cariño y dedicación absolutos, le dedicaba su tiempo esperando que ese brillo que le encandilaba no se apagara nunca. También mantenía la secreta esperanza que merced a sus cuidado, el brillo fuera a más y se hiciera brillante para todos, embargando la vida con la luz que le embargaba a él.
El tiempo transcurría con su devenir inexorable. Muchos compañeros de Blaidd empezaron a rondar también la misteriosa fuerza curioso por lo que era el centro de sus atenciones, lo cual le agradó. Merecía todos los cuidados y todas las alabanzas que le pudieran otorgar, por que era algo único, especial y extraordinario en su sencillez. Blaidd seguía anhelando secretamente poder llegar a comprender toda la magnitud que contenía, pero apenas había cambios que no fueran un ligero brillo o un ligero menguar en su intensidad. Alarmado consultó de nuevo a los astros y estos le dijeron que los cuidados eran adecuados, que su tarea solo era alimentar esa luz para que no dejara de brillar. No comprendían, o quizás comprendían en demasía las dudas que le embargaban sobre su tarea.
Y un día, sucedió algo inesperado. Blaidd cayó en un pozo oscuro. Apenas sentía ya aquel calor en la oscuridad de la fosa. Durante días temió no por su existencia, si no por la de la misteriosa maravilla. Pensó y temió, como mortal que era, que al carecer de sus cuidados, pereciera apagándose, perdiendo su excepcionalidad en la tediosa existencia común. Con esfuerzo logró salvarse, saliendo del foso y partir raudo hacia donde se encontraba su tesoro. Comprobó que allí permanecía. Pero había sucedido algo que no comprendió. Donde había faltado su alimento, su dedicación y su esfuerzo tan solo había pasado el tiempo. Pero lejos de alegrarse, se torno receloso. Temió perder su lugar de privilegio, la tribuna que ocupaba en la contemplación y aun más no alcanzar lo que más deseaba, aquello especial que solo él parecía ver. Temió no poder controlar el brillo, ni adorarlo eternamente y no comprendió que era la misteriosa maravilla la que decidía por si misma, por que era especial y él solo un imperfecto mortal. Obnubilado en su vanidad y por la excelsa presencia, no sintió su imperfección. Ellos no comprendían su brillo, no entendían la magnitud de la maravilla que contemplaban y allí estaban intentando acompañarla. Ni ella misma parecía comprenderse. Esa fue su condena.
Enloqueció y la ira se apodero de él. Atacó con todo lo que tenía al brillo para apagarlo. No quería extinguirlo, si no incrementarlo. Pero parecía que buscara olvidarse de él, destruirlo, que nadie pudiera contemplar lo que él contemplaba. Consiguió que el brillo menguara. Debía reaccionar. Siguió atacando, sin razón, sin objetivo, sin querer otra cosa que provocar una reacción. Pero se apagaba. Pasó un día, dos días…y no reaccionó. Y después, llego la reflexión y el arrepentimiento. Se había equivocado y ahora lo comprendía. Intentó volver a alimentar el brillo, recuperar el calor, la excepcionalidad, pero el mal ya estaba hecho. El calor se había ido y solo quedaban pequeñas ascuas. No comprendió que aquel brillo que veía, por el mal de sus actos, ya no tenia sentido. Lo había perdido queriendo conseguirlo.
Los astros, ante la temeridad de su acto, decidieron que era indigno. Estaba maldito. Pensaron y reflexionaron en como honrar a la maravilla que había sido desairada por la imperfección de su más fiel creyente. Y tomaron la decisión correcta a sus ojos: el dolor eterno de la ausencia. Enviaron a la misteriosa maravilla al cielo de la noche, donde su brillo acompaña a las estrellas robándoles el protagonismo del cielo nocturno. La llamaron Lleuoad, luna en su lengua. A él lo condenaron a vagar por la vida, echándola de menos eternamente, solo pudiendo observar en la lejanía a la maravilla. Para que no sintiera su calor, ni pudiera disfrutar del brillo de tan insigne excelsa perfección, le privaron de la razón, aquello que le permitía adorarla donde otros ignoraban. Lo convirtieron en lobo, que es lo que significa blaidd en lengua gaélica. Él aceptó su condena, la de sus pecados y su falta para lo que consideraba más importante. Le había fallado a lo que más quería. Merecía su dolor.
Y así, las noches de luna llena, cuando ella reina en la oscuridad de la tierra, el lobo recuerda a la maravilla pérdida. Espera que con su triste lamento, ella recuerde que nunca la olvidará, por que fue, es y será especial por toda la eternidad.

dimecres, 10 d’octubre del 2012

Y tú preguntas que es la vida...


“Nacer es solamente comenzar a morir.” T. Gauthier.
Nunca jamás en nuestro devenir por ese tortuoso camino que recorremos entre nacer y morir, el reloj de nuestro tiempo estará tan rebosante como el momento en que alumbramos al mundo. Y hasta en ese momento, nacemos llorando, símbolo de lo que nos espera en eso que llamamos vida.
Pero, ¿que es la vida? Lejos de los versos de Calderón de la Barca, cabria diferenciar entre vida y existencia. La vida es aquello que caracteriza a muchos seres naturales: una liebre, un mosquito, una rosa…todos los llamados seres vivos, contienen eso que llamamos vida. Cosa diferente es existir, eso de momento, solo lo hacen algunos humanos, aunque lo llamen vida. La existencia no se entiende sin el ser, y el ser solo puede ser entendido como ser en algo, o ser para alguien. Así pues, solo podemos llamar existencia si somos para alguien, para bien o para mal.
Otros paradigmas filosóficos dirán lo contrario, o estarán a favor. La mayoría de los seres humanos partirán de un concepto egoísta de la existencia, obviando que sin su prójimo, no serian nada, ni seres humanos: serian una roca, un árbol, una rosa, un animal…pero no serian personas. Ortega y Gasset, por poner un ejemplo defendió que “la vida es lo que hacemos y lo que nos pasa" junto a que "la vida cobra sentido cuando se hace de ella una aspiración a no renunciar a nada."
Llamemos pues existir al transcurso entre el nacer y el morir. Dentro de esta existencia, seguiremos sufriendo dolor, por que el mundo no es un lugar agradable, todos acabaremos muriendo y a nadie le gusta morir. Lorca dijo que “como no me he preocupado de nacer, no me preocupo de morir.” Pero si le importó. Ni siquiera al suicida, que muere por cobarde, deja de importarle. Pero hay pequeños fragmentos de tiempo en ese existir, muy pequeños, que pueden justificar por si solos todo el sufrimiento. Igual para llegar a ellos sea necesario sufrir y después de ellos, se siga sufriendo, pero… ¿no es la existencia sufrir?
Pero hemos dicho que solo podemos existir en compañía, ¿no reside pues nuestra felicidad realmente en esta compañía? Lejano el egoísmo personal, abandonada la autocomplacencia y el hedonismo… ¿que puede hacernos más feliz que ver sonreír por nuestros actos a quien adoramos? Siguiendo con Ortega y Gasset "el amor, a quien pintan ciego, es vidente y perspicaz porque el amante ve cosas que el indiferente no ve y por eso ama."
Quizás uno de los males de nuestra moderna sociedad, sea haber perdido la capacidad de sufrimiento, por que lo bueno, lo que vale la pena, lo que nos servirá para existir, solo puede existir con el siguiente fin:
"Cuando mi voz calle con la muerte, mi corazón te seguirá hablando." R. Tagore.

dilluns, 13 d’agost del 2012

Lluvia.


La lluvia llovía. Me miró. La miré. Nos miramos. Y, con esos ojos que pedían no querer, simplemente dijo:
-No puedo.
Y la lluvia siguió lloviendo sin ningún sentido.

dimarts, 10 de juliol del 2012

El reo.

El bofetón resonó en toda la habitación rompiendo la oscuridad. Bajo el foco la figura inmovilizada sobre la silla recuperaba el equilibrio después del tremendo golpe. Una voz rugió desde donde había procedido el golpe:
-Vas a confesarlo todo, ¿me has entendido?
Solo obtuvo silencio.

La habitación era fría, muy fría. Como si durante milenios el hielo hubiera ocupado sus muros, dejando la huella de su tacto gélido. El letrado lo notó nada más entrar. Al fondo, en la penumbra que ocultaba la esquina del cuarto se adivinaba la figura del acusado. Las semanas de encierro no habían mellado su ánimo, que se resistía a rendirse. Su cuerpo no decía lo mismo. Centenares de moratones y pequeñas heridas delataban que la tortura no estaba penada entre aquellos muros. El letrado asintió. Conocía muy bien los métodos de aquel régimen que les gobernaba, y nada le extrañaba ya. Simplemente hizo un gesto al carcelero que rápidamente, casi sin dejar rastro de su presencia, dejo una silla en el centro de la habitación, allí donde la luz todavía era perceptible y cerró la puerta.
-Me ha sido asignada su defensa.
No obtuvo respuesta. Conocía aquellos silencios como si fueran suyos. Él no era más que una pieza más del engranaje que permitía que aquello sucediera, y aquel desgraciado no iba a ser ni el primero ni el último. Una victima más que vestir con el hábito del verdugo para que la sociedad continúe en su hastío emocional.  Había visto quebrarse resistencias similares tantas veces, que le parecía una eternidad. No entendía como sujetos como aquel, con un futuro brillante, simplemente se arriesgaban a perderlo todo por algo tan nimio. Pero eso no era su problema. Él solo era un profesional, y le pagaban por conseguir las confesiones. Y era un buen profesional. El mejor.
-La negación solo precede a la rendición. No hay ningún clavo ardiendo.
No obtuvo respuesta. Se lo habían advertido. El sujeto era de los más resistentes a los que se habían enfrentado. Había tolerado incluso la visita de profesionales del golpe más que de la palabra. Él, casi retirado de estos menesteres, era el último baluarte en que el sistema podía confiar para continuar su marcha, con todo atado y bien atado. Sin sorpresas. Se sentó en la silla y miró al sujeto. El rostro permanecía en la penumbra, pero no así sus cicatrices. Eran con diferencia las más graves que había visto nunca, y no estaban cicatrizando bien. Quizás aquel tipo en el fondo fuera un poco más duro que el resto. Pero acabaría claudicando.
-El dolor es pasajero. Lo sé. Pero hay un dolor que no termina nunca. ¿Sabes de qué te hablo verdad?
Continuaba el silencio. Simplemente era el inicio. Seguía el manual al pie de la letra. Desconocía si ya lo habían usado con el sujeto o era su primera vez, pero él confiaba en el método. No eran pocos los que con esa sencilla pregunta, después de semanas de aislamiento y malos tratos, se derrumbaban y confesaban su culpa. No obstante, aquel tipo siguió sin emitir sonido alguno ni moverse. Si su pecho no hubiera oscilado con la respiración, le habría parecido un cadáver.
-Puedes hacer que esto termine. ¿Lo sabes?
Había para quien esta pregunta marcaba su límite. Hombres débiles o fuertes, no se media su hombría llegados a este momento por esto, que preferían un final, cualquier final a continuar esta tortura. No obstante, no parecía aquel tipo uno de los fáciles. Según le habían contado, durante semanas aguanto todo tipo de golpes, vejaciones, operaciones y torturas sin emitir un solo quejido o una sola desaprobación. Solo encajaba los golpes y seguía ahí. Lejos de amilanar a sus carceleros, este silencio era tomado como un desafío, con lo que la crueldad de sus actuaciones fue in crescendo hasta que peligró directamente la vida del sujeto. Una cosa era ejecutar a un falso culpable, y otra es que un sospechoso muriera en un interrogatorio, por inhumano que fuera.
Se levantó. Había terminado su turno y no había logrado ni una sola palabra del reo. Pero solo habían sido los preliminares. No había lugar para sentimientos en aquellas cuatro paredes. Antes de salir, tuvo una última frase:
-Es inútil que te resistas.
Durante días, continuo el estéril interrogatorio. Sus palabras chocaban con la resistencia de un muro inquebrantable, que parecía resistir todos los dolores que le infligían. No había palabra o frase que cercenara la convicción del reo de que tenia razón. Tan solo el tiempo pasaba, a la vez que su estado físico empeoraba. Hasta que un día, el que pareció rendirse fue el interrogador.
-No puedo contigo, ¿no lo entiendes? Solo puedes rendirte. No vas a conseguir más que dolor si sigues así. No hay otro camino. Debes desistir en tu actitud. ¿Qué vas a conseguir? Lo has perdido todo. Nada hay detrás de esta fría celda que te espere. Nunca conseguirás lo que querías. El sistema te ha vencido como siempre vence. Solo un inepto podría intentar otra cosa. Las cosas son como son. ¿No lo comprendes? ¿Por qué no paras?
El reo por primera vez esbozó una sonrisa, pero no dijo nada.
Durante dos meses continúo el asedio moral al reo. Durante ese tiempo el letrado usó todo lo posible para minar su ánimo, para derrotarle y lograr que cejara en su resistencia, pero solo la misma sonrisa enigmática obtuvo por respuesta. Lo que en un principio fue un logro, se convirtió en una tortura mismamente para el interrogador. Sentía que se reía de él, que le menos preciaba. Su trabajo fue puesto en duda por sus superiores. Él, que nunca había fallado, estaba siendo derrotado por un mamo trecho lleno de cicatrices que era incapaz de rechistar cuando le torturaban, pero que no perdía su sonrisa ni a base de golpes.
Finalmente, arruinado y desesperado, el letrado perdió los papeles. Una vez a solas con él  en su celda, cuando el carcelero los abandonó cerrando la puerta como tantas veces, lo tomó por el cuello, le golpeo en la entrepierna y lo levantó. Introdujo un arma que había camuflado entre sus papeles en la garganta del prisionero, y amartillándola le gritó al oído.
-Escúchame estúpido: vas a rendirte, no conseguirás nada. No lograras nada más que sufrimiento, pero no vas a arrastrarme contigo. Estamos tú y yo solos aquí, y nadie más va a venir a rescatarte. Solo te queda morir con un mínimo de rapidez, o pudrirte aquí donde te han abandonado. ¿Vale la pena? ¿En serio crees que vale la pena? ¡Desiste!, ¡ríndete!
Lo lanzó contra la esquina, donde cayó de bruces. Le costaba respirar por el esfuerzo de levantarlo, pero a pesar de eso vio como el reo se erguía. Parecía más grande de lo que había imaginado. Intentó levantar el arma, pero no pudo. Lo tomo con violencia y lo sentó en la silla. El carcelero se había convertido en reo, y temió por primera vez por su vida. El arma había caído de su mano, paralizada por el temor. El sujeto que durante meses había estado inerte, muerto en vida, pero sonriente, acercó sus labios a su oído y habló por primera vez en meses:
-¿Podría usted dejar de respirar si ya esta muerto? Valía la pena, cada palabra, cada pensamiento y cada gesto. Valió la pena sentirse vivo por una vez.
Le dejó allí. Le había vencido. Cuando pensaba que iba a matarle y verter en él todo su rencor, simplemente volvió a su rincón, tan oscuro, tan frío, tan lejano al calor humano dejando pasar el tiempo. Tan solo mantuvo su sonrisa, esa sonrisa que le había sacado de quicio. Y comprendió porque sonreía. Comprendió que mientras él era una pieza más del engranaje, mientras que él se aferraba a una vida que no podía considerarse como tal, aquel desgraciado, aquel condenado a morir antes o después, aquel hombre lleno de cicatrices y que tanto había padecido y al que tanto le quedaba por padecer, podía decir que había vivido. Y sintió pena por sí mismo.